La danza como refugio

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El Teatro Real del Madrid presenta el último estreno programado esta temporada. El Nederlands Dans Theater, una de las mejores compañías de danza del mundo, sube al escenario para interpretar Sehnsucht y Schmetterling, dos coreografías estupendas en las que los veintiocho bailarines que participan dejan muestras de una técnica sobresaliente.

El calor en Madrid es sofocante. Los que quedamos por aquí nos refugiamos allá donde podemos. Salir de casa, antes del anochecer, es una especie de acto heroico.

No parece el mejor momento para programar un espectáculo como el que está ofreciendo el Teatro Real de Madrid. Porque, si a las altísimas temperaturas le sumamos el poco arraigo que tiene la danza en las sociedades actuales, tenemos como resultado un peligroso cóctel que deja en el filo de la navaja cualquier esfuerzo que se haga alrededor de una manifestación artística tan ancestral y tan importante para el ser humano. En cualquier caso, se agradece el esfuerzo.

Pues bien, el Teatro Real de Madrid nos ofrece la posibilidad de asistir a un excelente espectáculo. Una compañía con solera (NDT; Nederlands Dans Theater); unos bailarines muy distintos entres sí que van dejando muestras de una técnica depuradísima sobre el escenario; unas coreografías muy bien trenzadas que expresan sin fisuras las ideas fundamentales que se narran (Sol León y Paul Lightfoot presentan un buen trabajo aunque se abuse en algunos momentos de lo explícito y no se remate del todo la primera parte del espectáculo que tiende más a mostrar una fortaleza visual arrolladora que al relato); una puesta en escena limpia, cristalina. En fin, un espectáculo que no puede dejar indiferente a nadie.

Sehnsucht (Anhelo), primera parte del espectáculo, se desarrolla con fuerza apoyándose no solo en la propia danza. En el escenario les pasan cosas a los bailarines y, además, pasan las cosas, los objetos. Más que atractivo ese cubo móvil que permite a la pareja de bailarines dejarse llevar, oponerse con fuerza a esas cosas que el mundo nos impone o que a las que nos obligamos ridículamente nosotros mismos. La intensidad estética es potente, sólida. La música de Beethoven va marcado la pausa para que aparezcan sensaciones y estímulos que el público puede reconocer muy bien. Y con cada pieza que escuchamos esas cosas a las que refería van pasando, dibujadas por los cuerpos en movimiento de Danielle Rowe, Medhi Walerski (dentro del cubo en movimiento) o perfiladas por los elementos escénicos que permiten al resto de bailarines dejar imágenes preciosas y llenas de sentido.

Schmetterling (Mariposa) se arrima a la música de Max Richter y de The Magnetic Fields. Ya les adelanto que es, sencillamente, espectacular. Danza y partitura, las dos cosas. Divertido, cercano, estéticamente rotundo. Y mucho mejor rematada que la primera parte del espectáculo. Esa idea de representar el tránsito ineludible de la juventud a la madurez, del nacimiento a la muerte, de lo que somos a lo que quisimos ser; se logra sin un esfuerzo aparente (todos sabemos que está, pero la gracia es que no parezca existir). Francamente bien, Medhi Walerski y, especialmente, Ema Yuasa. Una coreografía en la que nos cuentan la historia de todos –nuestra adolescencia, nuestros momentos más locos, los más dolorosos, los recuerdos o lo que deseamos desde antes de nacer- no puede fallar si, además, se acompaña de gran técnica y de una partitura maravillosa como es el caso.

Ya lo he dicho muchas veces. Pero repito: El ser humano expresa a través del cuerpo. Sin abrir la boca es capaz de decir, de hacerse comprender, de expresar sus emociones más intensas y más íntimas. Antes de hablar, de construir un sistema tan complejo como el lenguaje, el hombre se comunicó gesticulando, saltando. Bailando alrededor de una hoguera para dar gracias al sol por regresar cada mañana o expresando la alegría provocada por una buena caza.

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La danza fue expresión absoluta, pura, única. Y la danza sigue siendo eso mismo, sigue estando al margen de interferencias; sigue arrastrando, así, al hombre hasta sus orígenes más primitivos.

Si acudimos a una boda, terminamos bailando por la alegría; si celebramos el final de un año más, terminamos bailando; si celebramos cualquier cosa que nos produce alegría lo hacemos, si invocamos, si queremos estar presentes en el grupo.

Sin embargo, la danza parece estar alejada de la masa social. La sensación de elitismo que han creado unos y que otros han rechazado absolutamente, parece haber provocado un distanciamiento difícil de superar. Es verdad que en cualquier arte, una obra que solo pueden disfrutar el que las crea y sus amigos más cercanos (que reciben información inaccesible para el común de los mortales) hace imposible una comunión imprescindible entre las partes implicadas. Es esta una idea muy arraigada y bastante exacta. Por ello, los ballets clásicos se libran aunque no del todo. Pero los modernos parecen ser percibidos más como rompecabezas imposibles y exclusivos que como espectáculos de danza que aspiran a ser universales. Al menos esta es la sensación que tienen muchos. Y aquí encontramos el núcleo del problema porque esa sensación es equivocada y prejuiciosa. Cuando alguien con un mínimo de sensibilidad acude al teatro para ver bailar a otros, suele salir de allí fascinado. Nos encontramos, entonces, con el viejo problema de los falsos elitismos, de los precios desorbitados; de los cotos privados que alguien quiere seguir potenciando porque, seguramente, es más rentable; con posturas cicateras que tratan de ocultar una gran ignorancia que es, en realidad, falta de interés y desidia. Nos encontramos con lo que no tiene nada que ver con el arte.

Por si era poco, alrededor del ballet, existen tópicos que tampoco ayudan al acercamiento entre todos. Por ejemplo, un bailarín es gay. Ya está. Eso es lo que muchísimos hombres piensan. Se lo digo yo. El ballet es cosa de mujeres. Eso lo dicen casi todos. También se lo digo yo. Lo cierto es que la mujer siempre tuvo un papel primordial en la danza y me lleva a pensar que, dado que las sociedades, desde las cavernas, han sido machistas y fuertemente misóginas, dado que la espada tiene un poder indiscutible, la sensación es que esto podría obedecer a un deseo de anular la importancia femenina acotando, por esa razón, sus actividades y excluyéndolas del ámbito compartido entre hombres y mujeres. Los hombres que no ocultan su zona sensible y participan son señalados y excluidos. Como lo oyen. Con todo lo que huele a femenino suele ocurrir esto. Otra cosa es que lo queramos asumir o no, otra cosa es que nos pongamos estupendos al decir eso de que no somos machistas y que buscamos una igualdad total de las mujeres respecto de los hombres.

Ya estaba dicho. Pero me parece importante repetirlo.