La elección del narrador (II)

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Contar una historia no encierra grandes complicaciones. Lo que ya es más complicado es saber cómo narrarla, qué voz utilizar, cómo aportar credibilidad al relato, para qué narrar eso y no otra cosa. En literatura todo es exactamente lo que debe ser. No sirve utilizar materiales que se puedan intercambiar entre ellos. Las respuestas a todo esto la encontramos en el narrador, en ese artefacto creado por el escritor que servirá para llegar hasta el lector.

Del mismo modo que una persona habla con otra estableciendo una relación, el narrador de un relato cuenta al lector (el narrador es la voz narrativa de ese relato y no el escritor, insistimos).

Pronto sabremos si quiere ser escuchado o tan sólo aspira a contar la parte de la historia que le interesa. No es lo mismo una cosa que otra, lógicamente.

El lector, por su parte, recibe un mensaje, o no lo hace, dependiendo de sus apetencias, de su estado de ánimo o de cualquier otra cosa. Y lo recibe de principio a fin; o deja de hacerlo pasado un tiempo más o menos largo.

Por tanto, el narrador puede contar desde el principio y el lector puede dejar de escuchar desde ese mismo principio, desde esa primera línea.

Ya avanzábamos en el número anterior que lo difícil de esta relación entre lector y narrador no se encuentra en que el lector escuche y el narrador cuente. Pronto sabemos lo que ese narrador dice y eso no presenta dificultad alguna. Lo complicado es saber determinar por qué lo hace, qué pretende al hacerlo. Además, hay que sumar una complicación añadida: saber quién es ese narrador. Leer y enfrentarse a un narrador cualquiera es algo parecido a encontrarse con un desconocido del que no sabemos nada y comienza a hablarnos de algo nuevo. Alguno nos podría dar algún dato (nombre, apellidos o nacionalidad) aunque son pocos. Algunos nos dicen quienes son, pocos también. Cuando no tenemos datos suficientes podemos equivocar las conclusiones y, por tanto, enfrentarse a un narrador suele ser complicado.

Si queremos entender debemos dibujar al que dice con todo el detalle posible. ¿Sería el mismo relato La metamorfosis de Kafka contada por el mismo Gregorio Samsa? ¿Entendemos lo mismo al escuchar una misma frase que pronuncia un niño o un adulto? Claro que no. No a todo. Por eso, saber quién nos habla es fundamental para realizar una lectura adecuada.

Si utilizamos la división fundamental entre narrador identificado (personaje que toma parte de la acción y del que sabemos cómo evoluciona a lo largo del relato) y narrador no identificado (narrador que no dice nada de sí mismo); tenemos la sensación de saber más en el primero de los narradores identificados. Y es verdad. Podemos saber quién es, con quién se relaciona o cómo trabaja. Sin embargo, eso es poco. Lo importante es la intención que tiene el narrador al contar. Y no hay que olvidar que el lenguaje es una herramienta algo traicionera, extraña e imprevisible.

Veamos el arranque del relato de Nicolai Gogol, Noche de mayo o la ahogada: «Una sonora canción fluía como un río por las calles del pueblo… Era el momento en que los mozos y las mozas, fatigados por los trabajos y preocupaciones del día, se reunían ruidosamente formando un corro bajo los fulgores de una límpida noche, para volcar toda su alegría en sonidos habitualmente inseparables de la melancolía. El atardecer, eternamente meditativo, abrazaba soñando al cielo azul, convirtiéndolo todo en vaguedad y lejanía». No sabemos quién nos cuenta esto. Sin embargo, si leemos con atención, podemos saber mucho de él. Las palabras que utiliza, la construcción de cada frase, nos va dejando claro que el narrador es, por ejemplo, alguien con un vocabulario extenso, con cierta lírica en su mirada; alguien que conoce el entorno al que se refiere… Y esa es la razón por la que hacemos de lo que dice algo nuestro. Comenzamos a leer y le damos la mano con la intención de acompañarle durante ese trayecto que comienza y no sabemos ni cómo, ni dónde acaba. Mirará por nosotros; entenderemos lo que quiere decir, a interpretar sus intenciones.

No hace falta decir que un narrador debe ser creíble. ¿Sería lo mismo leer la historia de un enfermo mental si el narrador fuese un médico especialista o el propio enfermo? Posiblemente, la historia contada por un enfermo mental no tuviera ninguna de credibilidad. Sin embargo, eso mismo narrado por el siquiatra nos sonaría a verdad. Y no hace falta decir que ninguno de nosotros quiere escuchar al que no sostiene su discurso sobre la falta de fiabilidad. Si no nos fiamos, cerramos el libro y poco más. Si no nos convencen rápido, cerramos el libro y poco más. El lector tiene muy poca paciencia. Por esta razón, la primera página de un relato es fundamental.

En todo este proceso no pueden faltar las figuras fundamentales. Narrador, lector y escritor. El escritor es el que crea esa voz que llamamos narrador. Puede elegir entre cualquiera que se pueda imaginar. Tan sólo hay una condición: que el lector la tome por buena. Del mismo modo que, hasta finales del siglo XIX, el lector aceptaba un narrador omnisciente; en la actualidad, el narrador necesita una justificación para existir. No puede crearse una voz para contar historietas. Es necesario un sentido que aporte al lector una nueva forma de mirar y entender y que, por tanto, le convierta en algo necesario obteniendo la confianza y la atención del lector. Ya está dicho todo desde hace siglos y eso obliga al narrador a construirse desde un discurso lleno de sentido.

La literatura poco tiene que ver con lo que ya sabemos, con lo que ya entendemos. La literatura debe ser esa puerta al conocimiento que tanta falta hace cuando hemos apostado por la tecnología, por lo material y por todo aquello más pegado a lo que se puede tocar que a la imaginación o a la explicación de la realidad. La literatura no puede ser un territorio de diversión alejada de la reflexión. El lector debe enfrentarse al narrador y no al escritor, a ese artefacto literario que nos explicará la realidad como nadie lo haya hecho jamás.

Es por todo esto por lo que la elección del narrador es fundamental, por lo que, antes de escribir, cualquier escritor debe meditar sobre la construcción de una voz que convertirá su relato en algo prescindible o en una obra de arte.