La belleza de la extinción

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Melancolía de Lars Von Trier es recordada por la rueda de prensa de su presentación en Cannes y las declaraciones del director sobre el nazismo, que lo apartaron del Festival como persona no grata. Pero huyendo de la polémica encontramos en su metraje la más firme puesta en escena de su nihilismo filosófico y un compendio de hermosas imágenes que recrean un doloroso estado de ánimo tan tensamente suspendido en el tiempo como la armonía wagneriana que las acompaña.

La seriedad que caracteriza el cine de Lars Von Trier surge a menudo de sus propias crisis depresivas, extrapoladas en una profunda y a la vez accesible reflexión sobre la vida y esa parte de la misma que conformamos los seres humanos. Melancolía es la cinta del autor que mas claramente muestra dicha traslación a través de una amenaza exterior que pretende consumir el mundo, y que tiene tanto de íntima orquestación de ciencia ficción catastrofista como de intensa proyección psíquica (similar por ejemplo a la que Hitchcock creó con sus pájaros asesinos en The Birds) de una necesidad de castigo y autodestrucción del ego. En uno y otro caso, lo que el director danés nos ofrece es un nuevo capítulo de su concepción nihilista de la existencia, sujeta a una falta de sentido en la que el ser humano constituye una forma de vida que solo consigue actuar en la anodina displicencia o en el sufrimiento, y que, como indica fríamente la protagonista de la cinta, nadie echará de menos cuando desaparezca.

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El mayor logro de Trier en esta deslumbrante y pesimista película es recrear todo un estado de ánimo en el que aflicción y belleza visual se retroalimentan para retratar la desolación interior y la salvación balsámica de la muerte, atravesando un cúmulo de sensaciones y emociones estiradas  hasta el instante justo en que se hacen difícil de soportar, para terminar colapsando en un deslumbrante y wagneriano final. Melancolía narra, tras un surrealista prólogo a modo de premonitorio collage, dos capítulos en la existencia de la joven Justine, interpretada por una magnífica Kristen Dunst, quien sufre del estado melancólico que Freud definiera en su estudio Duelo y melancolía como «una cesación del interés por el mundo exterior y disminución del amor propio», que conduce incluso a «una delirante espera de castigo»; pero también como una posición de sinceridad ante sí mismo que muestra un descubrimiento impúdico de la verdad interior al que los no melancólicos les cuesta acceder y, aún más, mostrar.

Esta es la tesis que parece proponernos la primera parte del film, que enfrenta el ego ensimismado de Justine a la oficiosa situación de su propia boda, una coreografía de conductas y acciones sujetas a la corrección social que resulta en un ambiente perfecto y feliz para todos los asistentes, con excepción de la propia protagonista y de su madre, colosal figura que reacciona a la superficialidad del asunto con una determinación y seguridad que la convierten en el personaje mas fuerte de la cinta; mientras su frágil hija apenas consigue sobrellevar el estereotipado «día mas feliz de su vida» de forma coherente. Recluida en un hueco de su psique, Justine pasa toda la celebración huyendo reiteradamente durante la madrugada, en paseos que combinan la sugerente atmósfera de La noche de Antonioni y la enigmática y ampulosa escenografía de El año pasado en Marienbad de Resnais con la propia e inconfundible intensidad emocional de la cercana cámara de Trier, resultando de una desoladora belleza. Las furtivas escapadas de Justine y su ambivalente actitud hacia su reciente marido esconden, por supuesto, un deseo autodestructivo; proyectado en sabotajes a la celebración y ajeno a cualquier tipo de pudor; que termina dando al traste con el enlace y exponiendo públicamente las  inseguridades de la novia. Todo ello justo antes de descubrir que Melancolía, un desconocido planeta oculto tras el sol, se acerca a la Tierra.

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El segundo capítulo del filme sigue desarrollando una pausada y medida puesta en escena de emociones al mostrarnos la relación entre Justine y su acaudalada hermana Claire (Charlotte Gainsbourg), encargada de cuidarla cuando el peor momento de su enfermedad la aleja totalmente de la vida (incluso la comida le sabe a ceniza) y apenas puede valerse por sí misma. Sin embargo, este segundo acto dará una vuelta al espejo a medida que el recientemente descubierto planeta Melancolía se acerca a la órbita terrestre, provocando para unos un espectáculo visual incomparable,  para otros la amenaza de la extinción, y en Justine un renacimiento del yo que acepta serenamente la llegada del gigantesco orbe. Toda su inapetencia y desconcierto frente a la vida se traduce ahora en un conocimiento pleno de la futilidad de la misma, que la lleva a posicionarse con una actitud perturbadoramente indiferente ante el fin del mundo. Pero su pesadumbre y su miedo interior no desparecen sino que pasan a Claire, quién ira hundiéndose en los posos del terror enfrentado a la muerte, perdiéndose en el mismo circunscrito y hermético lugar de locura que habitaba su hermana a medida que su realidad, opulenta y acomodada, se desmorona. Incluso su marido, representación del orden económico y científico, de la pretenciosa estabilidad moderna en definitiva, sucumbirá al calculado acto del suicidio como vía de escape al desastre final que trae consiguió Melancolía, contrastando radicalmente con la solemne predisposición de Justine para aceptar el final de todo.

Trier consigue articular un relato que, paradójicamente, extrae su mayor pesimismo de los elementos más positivos; el resurgir del espíritu de Justine, su fortaleza ante la llegada de Melancolía, estriba en su sufrimiento interior, en un deseo cumplido de extinción experimentado con deleite y plenitud cuando su cuerpo desnudo es bañado por la luz que desprende el amenazante planeta. El placer ante la destrucción del mundo nos sugiere aquí una desenfrenada pulsión de muerte que deviene en el análogo deseo de volver al útero materno y que, en el final del film, aguarda bajo la forma de improvisada y frágil cueva simbólica, construida por la propia protagonista. Un refugio ajeno a la catástrofe, anterior a la propia vida, en el que Justine se desprende de  su melancólica añoranza por abrazar la inexistencia para hacerlo definitivamente.