La cultura y los pequeños

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Muchas más veces de lo que sería deseable, el acceso a la cultura de niños y jóvenes se acota en exceso. Podría parecer que todo aquello que tenga que ver con los adultos es completamente ajeno a ellos. Y no hay nada más lejos de la realidad. Entre otras cosas porque comparten un mundo que deben entender y asumir como propio.

Confundir el contar cuentos a los niños o ver una película de dibujos animados con ellos con creer que estamos haciendo de ellos personas cultas, es un error y un método infalible para no conseguir que terminen siéndolo. Los cuentos o las películas de animación no son más que una parte del material a nuestro alcance para abrir las puertas, de par en par, que les separa de la cultura.

¿Qué nos hace pensar que una buena obra de teatro (considerada cosa de adultos) aburrirá a un crío o a una jovencita, pongamos, de entre diez y quince años? ¿Por qué damos por hecho que una película de animación, como por ejemplo Bambi, es mejor para un crío que Dos en la carretera o Matar  a un ruiseñor?

Es preocupante el trato que reciben, en este sentido, los pequeños de parte de los adultos. Creemos que no son capaces de entender las cosas cuando, en realidad, lo interiorizan todo con una capacidad extraordinaria y sacan sus propias conclusiones; muchas veces exquisitas e inteligentes. Otra cosa bien distinta es la extrañeza que nos causa la forma de procesar la información y los caminos que recorren hasta llegar a obtener resultados intelectuales. Sencillamente, nos parece un proceso surrealista siendo nosotros los que, finalmente, dejamos de comprender. Debe ser por eso por lo que nos conformamos con llevarles a ver espectáculos en los que se les trata como si fueran incapaces de asimilar nada que no llegue desde un señor disfrazado, con zapatos enormes y que grita mucho al hablar, espectáculos que están muy bien para disfrutar de vez en cuando, pero no para ser plato único. Debe ser por eso por lo que no nos atrevemos a llevarles a ver espectáculos de cierta complejidad y en los que se plantean asuntos cotidianos que señalamos como cosa de mayores. No sé, igual los niños no viven en sus casa los divorcios de los padres, discusiones entre hermanos, conversaciones estúpidas entre adultas o situaciones extravagantes que no hay quien entienda. Y no parece que pongamos tanto cuidado en mantenerlos a salvo.

A cambio, en lo que parecemos empeñamos es en hacer que se traguen películas como la que citaba anteriormente: Bambi. Esta es una de las películas más aterradoras de la historia del cine de animación. Incendios terribles, madres muertas, un amigo que te abandona y se marcha con una conejita recién llegada… Un niño (y un adulto) delante de la pantalla lo único que puede sentir es una gran angustia. Sin embargo, como es animación, se lo hacemos ver a todo aquel que no supere el metro y medio de altura. Eso sí, al teatro o a una galería de arte, ni hablar; no vaya a ser que se pongan pesados.

No quiero decir con todo esto que no existan películas o libros específicos y maravillosos para los niños y jóvenes. Lo que quiero señalar es que la cultura es más que eso, que no ir mostrándoles otras facetas artísticas puede convertirse en una enorme muralla difícil de superar.

Todo se aprende a amar desde la niñez; todo se hace comprensible con mayor facilidad cuando, desde niños, nos acostumbramos a manejar unos códigos determinados.

Muchos se quedarían sorprendidos al comprobar que un niño ejerce una mirada única, cristalina y detectivesca, sobre todo lo que compone su mundo. Es posible que algunas cosas no puedan entenderlas, pero ellos eso lo convierten en trampolines que les lanzan a plantearse preguntas y más preguntas con las que irán despejando el camino hacia su propio conocimiento. Todo lo acumulan para poder descubrir lo que representa la realidad. Una realidad de la que forma parte el mundo de los adultos; nos guste o no. Ya sé que esto les puede poner frente a escenarios violentos, hostiles y sucios. Ya lo sé. Pero ese es el entorno que tienen, que les ha tocado, experimentar. Y no se me ocurre mejor forma de enfrentar un problema que conociéndolo al detalle. Otra cosa es que un adulto deba intentar que el niño o los jóvenes no reciban la información para convertirla en un disparate, en una forma de hacer o hacerse daño o, simplemente, de manera equivocada. Pero eso es harina de otro costal.

Me pregunto a menudo sobre el motivo por el que protegemos a los más pequeños del peligro real y, también, de lo que no lo es; sobre por qué queremos fabricarles un mundo que no es el suyo. Ni el nuestro. Deberíamos pensar que facilitar el acceso al mundo de la cultura, convertirlos en personas capaces de entender su cosmos, es la mejor y mayor protección que les podemos conseguir.

La propuesta no es que vean telediarios llenos de violencia o escuchen debates vacíos y ridículos. Esa es otra realidad; esa es la que tenemos que desplazar para que no salgan lastimados entre tanto alboroto y tanta estupidez. Esa sí que es una realidad ajena a ellos. Lo que hay que procurar es que la suya vaya aclarándose a través del cine de calidad, el buen teatro, la literatura, la música o la danza. Lo que hay que procurar es que la cultura ocupe buena parte de sus momentos reflexivos. Lo que hay que procurar es que no entren en los nuevos y falsos procesos democratizadores de la cultura en los que todos somos escritores o pintores porque nadie entiende ni de literatura ni de nada. Lo que hay que procurar es que sientan un gran amor por la cultura entendiendo que es lo que les hará libres y grandes, lo que permitirá al ser humano convertir la existencia en algo único y fructífero.

Para cambiar el mundo hay que ser culto. No queda otra. Y los que vienen por detrás merecen una oportunidad.