La luz siempre ganará a la oscuridad

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La soga (Rope, 1948) fue la primera película que filmó Alfred Hitchcock en color. Pero eso es sólo una anécdota. Lo importante de este trabajo se encuentra en lo apabullante del diálogo, en la dirección astuta y eficaz, en las interpretaciones de los actores que encarnan a los personajes principales y en un modo de narrar que arrastra al espectador a la zona del suspense más inquietante. El que quiera aprender cine debe ver esta película.

Arranca La soga con la imagen de una calle de Nueva York vista desde la parte alta de un edificio. Hombres y mujeres paseando, un policía que ayuda a cruzar la calle a unos niños. La cámara gira y escuchamos el grito de un hombre a través de una ventana. La siguiente toma nos lleva al interior del apartamento. Dos hombres acaban de asesinar a un tercero y meten el cadáver en un arcón. La calma de una ciudad enorme en la que parece que no sucede nada anormal en contraste con la brutalidad encerrada en unos metros cuadrados. Encerrada literalmente puesto que Hitchcock (no fue la única vez que lo hizo) acristala el piso y hace que las juntas de los vidrios tengan la apariencia de barrotes.

La película es extraordinariamente teatral. Pero no por ser la adaptación que hizo Hume Cronyn de la obra escrita por Arthur Laurents (The rope’s end). No, es teatral porque el realizador lo quiere así; coloca la acción en algo muy parecido a una caja escénica de un teatro cualquiera. Además, fue la excusa que necesitaba para plantear la película como plano secuencia de principio a fin. En la época en que se rodó la película, técnicamente eso era imposible puesto que los rollos tenían un límite. Hitchcock buscó fundidos a negro (casi todos encontrando la espalda de un personaje que convertía la pantalla en una mancha negra y así empalmaba una toma con otra sin que el corte se apreciase en exceso y la apariencia fuera la de una toma continua). Además, los recursos no debieron ser los más boyantes de la historia del cine y el costo del escenario se reducía notablemente de este modo. En cualquier caso, aun tratándose de 10 tomas de 8 minutos cada una, la intención es que el efecto sea el de una sola y hay que quedarse con eso.

La II Guerra Mundial había finalizado poco antes del rodaje. Ya se comenzaban a conocer en profundidad los horrores que Hitler había cometido en los campos de exterminio nazis. Hitchcock nos cuenta un crimen que podría ser cualquier crimen porque el hombre tiende a confundir las ideas usándolas como soporte para llevar a cabo atrocidades que justifica de forma grosera a través del gran pensamiento. El hombre asesinado se llama David Kentley. Su nombre de pila es una clara alusión al pueblo judío. Uno de los asesinos, Brandon Shaw (la interpretación de John Dall es magnífica) compara el asesinato con una obra de arte si el primero es perfecto; cree en el superhombre de Friedrich Wilhelm Nietzsche (en el mismo que creyó Hitler), pero lo hace a su manera al quedarse con el desprecio de la vida ajena cuando esta es inferior a la propia (un concepto muy peligroso que llevó a seis millones de personas a la cámara de gas). Para Brandon Shaw ser débil es un error porque, sencillamente, es vulgar. Brandon es megalómano y psicópata. Su compañero de asesinato, sin embargo, es débil. Asesina e, inmediatamente, el remordimiento le derrumba. Pero Phillip Morgan (encarnado por Farley Granger que no está mal aunque deja ver algunas limitaciones que le hacen sobreactuar en algunos momentos) quiere gustar a Brandon. Este es un aspecto muy interesante de la película. El fondo homosexual es evidente y carga de sentido el trabajo del realizador. Estos dos hombres exquisitos sólo pueden vivir en la oscuridad. Para matar y para amar. De hecho, las cortinas del apartamento son fundamentales en la trama. Por ejemplo, cuando todo va a resolverse una inoportuna llamada impide que vuelvan a correr las cortinas para aislarse.

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El espectador sabe lo que ha pasado. Los personajes (excepto los asesinos), no. Los invitados cenan sobre la tumba de un hombre sin saberlo. Nada menos que el padre del muerto, una tía, la prometida y el que fue su mejor amigo. Para Brandon esto es como la firma de su obra maestra. Y que el espectador sepa más que los personajes le genera una tensión altísima. Los encuadres de Hitchcock en los que el arcón aparece para que se acerque uno, lo rodee otro o lo vaya a abrir el ama de llaves, eleva el grado de suspense notablemente. En esta película, el suspense consiste en saber si alguien descubrirá el asesinato y el cadáver o si los dos malhechores se irán de rositas.

Pero otro de los invitados es Rupert Cadell (espléndido James Stewart que soporta su papel sobre buena medida en su mirada). La inteligencia, la sagacidad, la bondad, la intuición; frente a la maldad para que el delito tenga su justo castigo. Cadell es la luz que agota la oscuridad vertida por Brandon y Phillip. Tal vez resulte algo inverosímil este personaje encarnado por Stewart. Es excesivo el olfato detectivesco del individuo. Sin embargo, es casi una anécdota que así sea. Lo que Hitchcock quiere contar es algo muy concreto y eso le resulta irrelevante.

La cámara, en trescientos movimientos (excelente trabajo fotográfico el de Joseph Valentine), nos muestra la zona más oscura del ser humano. La maldad gratuita, equivocada y estéril. Cada imagen de la película es incisiva, demoledora.

Aunque su estreno no fue ningún éxito y pasó por las pantallas sin pena ni gloria, La Soga es una película que técnicamente está a gran altura. Y merece la pena. Mucho.