La hija del Regimiento de Gaetano Donizetti

La hija del regimiento de Gaetano Donizetti
El 20 de febrero de 2007 el tenor peruano Juan Diego Flórez cantó La fille du Regiment en el Teatro alla Scala y consiguió, con el público puesto en pié durante cinco largos minutos, bisar un aria. Rompía así con una tradición de setenta y tres años que había impuesto Toscanini y que impedía los bises en el teatro lombardo. Lo consiguió con el Ah! Mes amis, considerada por los expertos como el Monte Everest de los tenores, y con la que ya se había revelado Pavarotti en la Metropolitan de Nueva York. Porque este aria presenta la particularidad de aparecer relativamente cercana al inicio de la función, cuando el cantante no ha tenido tiempo de calentar la voz para afrontar esos nueve dobles altos, capaces de encumbrar a un artista al Olimpo de la lírica.
Flórez, que se había estrenado con esa ópera en Londres, regresa ahora al teatro de Covent Garden consagrado como una de las destacadas voces de la ópera mundial. El más grande tenor ligero de todos los tiempos, en palabras de Plácido Domingo. Único en el dominio de la coloratura, excepcional por la belleza de su voz e impecable en el control de la respiración, sin la que ha dejado literalmente a los espectadores y a los críticos del teatro británico que se le han rendido una vez más. No hay que desdeñar tampoco la poderosa presencia escénica de sus cuarenta años que infunden una vida nueva a su Tonio, ese joven tirolés del que se enamora María, la protagonista.
Interpretando ese rol, le acompaña en el escenario una sorprendente Patricia Ciofi, soprano italiana que consigue en todo momento estar a la altura de su papel y de su partenaire, destacando con una voz de una pureza extraordinaria que se luce en el Convien partir del que sale triunfante. La presencia de la legendaria soprano neozelandesa Dame Kiri te Kanawa es más una anécdota -un guiño a su público- que otra cosa y se despide cumpliendo setenta años sobre el escenario en el ínfimo papel de la duquesa de Crakentorp con la que se considera ya, definitivamente, su última interpretación después de muchos años retirada de las tablas. Es acogida con cariño, aunque resulta un poco desconcertante oírla cantar –apenas- en un papel que habitualmente es solo hablado, el arietta del Edgard de Puccini, escrita medio siglo más tarde que la partitura original, algo que ha ofendido a los puristas pero que la audiencia recibe con divertida condescendencia. Porque efectivamente es algo original que no molesta nada.
La hija del regimiento es una historia de amor y de enredo ambientada durante las guerras napoleónicas, puesta en una música patriótica y alegre. El director francés Laurent Pelly la traslada a un curioso campamento militar situado sobre un mapa que cubre el escenario y que simula los Alpes suizos, desdramatizando lo que él mismo define como pomposo patriotismo de la pieza y sus connotaciones bélicas. Un hábil juego escénico que no se revuelve contra el libreto ni contra el espectador y que consigue por el contrario descargar eficazmente la importancia sobre la música.
El montaje se presentó en 2007, tiene ya por tanto cierto recorrido y sin embargo se mantiene fresco y absolutamente actual. Es una coproducción con la Metropolitan Opera de Nueva York y la Vienna State Opera.
El director consigue compensar con acierto el trabajo de los solistas con el del soberbio coro de la Royal Opera House dirigido por Renato Balsadonna, espléndido tanto por su capacidad coral como por el auténtico y entrañable ejército que forman sobre el escenario con la coreografía de Laura Scozzi, eficazmente coordinada. Todos los elementos, dirigidos desde el foso por Yves Abel, consiguen un acertado equilibrio entre lo cómico y el pequeño drama de la historia de amor, entre lo épico de la guerra y lo cotidiano de ese improvisado vivaque de las montañas tirolesas sobre el que se instala, en el segundo acto el ilusionista salón del castillo. Las partes habladas actúan como bisagras, gobernadas por una energética Ewa Podlès, en la marquesa de Berkenfeld y todos los personajes pueden dar rienda suelta a sus capacidades actorales para delicia del público que ríe y disfruta de la función.
La hija del regimiento se estrenó en la Opéra-Comique de París en 1840 en plena nostalgia de las glorias imperiales y tanto la música de Donizetti, como el libreto de Vernoy de Saint-George se hicieron tremendamente populares. El reto de actualizar algo tan distante, con lo que ya quizás solo nos une la música, es una labor complicada y el espectador agradece que se haya resuelto felizmente. Se consigue gracias a un buen trabajo colectivo guiado con eficiencia, evitando las estridencias pretendidamente modernas a las que nos tenemos que acostumbrar, desgraciadamente a la fuerza, en muchas ocasiones y que solo buscan la gloria efímera de desquiciados directores.