La forma de expresión más primitiva

ORFEO-Y-EURIDICE

El ser humano podría renunciar a la rueda, a dios, a la familia, a cualquier cosa. Solo hay una excepción: nunca podría renunciar a sí mismo. Y eso significa no poder evitar saber lo que es, ni dejar de experimentar cómo es y la forma en que es capaz de contárselo a sí mismo. Al fin y al cabo, es por ello por lo que no deja de crear obras de arte. La danza es el máximo exponente de la expresión humana y, por tanto, la forma más arcaica y pura de su expresión, de su arte.

Creo yo que eso que llamamos sexto sentido o intuición tiene mucho que ver con la interpretación del lenguaje corporal y no con un don otorgado por los dioses.

Tengo cuatro hijos y he asistido a las largas conversaciones de todos ellos con su madre (sin que dijeran una sola palabra) cuando eran, todavía, bebés. Un gesto era suficiente para que madre e hijo supieran, más o menos, lo que era necesario hacer en cada momento. Es posible que sea esto y no otra cosa lo que haga que esa intuición sea enorme en el caso de las mujeres y no tanto en los hombres. Naturalmente, encontramos varones que desarrollan esa intuición y mujeres que la tienen atrofiada, pero, por regla general, la tendencia parece que se acerca a esto que digo.

En definitiva, el ser humano expresa a través del cuerpo. Sin abrir la boca es capaz de decir, de hacerse comprender, de expresar sus emociones más intensas y más íntimas. Antes de hablar, de construir un sistema tan complejo como el lenguaje, el hombre se comunicó gesticulando, saltando. Bailando alrededor de una hoguera para dar gracias al sol por regresar cada mañana o expresando la alegría provocada por una buena caza.

La danza fue expresión absoluta, pura, única. Y la danza sigue siendo eso mismo, sigue estando al margen de interferencias; sigue arrastrando, así, al hombre hasta sus orígenes más primitivos.

Si acudimos a una boda, terminamos bailando por la alegría; si celebramos el final de un año más, terminamos bailando; si celebramos cualquier cosa que nos produce alegría lo hacemos, si invocamos, si queremos estar presentes en el grupo.

Sin embargo, la danza como manifestación artística parece estar alejada de la masa social. La sensación de elitismo que han creado unos y que otros han rechazado absolutamente, parece haber provocado un distanciamiento difícil de superar. En esto algo de culpa tenemos los críticos al escribir artículos en los que, en lugar de generar interés, nos dedicamos a contar todo lo que sabemos sobre esto o aquello (si puede ser de forma exquisita mejor). Aunque, por qué no decirlo, algo de culpa, también, reposa sobre el público. Es verdad que en cualquier arte, una obra que solo pueden disfrutar el que las crea y sus amigos más cercanos (que reciben información inaccesible para el común de los mortales) hace imposible una comunión imprescindible entre las partes implicadas. Es esta una idea muy arraigada y bastante exacta. Por ello, los ballets clásicos se libran aunque no del todo. Pero los modernos parecen ser percibidos más como rompecabezas imposibles y exclusivos que como espectáculos de danza que aspiran a ser universales. Al menos esta es la sensación que tienen muchos. Y aquí encontramos el núcleo del problema porque esa sensación es equivocada y prejuiciosa. Cuando alguien con un mínimo de sensibilidad acude al teatro para ver bailar a otros, suele salir de allí fascinado. Nos encontramos, entonces, con el viejo problema de los falsos elitismos, de los precios desorbitados; de los cotos privados que alguien quiere seguir potenciando porque, seguramente, es más rentable; con posturas cicateras que tratan de ocultar un a gran ignorancia que es, en realidad, falta de interés y desidia. Nos encontramos con lo que no tiene nada que ver con el arte.

Por si era poco, alrededor del ballet, existen tópicos que tampoco ayudan al acercamiento entre todos. Por ejemplo, un bailarín es gay. Ya está. Eso es lo que muchísimos hombres piensan. Se lo digo yo. El ballet es cosa de mujeres. Eso lo dicen casi todos. También se lo digo yo. Lo cierto es que la mujer siempre tuvo un papel primordial en la danza y me lleva a pensar que, dado que las sociedades, desde las cavernas, han sido machistas y fuertemente misóginas, dado que la espada tiene un poder indiscutible, la sensación es que esto podría obedecer a un deseo de anular la importancia femenina acotando, por esa razón, sus actividades y excluyéndolas del ámbito compartido entre hombres y mujeres. Los hombres que no ocultan su zona sensible y participan son señalados y excluidos. Como lo oyen. Con todo lo que huele a femenino suele ocurrir esto. Otra cosa es que lo queramos asumir o no, otra cosa es que nos pongamos estupendos al decir eso de que no somos machistas y que buscamos una igualdad total de las mujeres respecto de los hombres.

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En cualquier caso, lo preocupante es que la danza no ocupa el lugar que le corresponde en nuestra cultura. Lo inquietante es que nos hemos separado de algo tan ancestral como necesario, de algo que hacemos de forma natural cuando nos desbordan los sentimientos. Habría que encontrar la forma de hacer volver a la gente a los espectáculos de forma masiva. Habría que decir a todos que hay que acudir para disfrutar, sin fijarse en lo que se dice en los artículos críticos más allá de la referencia que representan, dejando aparcadas ideas viejas e inservibles. El criterio llega con la experiencia; y no conocer, este o aquel detalle sobre una obra concreta, no puede ser motivo de huída pensando en que otros vayan a decir que si no conoces en profundidad de la obra eres un cateto. Además, la masculinidad no se pierde por experimentar sensaciones y saber apreciar la belleza hasta la emoción.

Hace unos días, tuve la oportunidad de asistir a la representación de la ópera – danza Orfeo y Eurídice que estructuró la magnífica Pina Bausch allá por el año setenta y cinco. Es demoledor comprobar cómo un hombre, prácticamente desnudo, moviéndose por el escenario, llena de sufrimiento el espacio, de un terror fácilmente reconocible por alguien que sabe lo que es perder lo más querido. Es sorprendente comprobar cómo el ser humano es capaz de representar la muerte cuando no sabe en qué consiste eso de morir. Decir la muerte no podemos, bailarla con precisión sí. No crean que hace falta ser un gran experto para sacar estas conclusiones estando sentado en el patio de butacas. Es suficiente dejarse llevar y tratar de entender, olvidarse de todo lo escuchado acerca de la danza, despegarse de ideas previas o de especulaciones o de complejos.

Es verdad, que muchas veces, los críticos nos referimos a elementos que los directores de escena incorporan y que tienen un gran valor simbólico y artístico. Es nuestro trabajo. O dejar clara nuestra postura sobre una obra sin dejar de mirar tanto lo bueno como lo malo, los errores y los aciertos. Es nuestro trabajo. Pero eso no puede, no debe, estar por encima de lo que siente una persona cualquiera ante una obra de arte. Lo importante no es lo que yo digo sino lo que usted siente. Porque la danza, como manifestación artística, tiene que ver con los sentimientos universales, con las emociones de todos, con nuestra evolución. La danza es expresión pura a través del cuerpo. Eso que hemos explotado todos siendo bebés, jovencitos o adultos. Y, por eso, hay que acercarse a ella, para entender, de una vez por todas, lo que somos y cómo somos capaces de contárnoslo.