LA HERENCIA DE UNA REINA

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Nápoles alberga una de las más destacadas colecciones de escultura clásica del mundo. Profundamente conectada con España por razones culturales y dinásticas, los Mármoles Farnese se muestran ahora con una nueva disposición museográfica. Los bronces de la Casa de los Papiros en Herculano, el suntuoso Salón de la Meridiana, y las salas dedicadas a los hallazgos arqueológicos de Pompeya completan un museo incomparable por la calidad de sus fondos.

Isabel, la segunda esposa de Felipe V, fue una mujer ambiciosa, que movió con inteligencia los hilos invisibles de la política internacional para situar a cada uno de sus hijos en un trono desde donde dominar el continente. Francia, España, Portugal, Parma, Cerdeña, Nápoles o Sicilia, nada se fue de las manos de una intrigante profesional que había nacido en el seno de una de las familias más poderosas de Italia.

Los Farnese, que ostentaban los ducados de Parma, Plasencia y Castro, habían tocado la gloria en 1534 cuando Alejandro, decano del Colegio Cardenalicio, fue exaltado al Santo Solio desde donde regiría los destinos de la Iglesia con el nombre de Pablo III. Fue un mecenas y exquisito coleccionista; que merced al trinomio de papado, nepotismo y poder, propició un momento cumbre en la Historia del Arte: ávido de esculturas antiguas para el palacio que Antonio de Sangallo construía como morada familiar en el Campo de Fiori, el pontífice promovió unas excavaciones en las Termas de Caracalla cuyo resultado asombró a los eruditos. Las más hermosas estatuas comenzaron a emerger de entre las ruinas, eran en su mayor parte obras romanas del periodo imperial, copiadas fielmente de originales de los más reputados escultores griegos; porque la vastedad del complejo termal albergaba un proyecto iconográfico que privilegiaba los temas mitológicos raros, dramáticos, así como las figuras giganteas. Los objetos recuperados de las termas se unirían a colecciones adquiridas o expropiadas a otras familias romanas, así como a lo encontrado en el Adrianeo y en el Palatino. A finales del quinientos el romano Palacio Farnese, y las colecciones que contenía, eran consideradas ya como una de las maravillas de la ciudad. La familia no cesó en de incrementar su patrimonio artístico hasta que este pasó a los Borbones de Nápoles como herencia personal de la reina de España, durante el setecientos.

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Los Mármoles Farnese, que se encuentran tras diferentes vicisitudes en el Museo Arqueológico de Nápoles, constituyen una de las más destacadas colecciones del mundo, tanto por la calidad de sus piezas cuanto por la trascendencia histórica de su formación. En las últimas dos décadas se ha elaborado para ellas un proyecto museográfico que prima la legibilidad del conjunto y lo articula temáticamente sobre los espacios que habitó, el Palacio Farnese, las Termas de Caracalla, La Villa Farnesina del Tratévere, los Huertos familiares del Palatino, y la Villa Madama; a los que se añade la colección de gemas y piedras raras.

Sin duda el Hércules en reposo es la más conocida de las esculturas, por la admiración que despertó desde su descubrimiento, su perfección formal la ha convertido en modelo de estudio para los estudiantes de Bellas Artes durante quinientos años.

La Punición de Dirce, conocida también como el Toro Farnese es la obra más grande que nos ha dejado la antigüedad, un grupo escultórico de veinticuatro toneladas de mármol que parece estar en movimiento, algunos estudiosos consideran que es el propio original griego encargado por la dinastía real de Pérgamo, que describe Plinio el Viejo en su Historia Natural como obra de la mano de Apolonio y Taurisco de Tralles.

El esplendor de la Afrodita Calipigia copiada continuamente en mármol y bronce a partir del siglo XVI, compite con la incomparable factura de la Artemisa Efesia, mientras que la cabeza de Antínoo –el Amante del emperador Adriano ahogado en el Nilo en extrañas circunstancias- se mide con el Atlante Farnese, o con la perfección técnica de Los Tiranicidas, emblema de la democracia ateniense.

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Pero si hay un objeto destacado por su rareza es el conocido como Tazza Farnese. Obra virtuosa de la antigüedad, tallada en ágata sardónica posiblemente en Egipto, durante la era ptolemaica. Fue parte del botín de guerra de Augusto, pasó por Bizancio; adquirida por Federico II de Hoenstaufen en el siglo XIII, en el entorno de 1400 se documenta la presencia de la copa en la corte de Samarcanda o en la de Herat. Lorenzo el Magnífico la compró en Roma a finales de esa centuria de donde pasó a las colecciones farnesianas. La Tazza Farnese tiene un valor tan grande que no se presta nunca para exponerla fuera del museo de Nápoles, bajo ninguna circunstancia.

La herencia de las colecciones fue reconocida por el Tratado de Viena y pasó al rey de Nápoles, que gobernaría después España con nombre y ordinal de Carlos III, pero que dejaría su legado en Italia como parte del aparato dinástico de la Casa de las Dos Sicilias.