La maestría de reinventarse continuamente sin miedos

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Blur es un cuarteto británico famoso por marcar época. Varias veces. Porque su estilo ha estado en constante cambio, siempre apostando por experimentar con afán de encontrar nuevas vías de expresión. Ahora, estrenan nuevo trabajo. The magic whip (2015) es un álbum con doce nuevos temas, que reafirman el carácter y la esencia de un grupo de músicos que no se mete en el estudio de grabación si no es para explorar nuevos territorios que, a su vez, no dejen de conectar con su obra anterior.

Rubricaron con letras doradas una época esplendorosa en el britpop, en la década de los noventa. Pero, antes, habían levantado aplausos y ovaciones con su disco debut, agrandando el género del rock británico. Y, más tarde, sorprendieron adentrándose en otros territorios como el reggae, el punk y la psicodelia. Para entonces, ya habían sido considerados unos de los grandes propulsores del movimiento indie. Así es la biografía de Blur. Un carrusel frenético, plagado de éxito pero sobre todo de sorpresas. Porque no todos sus trabajos son excelsos pero, desde luego, a ninguno se le puede reprochar una falta de originalidad o de carácter propio. Y ahora, trece años después de su último álbum, vuelven a la carga con otra obra de singular temperamento. Sí. Blur ha vuelto.

La banda la componen Damon Albarn (alma máter, que se sitúa ante el micrófono, agarra una guitarra o se pasea por los teclados), Graham Coxon (guitarrista), Alex James (bajista) y Dave Rowntree (a las baquetas). Esta es la formación inicial y, para alegría de todos, la que ha dado forma también a The magic whip. Porque durante un período Graham Coxon abandonó la formación, aunque no merece la pena ocuparse con los líos o cotilleos internos del conjunto, con todo lo que se puede decir musicalmente sobre ellos. El proyecto nació en 1989, año en el que quien escribe estas líneas ni había empezado a pensar en nacer. Esto ilustra que Blur tiene ya un recorrido en el tiempo muy a tener en cuenta. Pero en cada uno de sus trabajos está la clave para tratar de entender por qué han sido, son y (confiemos en ello) serán tan importantes para cualquiera que se precie de ser un amante del rock, o del pop, o del britpop, o del indie, o de la psicodelia, o de… Blur ha sabido crearse una identidad propia sustentada en la reinvención, y ese es un concepto nada sencillo de abordar; mucho menos de poner en marcha con éxito.

Llama la atención que, entre la gente más joven de la geografía española, este no sea un grupo demasiado conocido. Sí es fácil sacar a colación a grupos como Oasis y que alguien cite al menos un par de títulos o tararee varios estribillos. Pero, ¿Blur? “Me suena, aunque ahora mismo no recuerdo ningún tema…”, “Sí, esos que hacen cosas algo raritas pero que no están mal”. O la variante más extendida: “Ah, ya, los de la canción de ¡Woo-hoo!”. Y es que la canción de woo-hoo! es la referencia habitual a Song 2, una de las canciones más universales del cuarteto británico. Pero no es lo único reseñable de un grupo con una trayectoria tan fértil, tan rica en matices. Merece la pena escuchar su discografía entera (ahora que es tan sencillo como acceder a plataformas como Spotify) y comprobar su evolución, los resultados de un propósito firme: explorar sin miedos, combinar con fe, probar con ganas. Se hace necesario destacar la figura de Damon Albarn, cuya melomanía contemporánea le ha llevado a crear otros proyectos que ha desarrollado en paralelo a Blur, destacando entre ellos el de Gorillaz (que puede merecer su propio espacio en otra ocasión).

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Se podrían decir mil y una cosa más de una banda tan característica, pero hay que dejar espacio también para dedicarle un poco de atención a este nuevo disco. Un trabajo tanto tiempo esperado y que cabía la posibilidad de no llegar a ser escuchado nunca, porque, como ya han referido muchos, ni los fans más optimistas podían confiar en que la dupla Albarn – Coxon volviese a funcionar de nuevo. Pero The magic whip es por fin una realidad. ¿Qué podemos encontrarnos en él? Pues composiciones con aroma a viejos trabajos, como es el caso de Lonesome Street, que abre el disco. Pero también nuevos experimentos como New World Towers, de tono más intimista y carácter más ecléctico. En Thought I was a spaceman, no obstante, el grupo juega con una sonoridad más oriental. No dejan de lado su gusto por describir a personajes peculiares, como es el caso de Ice Cream Man. Y, por supuesto, el álbum cuenta con ese par de canciones que se extenderán en el tiempo y se convertirán en himno de muchos. Las papeletas para ello las tienen los temas My terracota heart, una composición brillante de carácter melancólico e introspectivo, o There are too many of us, sobre todo por tratarse de un ejemplo mayúsculo de lo que Blur sabe hacer: experimentar y sorprender. Claro que todos los temas aportan algo distinto, y se podría decir que este último trabajo pertenece a una versión actualizada del grupo, a un repaso por sus siete trabajos anteriores de los que han cogido ingredientes esenciales para meterlos en una batidora. Pero el proceso no se ha detenido ahí. Porque, después de remover todo, el grupo ha sabido cocinar y preparar la presentación. En definitiva, bandas como Blur tienen que existir, para que otros grupos y artistas se deshagan del temor a experimentar, de salirse de la primera y única ruta que han establecido. De este modo, corren el riesgo de ser conocidos por la canción pegadiza del whoo-hoo!. Y corren también el riesgo de convertirse en un referente histórico de la música, en nombre propio de uno o varios géneros grandiosos.