La literatura femenina no existe

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Imagen: Mujer leyendo libro. Obra de Pedro Gallo.

En las sociedades de todo el mundo; y desde hace muchos siglos, desde que nos metimos en las cavernas para poder sobrevivir organizando nuestra existencia; cuando se le otorga a las mujeres la propiedad de algo (sea lo que sea), el tufillo a menosprecio, a caridad estúpida y barata, es patente. En literatura pasa lo mismo.

Decir es cosas de mujeres y haberlo escucharlo tantas veces, apesta a cosa de poco, a falta de importancia. Sin embargo, decir que algo es cosa de hombres suena a grandeza, a valor, a relevancia. Este olor rancio e injusto se puede colocar en cualquier ámbito y el resultado que se obtiene es siempre el mismo o muy similar. ¿Recuerdan que hubo bebidas alcohólicas que presumían de ser cosa de hombres en sus campañas publicitarias?

Hace unos días alguien me preguntaba si, en mi opinión, existe la literatura femenina. Por su puesto que no, contesté. Otra cosa bien distinta es que existan escritores y escritoras, que algunos asuntos interesen más a las mujeres que a los hombres (cosa dudosa por otra parte), pero decir que exista una literatura femenina y otra masculina es un disparate. Además, cuando se habla de la presunta literatura femenina, parece que ya ponemos la etiqueta de pastelazo cursi a la obra.

Es curioso, casi cómico, comprobar cómo los hombres ocultamos algunas apetencias o inclinaciones. No conozco a uno sólo que reconozca haber leído alguna novela de Corín Tellado (hace años) o alguna novela de las denominadas románticas (en la actualidad). Es como preguntar a un hombre si escuchaba el programa radiofónico de la señorita Francis (hace años) o algún programa dedicado al cotilleo o al mundo del corazón (en la actualidad). Eso se calificó como cosa de mujeres. Es decir, como cosa sin importancia. Pero ya les digo yo que más de uno se acercó y se arrima a estas cosas. A escondidas o con la excusa de no tener otra cosa mejor que hacer (¡cada día!). Eso sí, cuando se les pregunta, la contestación es que eso es cosa de las mujeres. Con cierto desprecio. Lo de las mujeres es de las mujeres y en manos de un hombre le convierte en sospechoso. No sabemos de qué, aunque sospechoso.

Existen magníficas novelas escritas por mujeres que hablan de asuntos universales. Claro, para saber esto hay que leer. Hablan de la guerra, del maltrato, de los hombres, de las mujeres, del espacio exterior o de lo que haga falta. Existen millones de lectoras que lo que quieren es tener entre las manos una buena novela que les dibuje el mundo. Punto. No hay que dar más vueltas a este asunto.

Y esto lo sabemos porque lo dicen ellas. A diferencia de los hombres, las mujeres no soportan tantos prejuicios. Y menos cuando hablamos de literatura.

Eso de trocear la literatura en masculina y femenina, es un error. Salvo que seas editor lo es. Porque estos buscan nichos de mercado al que puedan acceder con el fin de vender más libros. Se inventan estas cosas, eligen portadas que creen más atractivas para ellas. Y no voy a negar que lo consiguen. Tampoco voy a negar que un tipo de relato es más atractivo para la mujer que para el hombre. Al fin y al cabo todos pertenecemos a una sociedad que arrastra desde hace siglos tradiciones de todo tipo que marcan la existencia de las personas. Pero en el caso de la edición que busca a la mujer estamos hablando de marketing. Del mismo modo que se intenta llegar a los aficionados al fútbol, o a los hombres que se sienten atraídos por la guerra, el editor busca un segmento de mercado compuesto por mujeres. Hablamos de marketing, de dinero, de distribución… No de literatura. Nada de eso tiene que ver con la escritura creativa. Y que los gustos sean unos u otros no los convierten en únicos. Un gusto no es excluyente.

También resulta curioso, casi cómico, que eso que algunos llaman literatura femenina, sea todo lo que tenga que ver con el romanticismo, con el amor o el sufrimiento de la mujer a lo largo de la historia. Es curioso porque desde Homero no se ha escrito nada que sea ajeno al amor, a la raza humana. La Iliada contaba una historia en la que chico roba chica a chico y se lía la de San Quintín. Poco más o menos.

Tal vez, los hombres se salten las páginas en las que los protagonistas se enamoran (no lo creo, de verdad), pero todos los libros contienen temas similares desde el principio de los tiempos.

Aquí lo que sucede es que el hombre tiende a esconder sus sentimientos más íntimos, sus emociones más intensas. ¿Qué es eso de leer una historia de amor y emocionarse con ella? Si eso es cosa de mujeres, hombre.

La literatura es una sola cosa. Que se intente ordenar por géneros facilita al lector la elección que quiera hacer, marca tendencias y estructuras (sirva esto como pequeño ejemplo), pero dividirla en femenina o masculina es un insulto, es una ofensa a la inteligencia de cualquier ser humano, un menosprecio a las mujeres de todo el mundo.

Claro, mientras sigamos regalando muñecas a unas y balones a otros, esto seguirá pasando. Además, y es lo peor de todo, con casi la prohibición de acceder al otro lado. Las princesas son de las niñas y los misiles y balones de los niños. ¿Se imaginan ustedes a su hijo o a su nieto jugando con el último modelo de la muñeca Pepona? Pues eso.

Termino con una anécdota que puede ilustrar todo esto que digo. Uno de mis hijos juega al baloncesto. Tiene diez años y es el único de su curso que ha elegido este deporte y no el fútbol. No me pregunten la razón. Lógicamente, juega con las chicas. Cuando me comentó el asunto le pregunté si se iba a encontrar cómodo, que iba a resultar algo extraño un equipo de niñas con un niño jugando de alero. Y me dijo: oye, papá, el otro día, cuando te enteraste de que Julia iba a jugar al fútbol (la única chica de su equipo), te pareció muy gracioso y una forma de mostrar coraje. ¿Qué es lo que no te gusta de ver jugar a tu hijo entre chicas? ¿No es una forma de mostrar coraje muy graciosa? Ni pude contestar por la vergüenza que me hizo sentir. Por supuesto, está jugando y pasándolo de maravilla.