La ausencia dibujada en la mirada

Núria Espert
Uno, con la edad, logra intuir la importancia de las cosas. Hoy, es una de esas ocasiones en las que la sensación es inequívoca. Antes de comenzar a charlar, decido abrir fuego con la artillería pesada. Quiero que Núria Espert sepa lo importante que es para mí poder hablar con ella. De niño, me tocó vivir un ambiente en el que no nos amenazaban con el hombre del saco. Lo hacían con una especie de monstruos libertinos y peligrosos que se reconocían porque se les veía subidos en los escenarios. Eso es lo que viví durante mi niñez y fue algo que arrastre durante mucho tiempo de forma irracional. Pero escuché a Núria Espert, hace muchos años por primera vez, y descubrí que aquello que me habían dicho siendo mucho mucho más jovencito era una enorme mentira.

Se ríe y me pide con énfasis que comencemos.

¿El teatro se aprende en el escenario? ¿Garantiza algo, por poco que sea, el paso de los nuevos actores y actrices por las escuelas de interpretación?

«En el mundo del arte, nada garantiza nada. Hay actores que nacen siéndolo y hay quien se va haciendo clase a clase, lectura a lectura y representación a representación. No existen modelos de aprendizaje fijos ni cerrados. Lo mismo pasa en cualquier manifestación artística sea del tipo que sea. Lo ideal sería nacer con facultades imprescindibles y caer, después, en manos de los mejores profesores. Si más tarde el sujeto fuera contratado por una compañía compuesta por gente entregada, modélica y pasional, todo sería perfecto. Pero no conozco a nadie que tenga o haya tenido todo esto. Unos tienen una parte, otros poseen la otra. Eso sí, se tenga una cosa u otra, lo que no puede faltar en ningún caso son las ganas de crecer como profesional. Eso sí que es un ingrediente imprescindible. El más importante de todos».

La interrumpo brevemente. Esto que dice es algo así como aprenderse a sí mismo. ¿Núria Espert se ha construido, se ha aprendido, como persona y como actriz?

«En mi caso sí que ha sido así. No sé si el resto de actores diría lo mismo. Yo empecé cuando tenía trece años. Toda mi vida se ha ido tejiendo alrededor de mi profesión. Con esos trece años el teatro ya lo era. En lugar de trabajar en una fábrica o en un taller, yo hacía teatro. Tres años después, se había convertido en una pasión, en una vocación que todavía dura. Creo yo que debo parecer algo ridícula al ser tan apasionada por el teatro a estas alturas de mi vida».

Ya le digo yo que no lo parece. Es envidiable. ¿Le queda algún territorio por explorar dentro o en la periferia del teatro?

«Una vida es muy corta para saciar la curiosidad y la ambición de saber. Es muy poco tiempo aunque dure ochenta años. Claro que faltan cosas, casi todas. He mordido una pequeñísima porción de una inmensidad enorme. Siendo un millón de veces mejor de lo que soy, seguiría siendo una parte minúscula de ese todo lo que hubiera explorado».

Me deja atónito el respeto que muestra usted por el teatro, por los actores, por los directores, por la grandeza del teatro. ¿Cómo alguien que lo es todo en la profesión mantiene intacto el respeto por todo lo que representa este mundo?

«Yo no lo llamaría respeto. Lo llamaría realismo o conocimiento. Sé quien soy. Una buena actriz que trabaja mucho, que le echa coraje a las cosas. Y eso no me convierte en lo que no soy. Una más; tan solo una más. Tal vez con más experiencia que otros, con algún conocimiento más allá de lo que entendemos como normal. Solo eso».

Los actores se pasan la vida corriendo detrás de los personajes hasta ser capaces de agarrarlos de la mano para caminar juntos y poder pasar a limpio lo que son una vez que se funden uno con el otro. ¿Cómo se llega a esa comunión?

«Cada profesional tiene sus propios métodos personales; cada profesor conduce a su gente para que puedan afrontarlo de un modo distinto. En mi caso esos maestros han sido los actores y actrices que estaban conmigo en el escenario. Y, también, mi propia experiencia. Supongo que los grandes actores que dejaron su nombre en la historia buscaron formas personales para llegar a la almendra más íntima del personaje. Y es que sólo así se puede convencer al público. Piensa que el arte de un actor es convencer al público de ser eso que ven, de estar viviendo algo que un personaje les enseña. Eres el personaje y el público lo verá por primera y única vez. Además, nadie lo volverá a ver jamás. En cualquier caso, nadie ha escrito un libro en el que se explique cómo alcanzas al personaje. Yo misma nunca he sabido explicarlo con exactitud. Lo que sí es cierto es que si el conjunto que forma personaje y actor no funciona nada funciona».

¿Lleva algún personaje agarrado de la mano desde hace tiempo o se olvida de ellos al acabar la última función?

«Cada nuevo ser que se presenta ante mí, del que tengo que aprender sus motivaciones a través de un texto, requiere toda mi atención. No permite que pienses es eso que hiciste en alguna ocasión. No. Cuando se presenta el personaje, allí estás. Generalmente, aterrada».

Hace unos días escribí un artículo en el que defendía que sólo gracias al esfuerzo de otros, a su ánimo constante y a su gran amor por lo que hacemos, los artistas pueden avanzar en su obra. Del mismo modo que un actor o una actriz se entrega a su personaje para hablar y vivir por él; del mismo modo que un escritor crea un universo en el que pueden crecer sus personajes; los que les rodean se entregan para que puedan hacer su trabajo. La he escuchado hablar en alguna ocasión de su marido, Armando Moreno. ¿Cómo de importante fue en su carrera?

«Alguien tan insegura como lo soy yo, con esa doble faceta que oscila entre la timidez y el arrojo, necesita algo potente y fuerte a lo que agarrarse. Ese fue Armando sin duda alguna. Él creo nuestra compañía de teatro, él me dejó ser independiente para elegir mis textos, mis directores, mis compañeros de reparto. Él fue vital. Más que eso. Habría que buscar una palabra mucho más gruesa para poder expresar lo importante que fue para mi desarrollo y lo que influyó en que pudiera llegar a metas que me había fijado en mi carrera como actriz».

¿Insegura?

«Insegura».

Al ver La violación de Lucrecia, hace unos días, sentí algo de vértigo. Creí ver que se vacía usted por completo; que Lucrecia es Núria Espert o que Núria Espert es Lucrecia. Lo que prefiera. Me sorprendió que el conjunto fuese tan exacto. Era algo así como ver a alguien que vuelve a vivir una experiencia ya vivida, a alguien que conoce perfectamente lo que Lucrecia siente.

«¡Yo no he sentido nunca lo que Lucrecia o Medea! Jamás he matado niños».

Eso lo suponía, señora Espert. No tiene usted pinta de haberlo hecho. Me refería a lo impactante que es lograr que el público pueda creer que es Lucrecia la que está sobre el escenario contándonos lo que ha sucedido (digo entre las risas de ambos)

«He hecho, sobre el escenario, todo tipo de atrocidades (infidelidades, asesinatos, etc.). No se necesita haber sentido nada de eso antes para interpretar un papel. Alguna corriente defiende que el actor debe buscar dentro de él mismo las cosas que le acerquen a eso que hay que representar. A mí no me convence mucho esta teoría. Creo yo que lo fundamental es creerse lo que sucede. Para ello, trato de entender qué le pasa a esa criatura, pienso en lo que representa para mí la violación de una mujer (no hace falta que te diga que lo coloco al mismo nivel que cualquiera de los peores crímenes que un ser humano puede cometer). Son de esas reflexiones de donde nace mi amor por Lucrecia. Para hacer de Tarquino busco el momento en el que el ser humano es víctima de su pasión. No es un violador en serie. Su vida es medio normal. Pero, de pronto, se ve arrastrado por algo que le lleva al borde del precipicio. Él sabe que será su ruina lo que va a hacer, pero no se puede contener. Eso hay que comprenderlo sin convertirlo en una serie de televisión».

El tiempo pasa y el que nos queda es escaso. Se me ocurre que habrá un buen montón de jóvenes que quieran recibir un consejo de alguien como Núria Espert.

¿Qué se puede decir a los chicos y chicas que quieren empezar a trabajar sobre un escenario?

«La cosa está muy complicada. No sólo por la crisis económica que vivimos. La televisión ha estado dando cientos de oportunidades a toneladas de aspirantes que llegaban a las cadenas desde las escuelas o por casualidad. Esta televisión presenta muchos problemas que inducen a una forma de actuar que en el teatro no funciona. Además, los salarios que se manejaban en ese medio hicieron pensar a muchos jovencitos que esto era coser y cantar, que esto era un chollo en el que se podía ganar en una sesión lo que otros ganaban en un mes haciendo una cosa modesta. Afortunadamente, ha dejado de ser así. Los jóvenes están aprendiendo que tienen que estudiar y trabajar muchísimo. El teatro es de una dureza monumental. Lo difícil será que metan la cabeza en algún sitio. Si son capaces, esa lucha diaria será cosa suya, aprovechar oportunidades o no hacerlo será su responsabilidad. Pero, sea como sea, sin un trabajo duro y mucha pasión, todo se terminará haciendo imposible. Como si hubieran elegido ser ingenieros o enfermeros. Igual».

Antes de despedirme le pido a Núria Espert que me deje ser algo atrevido. Me anima. Es usted una mujer extraordinariamente frágil. Siempre que la veo pienso que lo es, digo.

«Tal vez te este pasando lo que te ocurrió el otro día viendo La violación de Lucrecia. Tal vez he conseguido fingir muy bien».

No, señora Espert. Hay cosas que no pueden disfrazarse. ¿Sabe por qué? Porque la fragilidad la lleva dibujada en la mirada. Cuando mira usted de frente no puede ocultar la ausencia de otros. No sé qué ausencia es la que está presente en el gesto aunque el dibujo es revelador. Y eso es lo que más vulnerable hace a un ser humano. La falta de otros que no están ni estarán jamás. Su recuerdo.

Con cincuenta años cumplidos, ya ven, es difícil que falle la intuición. Hoy ha sido un día muy importante.