LA EMBAJADA KEICHŌ

El año pasado se cumplieron cuatrocientos años de la Embajada Keichô, la primera misión diplomática y comercial japonesa en España. Con ese motivo, diferentes organismos culturales vienen organizando muestras y conferencias dentro de las celebraciones del Año Dual España-Japón. En una microexposición, la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense de Madrid presenta un hermoso mapa del archipiélago de Japón de Abrahan Ortelius, impreso en Amberes en 1602. Forma parte de la destacadísima colección japónica de la institución, compuesta por rollos, libros y archivos fotográficos.

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Colección Japónica
Biblioteca de la Universidad Complutense
Madrid. 2 de junio a 30 de septiembre 2014

Es el pretexto para recordar un acontecimiento destacado que convirtió a Sevilla en la capital del mundo –en todo el mundo más conocida ilustre ciudad de Sevilla– sede del encuentro entre dos culturas.

En el siglo XVII, ávido de adelantar su poder y su prestigio, uno de los señores feudales de Japón, Date Masamuno, daimyo de Sendai, toma bajo su responsabilidad el libramiento de una legación diplomática ante las cortes de Felipe III y el Papa Paulo V. Es así como el 28 de octubre de 1613 el samurái Hasekura Tsunenaga fue puesto al frente de un séquito de más de ciento cincuenta personas entre soldados, comerciantes, consejeros y sirvientes que salieron del puerto de Tsukinoura hacia Acapulco, siguiendo la ruta del Galeón de Manila.

Esta era una de las líneas comerciales más largas que han atravesado el planeta y permaneció en funcionamiento durante cuatro siglos. El Galeón, que podía albergar mil personas y desplazaba dos mil toneladas, era el barco más grande que se había construido hasta el momento, salía dos veces al año de Filipinas cargado de especias, porcelana, seda, lacas y marfil, y arribaba a Acapulco en un viaje de cuatro meses que aprovechaba la corriente de Kuro Siwo en lo que se conoce como el tornaviaje. En América las mercancías eran descargadas y atravesaban el virreinato de costa a costa en convoyes que evacuaban en Veracruz y se unían a la Flota de Indias, que partía hacia las costas españolas fuertemente custodiada por galeones artillados.

De esa misma forma continuaron los orientales hasta la Ciudad de Méjico donde fueron agasajados por el virrey. Todos los componentes de la expedición recibieron allí el bautismo en solemne ceremonia, salvo Hasekura, que se reservó para cristianarse en España. Reanudaron la navegación y después de una breve escala en la isla de Cuba, donde por primera vez en la historia ponía su pié un súbdito japonés, continuaron hacia las costas andaluzas. Un año más tarde de su salida, el 5 de octubre de 1614, la legación Taichô desembarcaba en Sanlúcar de Barrameda, remontaba el Guadalquivir hasta Coria del Río y quince días después entraba con gran ceremonial en Sevilla donde fue alojada en el Alcázar a expensas de la ciudad.

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Comenzaron entonces las desconfianzas y los problemas. Mientras las autoridades sevillanas enviaban memoriales a la corte reclamando recursos para sostener los ingentes gastos de los invitados, en Madrid el monarca demoraba la visita porque las noticias, que tardaban años en llegar de Oriente, eran cada vez más inquietantes. En ese momento se comenzaban a materializar en cartas y memorandos las persecuciones a las órdenes religiosas instaladas en el archipiélago nipón, la quema de templos, el destierro de cristianos, los saqueos; finalmente, el 5 de febrero de 1597, seis franciscanos, tres jesuitas y diecisiete conversos eran crucificados en la colina de Nishizaka, cerca de Nagasaki. Serán los Veintiseis Mártires del Japón. Las informaciones aterraron a la corte española que recibió finalmente a la delegación con tremenda frialdad. De nada sirvió que Hasekura tomara el bautismo en el convento de las Descalzas Reales en presencia de la grandeza de España, de nada las buenas intenciones para establecer de una línea comercial entre ambos extremos del mundo. La embajada Taichô estaba destinada al fracaso. Dos meses después del desembarco, Felipe III denegaba cualquier licencia comercial y la legación salía hacia Roma para arrojarse a los pies del pontífice.

La escala del embajador en Saint Tropez, donde sus navíos se refugiaron de una tormenta, fascinó a la aristocracia francesa, alucinada al conocer la utilización de los palillos, el uso de pañuelos de papel de seda y la precisión de filo de sus espadas samuráis.

A falta de un acuerdo mercantil Hasekura ya solo aspiraba a conseguir la creación de un obispado en Japón y poder partir con un puñado de religiosos que le apoyaran en su misión evangelizadora puesto que según él, solo su señor el daymio sería capaz de enfrentarse al shogún en la defensa de la cristiandad. Pero Paulo V se lava las manos y deja toda decisión en manos del rey de España, el monarca más poderoso del mundo cuyos territorios –recordemos- eran atravesados simultáneamente por el día y la noche. La misión en Roma será descrita por Abraham Savgarin en su Relato de la solemne y remarcable entrada en Roma de don Felipe Francisco Faxicura –nombre cristiano de Hasekura- y por  Scipiano Amati en su libro Historia del reino de Voxú.

De regreso en Sevilla, tutelados por el hispalense fray Luis Sotelo, partía la flota de regreso hacia la Nueva España y las Islas Filipinas con el embajador y cinco criados japoneses. El esfuerzo no había sido inútil. Varios miembros de la expedición, temerosos de las persecuciones, se quedaron en Coria del Río adaptándose a los usos occidentales puesto que allí podían vivir su cristianismo en total libertad. Sus descendientes llevan aún hoy el apellido “Japón”, son las más de trescientas familias que fueron recibidas por el emperador Akihito con ocasión de la Exposición Universal.

La misión había sido precedida por el sorprendente viaje, en 1582, de cuatro adolescentes, educados por los jesuitas y convertidos a la fe católica, se trataba de Ito Mancio, Chichiwa Miguel, Nakaura Julián y Hara Martín que habían causado gran impresión en Europa, bien ataviados con vestiduras occidentales y hablando en latín, o a la manera oriental con ricos trajes de seda para fomentar la visión de lo exótico. Los cuatro jóvenes, de entre diez y doce años, habían sido recibidos en la Torre Dorada del Alcázar de los Austrias por Felipe II completamente vestido de negro, acompañado de todos sus hijos y con el Toisón de Oro al cuello. En Roma fueron cumplimentados en la corte pontificia y tuvieron el privilegio de asistir bajo quitasoles rojos a la exaltación de Sixto V al Santo Solio, después de que Gregorio XIII recibiera su obediencia y les colmara de regalos antes de morir. El viaje duró cuatro años y su noticia corrió por Europa en un momento en que España y Portugal, aunque unidas bajo la misma corona, competían por las rutas de navegación a Oriente. Este primer viaje despertó la curiosidad en Occidente y llevo noticia a las islas del Pacífico de la brillantez de las cortes italianas, especialmente las de Venecia, Génova y Florencia. Es conocida como Embajada Tenshô.

El Año Dual España-Japón, inaugurado por el Príncipe de Asturias y el Príncipe Imperial  Naruhito ha dado lugar a actividades y encuentros como la exposición de “Lacas Namban” del Museo Nacional de Artes Decorativas; la del Archivo General de Simancas “En busca del sol naciente” o “Japón, el rostro del samurái” con cuatrocientos retratos de vecinos de Coria del Río de ascendencia japonesa fotografiados por Alejandro Sosa para el montaje de la Biblioteca Municipal, que viaja en estos momentos por el mundo haciendo la ruta inversa de la embajada hacia La Habana, Veracruz, Acapulco, Ishinomaki y Sendai.

Poco después de la Embajada Keichô, Japón expulsaba a los extranjeros, decretaba el aislamiento –el sakoku– y se cerraba herméticamente al mundo durante más de doscientos años.