La espléndida decadencia de un genio

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La peor de las películas de Billy Wilder es una excelente demostración de lo que debe ser la dirección en el cine, la interpretación o un enfoque aparentemente cínico de la realidad a través de la ficción que es, sin lugar a dudas, una forma de enfrentar el universo desde el escepticismo. A partir de 1960, posiblemente, Billy Wilder no consiguió rodar obras maestras, pero la calidad de sus películas es indiscutible.

Cuando se habla del cine de Billy Wilder conviene refugiarse en la prudencia. Es verdad que en una comparación entre Bésame tonto y El apartamento, la primera sale perjudicada. Ocurriría lo mismo si enfrentásemos Las Meninas y La Venus del espejo de Velazquez. Pero ¿alguien puede discutir que las obras de Diego Velazquez son obras de arte sin excepción? Pues lo mismo pasa si hablamos de las películas de Wilder. Al menos de casi todas ellas. En cualquier caso, el trabajo de este realizador va de lo bueno a lo exquisito.

Irma la Dulce. No es de extrañar que el agente Patou, personaje encarnado por un espléndido Jack Lemmon, fuera el preferido de Wilder. Entre otras cosas, porque le persiguió con la cámara para mostrar las diferentes e innumerables caras del ingenuo policía. Metido a chulo, a impostor de personalidades, a trabajador incansable. Wilder logró un retrato enorme y perfecto.

No es de extrañar que el personaje interpretado por Lou Jacobi –un camarero corpulento, mentiroso, inquietante; del que conocemos distintos pasados improbables- fuera pensado para que Charles Laughton le diera vida. Porque el encargado del bar Moustache (en el que descansan las chicas de la calle Casanova y gastan su dinero –el de ellas- los chulos) es uno de los personajes más divertidos de la filmografía wilderiana. Y, seguramente, el alter ego del realizador. Le escuchamos decir cosas que solo el director era capaz de decir en público sin problema alguno (En este mundo que vivimos el amor es ilegal, pero el odio no). Cuando Wilder supo que Laughton no podría interpretar el papel (el cáncer avanzado del actor impedía cualquier aventura) lo acortó considerablemente aunque dejó intacta la esencia.

No es de extrañar que Irma –nunca una meretriz fue tan ingenua, tan mentirosa ni tan zalamera- sea uno de eso personajes inolvidables a los que cualquier aficionado al cine se enfrenta a lo largo de su vida. No sólo porque Shirley MacLean estuviera magnífica en su papel o porque la química entre Lemmon y ella fuese evidente (como ya pasó en El apartamento). No solo por eso. Wilder hace que esta puta de la calle Casanova sea fiel a lo que es para redimir de su idiotez al policía. No se trataba de contar las penas y las miserias de una chica de la calle sino de mostrar esas penas y esas miserias del resto de las personas.

El agente Patou es uno de los personajes en los que más claramente observamos ese cinismo que tanto se le atribuye a Wilder y que no es tal. Porque Patou es, en realidad, un escéptico absoluto y usa el cinismo para encontrar un hueco en el mundo. Un hombre que necesita de la redención para encontrar su sitio.

Los decorados de la películas son maravillosos, el ritmo narrativo es dinámico gracias a un montaje muy bien estructurado, la música es divertida y entrañable.

Posiblemente, Irma la dulce es una de las mejores comedias de toda la historia.

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Bésame, tonto. Esta es la película de Wilder que peor se ha entendido de todas las que firmó.

Se trata de una comedia aparentemente superficial, con final feliz y poco más. Pero, sin embargo, habla de algo muy serio. Polly la Bomba (nunca Kim Novak estuvo tan bien dirigida y tan estupenda en la pantalla) es una chica de alterne. Zelda Spooner (una estupenda Felicia Farr) es una esposa maravillosa, recatada y obediente. Viven en Climax, un pueblo de Nevada que está situado en mitad de ninguna parte (como los personajes de la película). Polly y Zelda intercambiarán sus papeles para descubrir que lo que quieren es lo que es la otra, para saber quiénes son realmente. Esta vez la suplantación de personalidades, tan recurrente en el cine de Wilder, sirve para que sepamos que el autoengaño nos puede proporcionar éxito en la vida. El realizador nos lleva hasta ese estado en el que nos preguntamos qué es lo bueno y qué es lo malo sin que sepamos responder.

Wilder recibió críticas terribles. Se le acusó de poner en duda el maravilloso papel de la esposa americana y, de paso, el sueño americano. Lo americano. Y es verdad que Wilder ponía en el filo de navaja todo eso. Pocos directores han sido tan valientes y tan mordaces como él.

Como de costumbre, el hombre se convierte en una marioneta en manos de las mujeres. ¿No sería esto lo que molestó de verdad a los puritanos de la época? Orville J. Spooner y Barney Millsap (Ray Walston y Cliff Osmond, respectivamente) son dos paletos que sueñan con ser famosos compositores. Dino Latino (Dean Martin) llega a Climax. Los dos primeros traman un plan en el que las mujeres son juguetes en sus manos. Y terminan haciendo el ridículo (ellos) aunque Wilder maquilla la cosa con final feliz.

Merece la pena echar un vistazo a la película y no quedarse en la superficie, intentar comprender que el mensaje de Wilder es ácido, doloroso y profundo.

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La vida secreta de Sherlock Holmes. Aunque algo irregular debido a que el montaje no fue el más apropiado (Wilder no pudo estar pendiente y, más tarde, reconoció que no era de su agrado), La vida privada de Sherlock Holmes es una fantástica película. Posiblemente, es el mejor retrato del detective británico y de su compañero Watson. Wilder fue capaz de mezclar misterio, estética y amor, aportando las dosis justas de cada cosa para que la película terminase siendo un producto maravilloso. La puesta en escena es magnífica. Tanto los escenarios como las localizaciones exteriores nos trasladan a un momento histórico en el que nos sumergimos sin protestar.

El papel de la mujer vuelve a ser primordial. Y se convierte en el eje de todo el entramado narrativo. La gran inteligencia del detective se desploma ante la astucia, la belleza y una rara manifestación del amor que llega del enemigo. El amor hace inevitable que un hombre o una mujer se descubran y no puedan hacer nada para evitar eso que tanto temen y que representa un cambio radical en sus vidas. El propio Watson no reprocha esta vez a Holmes que utilice su solución al 7% para olvidar la realidad.

La película tiene momentos divertidísimos aunque, es posible, que sea uno de los trabajos de Wilder que han envejecido algo peor. No obstante, resulta atractiva y atrapa al espectador desde el principio.

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En bandeja de plata. Billy Wilder decidió poner en entredicho todo y a todos. En esta película los abogados, el matrimonio, los médicos o el gran sueño americano, se meten en el mismo saco para que puedan ser mirados con lupa. Emparentada con El Apartamento, En bandeja de plata trata el asunto de la soledad; una soledad que solo puede desaparecer si el amor o la amistad están presentes. Lógicamente, Wilder lo que hace es convertir ese amor y esa amistad en una caricatura para demostrar su tesis.

En la película todos los personajes son pícaros, trileros con las emociones; todos buscan un beneficio personal al precio que sea. Willie Gringrich (abogado interpretado por un impecable Walter Matthau) trata de conseguir un dineral engañando; Harry Hinkle (el periodista encarnado por Jack Lemmon) se suma al engaño y, a la vez, es engañado por todos excepto por el deportista que le ha causado una pequeña lesión; Sandy (Judi West) es la avariciosa, infiel y fullera esposa de Harry.

Nadie puede engañar a todo el mundo todo el tiempo es algo que dijo Abraham Lincoln. Y es el hilo conductor de la película. Aunque al espectador le queda un sabor agridulce llegado el final. En realidad, el engaño es algo perpetuo en las sociedades actuales. Por eso En bandeja de plata es, ni más ni menos, que una ácida crítica a la sociedad mercantilista, materialista e inhumana en la que vivimos.

Estas son algunas de las películas que Wilder firmó en la última etapa de su carrera como director. Y ya ven que pueden interesar, gustar o entusiasmar; nunca dejar indiferentes. Wilder es Wilder. O lo que es lo mismo: Wilder es cine.