LA LOBA: A DENTELLADAS ENTRE BETTE DAVIS Y WILLIAM WYLER

Little Foxes (1941) - leo's reflection

Lillian Hellman realizó el guión de La loba en 1941, adaptando su propio drama teatral sobre la capacidad destructiva de la codicia. La autora sureña se inspiró en sus recuerdos sobre algunos de sus avaros familiares de Nueva Orleans. Wyler dirigió a la gran Bette Davis en una de sus interpretaciones más recordadas, como la implacable Regina, personaje alrededor del cual gira este clásico. El distinto punto de vista de ambos sobre la protagonista, dificultó su colaboración.

Uno de los mayores éxitos de Lillian Hellman fue La loba, drama teatral ambientado en el Sur de Estados Unidos en 1.900. Los hermanos Hubbard, Ben, Oscar y Regina (Bette Davis), son propietarios a los que sólo mueve el afán de dinero y que explotan a sus trabajadores de color. El hijo de Oscar, Leo, está hecho de la misma madera, pero carece de la astucia de sus mayores. No todos en la familia son verdugos. Birdie, la mujer de Oscar, es víctima de maltrato y Horace, el enfermo marido de Regina, padece su menosprecio. Alexandra, la hija de ambos, pese a tener el germen del arrogante desdén de su madre, se beneficia del afecto y principios que le transmiten su progenitor, su tía y la maternal empleada que le crio.

El título en inglés de la obra, The Little foxes –“Las pequeñas raposas”- es más acertado que La loba. Aquel alude al pasaje de El cantar de los cantares que insta a guardarse de los zorros por ser depredadores y refleja la codicia como mal endémico del astuto clan Hubbard, mientras que el título español se centra sólo en la dureza del personaje principal, Regina.

Wyler llevó al cine la historia, a partir del guión elaborado por la propia Hellman. Además de respetar la férrea estructura y los brillantes diálogos del texto, el director otorgó a la obra una dimensión esencialmente cinematográfica, a través de la puesta en escena y la fotografía. Centró numerosas secuencias alrededor de la sinuosa escalera, que conduce desde los suntuosos salones a los dormitorios y que es un símbolo de la posición dominante de la protagonista, muchas veces elevada en lo más alto.

Wyler contó con uno de sus colaboradores habituales, Greg Tolland, grandísimo director de fotografía. Dominaron la profundidad de campo, gracias a la cual podían incluir a varios personajes simultáneamente en el encuadre, captando con nitidez sus acciones y reacciones. Así, podían prescindir del recurso habitual al primer plano y contraplano, por lo que cuando los utilizaban puntualmente, obtenían un mayor efecto dramático.

Los estudiantes de cine repasan una y otra vez dos escenas. En una de ellas, Oscar y Leo se afeitan frente a dos espejos, mientras mantienen una conversación inicialmente intrascendente, que deriva en un plan de robo. El espectador se debate entre atender al inquietante diálogo o mirar hipnotizado el hábil juego de espejos que multiplica las imágenes y que parece simbolizar la doblez de los personajes. En la segunda escena, Regina descarga su crueldad sobre Horace, hasta el punto de provocarle un ataque al corazón. Él le suplica que le baje sus medicinas pero ve cómo ella permanece inmutable, viéndole morir. La cámara permanece fija en la imagen impasible de la Davis, que desprende maldad en estado puro, mientras que al fondo se atisba a Horace, arrastrándose por las escaleras. Aparte de su valor técnico, este momento ocupa un lugar muy alto entre los más estremecedores de la historia del cine, compitiendo con la espantosa escena de Que el cielo la juzgue en que la protagonista contempla despiadada cómo su cuñado se ahoga en el lago.

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Hubo graves dificultades en el apartado interpretativo. Wyler y Davis habían colaborado en otras dos exitosas películas y habían mantenido una relación amorosa, pero durante este rodaje, ya sólo veían los defectos del otro. Davis sufría el agotador perfeccionismo de Wyler, quien no era elocuente en expresar lo que quería, sólo sabia reconocerlo instantáneamente cuando surgía, lo que le llevaba a realizar toma tras toma hasta encontrarlo (le apodaban “una más Wyler”). Por su parte, el director no podía doblegar la testarudez de la estrella. Él hubiera querido una interpretación más sutil que permitiera comprender al espectador cómo Horace pudo enamorarse de semejante mujer. Esto requería recubrir bajo un barniz de seducción y encanto propios de las sureñas la maldad de Regina. Davis se empecinó sin embargo en recrear un personaje desagradable y palpablemente endemoniado. Se salió con la suya y, aunque la actuación no fuera un monumento al matiz, el resultado valió la pena porque Bette era única. ¿Cómo no dejarse arrastrar por su presencia magnética, su mirada ofensiva, su mohín despectivo, sus impetuosos andares y el zarpazo de su voz?

Herbert Marshall transmitió equilibradamente la decencia de Horace y su desazón ante la conducta de los Hubbard. Teresa Wright, como Alexandra, atinó en el arco interpretativo que requería retratar la maduración de una joven inocente, que se va desprendiendo de su escudo de negación, para enfrentarse a la cruel evidencia de ser hija de una desalmada. Dan Duryea bordó el papel de Leo, el mezquino patán, hasta el punto que uno no puede evitar preguntarse: ¿fingía? Parte del resto de los intérpretes había trabajado en llevar este drama a las tablas y todos estuvieron magníficos, pues ya dominaban sus respectivos roles.

Aunque las nominaciones llovieron para La loba, 1941 fue un año glorioso para el cine americano y los Oscars fueron a parar a otros artistas de gran talento. Como toda gran obra, ha trascendido porque retrata con sabiduría rasgos perennes de la condición humana. ¿Acaso no sería hoy Las grandes raposas un título adecuado para numerosas noticias de portada?