Julieta Serrano: Interpretar para poder vivir

Julieta-Serrano
La biblioteca del Teatro de la Abadía de Madrid es el lugar perfecto para charlar con Julieta Serrano. Justo antes de comenzar, aparece José Luis Gómez. Ambos interpretaron El resistible ascenso de Arturo Ui de Bertolt Brecht en los años setenta, en una época de la historia de España especialmente complicada. Impresiona el respeto que muestra él por ella. Aunque no me extraña puesto que yo mismo lo hago. De hecho, lo primero que confieso a Julieta Serrano es la admiración que sigo sintiendo por ella. Sonríe y niega con la cabeza. Me dice que soy un exagerado.

Julieta Serrano tiene 81 años y son 57 los que han pasado desde que se subió a un escenario, por vez primera, de forma profesional. Le pido que me cuente cómo fueron sus comienzos, por qué eligió esta profesión, cómo fue evolucionando.

«Cuando comenzaba, allá por los años 50, la represión era absoluta a todos los niveles. Yo trabajaba en un taller como dibujante, apenas hablaba en público porque era muy tímida. Mis abuelos habían sido actores y tuvieron una compañía de zarzuela. Mi padre sentía gran amor por el teatro y, creo, que quiso ser actor aunque la búsqueda de la supervivencia propia y la de todos nosotros se lo impidieron. De niña me hacían recitar poemas subida en una banqueta y un lazo en el pelo. En catalán y en castellano. Siendo una cría, lo primero que hice fue con mi padre como director; más tarde, me apuntó en un cuadro escénico. Íbamos mucho al teatro y pasábamos la nochevieja en alguno de ellos. Ya ves que el teatro era un ingrediente muy importante en mi vida. Y pasó que el escenario fue lo que me dio la vida; que fue el lugar en el que encontré una forma maravillosa de expresión, en el que podía hablar con total libertad. Así comencé y de ahí me vino la pasión por la interpretación. Supongo».

Un mundo dentro de otro mundo, digo.

«La vida era una tela de araña que oprimía y en el escenario encontré el lugar en el que podía expresarme y enfrentarme a mí misma. Por no poder no podíamos ni hablar en catalán sobre el escenario. Creo que se permitió en 1950. Fíjate cómo estaban las cosas. La sociedad consideraba a las actrices, en los años 50, como personas inmorales, nos miraban como si fuésemos unas frescas. Pero entre los compañeros podíamos sentirnos mujeres en plenitud. Por otra parte, la presión social era tremenda. Yo llegaba a casa tarde, después de trabajar en el taller nueve horas y de ensayar (me dormía en el tranvía porque no podía más) y mis padres andaban preocupados por lo que dirían los vecinos. Aunque la pasión por el teatro podía con todos los obstáculos. El teatro me dio la vida, fue un descubrimiento terapéutico. Aprendí a vivir mientras aprendía a interpretar. Y mi cultura caótica y desintegrada (en el sentido de falta de unidad) está y llegó de los libros, del propio teatro».

Vamos recorriendo los años.

«En 1976 creamos una cooperativa con profesores extranjeros para formar a los actores. Había conocido a José Luis Gómez y vivimos una época apasionante en la que, además, estuvimos interpretando El resistible ascenso de Arturo Ui. Los espectadores se peleaban entre ellos, los militantes de la extrema derecha entraban en la sala para reventar la función, José Luis acababa en comisaría para denunciar las agresiones. Eso era un auténtico desastre. Al morir Franco, también, se produjo un hecho muy curioso. Después de tanto esperar, resultó que el teatro pasó por un momento fatal. La censura desaparecía, aparecía el destape y esto nos despisto a todos. Íbamos a la deriva. Recuerdo que en el 79 estuve el año entero sin trabajar. Yo que había tenido tanta suerte, que había trabajado como una hormiguita, que trabajaba como una corredora de fondo decía «no trabajo ni siquiera yo».

Y de jubilación, nada, por lo que veo.

«A los 65 pensé que se acababa mi carrera. Sin embargo con el paso del tiempo, ha quedado demostrado que no sería así sino al contrario. Cada día me proponen cosas nuevas y, verdaderamente, interesantes».

Después de tantos años de profesión será difícil sorprender a Julieta Serrano ¿no?

«No creas. Tengo la sensación de no saber casi nada, de empezar de cero cada día. Me dicen mis amigos que es falsa modestia; pero no, no lo es. Yo he sido autodidacta, no tengo preparación técnica alguna (en la época que me tocó vivir no existían escuelas de formación). Lo que conozco es el oficio. Ten en cuenta que comencé con quince años haciendo teatro aficionado. Todo lo fui aprendiendo sobre la marcha, por el camino que me ha traído hasta aquí. Todo esto no quiere decir que no sea una mujer con gran capacidad crítica y, sobre todo, autocrítica. Tal vez excesiva y peligrosa puesto que bloquea. Es necesario saber lo que se hace, la medida de las cosas, su valor, pero hay que intentar evitar el bloqueo. Intentar la perfección está peleado con los buenos niveles y tiene mucho de vanidad. Ya dijo algo muy parecido Montaigne».

¿Llevan, actores y actrices, la máscara puesta a todas horas, viven con ella colocada?

«Como todos. Tenemos una máscara todos sin excepción. No hace falta ser actriz para parecer otra cosa. Además, todos los hombres y mujeres ensayamos cada día, cada minuto. Sin embargo, los actores y las actrices ensayan menos para hacer su trabajo ¿Qué te parece más peligroso o más impostado?»

Entonces ¿la vida es teatro?

«El teatro es algo inherente al ser humano. Su evolución, su crecimiento, siempre estuvo cerca del teatro. Por eso suelo decir que es sagrado».

Mientras acompaño a Julieta Serrano hasta la sala de maquillaje y peluquería, seguimos charlando. Le pregunto sobre los personajes imposibles, sobre cómo se les caza al hacer el trabajo de mesa o al ensayar.

«Hay personajes que parecen imposibles aunque no es así. La complejidad de las personas, de todos nosotros, es enorme; la riqueza es brutal, y siempre hay un matiz que te hace entenderlos. Quién no ha querido asesinar a otro en un momento de ira, quién no ha sido egocéntrico en algún momento de su vida. Otra cosa es que la moral o la educación, nos impidan dejar que esas sensaciones se materialicen. Pero son universales. Te confesaré que los que nos subimos a un escenario tenemos tarritos (que vamos llenando con los años de interpretación) llenos de ira, de amor, de sorpresa, que utilizamos cuando es preciso y para, como dices, cazar al personaje».

Nos despedimos hasta la próxima. Y cuando salgo del Teatro de la Abadía, entiendo que Julieta Serrano tiene, también, otros tarritos llenos de sabiduría sobre el teatro y de encanto personal. Aunque lo niegue, yo sé que los tiene.