La mirada y el fantasma

vertigoartmuseum

Si el cine es esa búsqueda de la mirada universal del ser humano, Vértigo es el producto que se acerca a ese objetivo de forma más clara, contundente y apasionada. Muertos, miedo, tensión o sexo, son algunos de los elementos con los que se construye una fórmula que tiene como resultado una obra maestra del cine de todos los tiempos. Un film que no da tregua al espectador inquieto y que pervive en nuestra memoria para siempre.

Con Vértigo, Hitchcock trascendió definitivamente el cine clásico, consiguiendo camuflar el drama psicosexual del personaje protagonista (Scottie/James Stewart) en una historia de suspense con tintes sobrenaturales perfectamente orquestada, acorde por supuesto a su gusto por el misterio y desarrollada de forma brillante e inusitadamente personal dentro del sistema de estudios Hollywoodiense. A lo largo del film somos testigos de cómo la historia de Scottie, quien se ve envuelto en el enigmático caso de posesión fantasmal de una hermosa joven (Madeleine/Kim Novak) a quien sigue por las calles de San Francisco y de la que termina profundamente enamorado, se retuerce a través de insospechados giros de guión, con la muerte de Madeleine a mitad del metraje como primera prueba de fuego para protagonista y espectador, para terminar indagando en la perturbada mente de Scottie, quien intenta reconstruir en una mujer desconocida (Judy/Kim Novak) a su amada fallecida. Nos encontramos, finalmente, con una película sobre apariencia y realidad, la más inquietante y alucinada versión de la caverna platónica.

Vértigo contiene muchas películas que confluyen milagrosamente en una sola bajo quiebros inesperados y una puesta en escena de embaucadora artificialidad. Su juego especular, atento siempre al propio espectador, se mezcla en el final del film con la propia obsesión de Scottie por resucitar a Madeleine a través de su imagen.  La  intención manifiesta de Hitchcock es introducirnos paulatinamente en la psique del protagonista, para después separarnos de él  con un nuevo giro que nos revela una insospechada verdad (Madeleine nunca existió, su muerte fue una planificada orquestación y Judy es la actriz que la interpretó), asesinando el suspense y desplazando completamente el protagonismo de la narración hacia la obsesión necrófila de Scottie, único en la función que no conoce el secreto y que prosigue en su extrañísimo ritual de cortejo.

5411_001523
Lo que nos subyuga de Vértigo es el proceso que lleva a su protagonista, primero, a enamorarse de Madeleine, un objeto de deseo perturbador, con la sombra de un fantasma acechándola y otorgándole valor de figura fantasmática, imaginariamente provocada por el deseo de Scottie; y mas tarde a reconstruirla, fetichizándola como vestido y peinado, en el cuerpo de otra mujer. La necesidad de Scottie por reactivar el fantasma de Madeleine resulta acongojante y nos es mostrada en una imagen de enorme fuerza expresiva cuando Judy, ya casi transfigurada del todo, se ofrece como un oscuro perfil recortado a contraluz  sobre la irreal iluminación que se cuela en su habitación de hotel, una tabula rasa en la que Scottie puede proyectar la imagen que necesita y que se resuelve en otra alucinada secuencia, cuando esa misma habitación, mientras se besan apasionadamente, termina por transformarse en el lugar donde Madeleine falleció. Esta reconquista dura sin embargo poco tiempo, y el fracaso de Scottie se hace inevitable cuando al descubrir la verdad sobre Judy esta se vea desprovista de todas sus cualidades fantasmáticas.  Lo que se desprende aquí es un análisis casi clínico sobre la fantasía como soporte del goce y cómo en su ausencia este desaparece.

Pero sin duda la gran fortaleza de Vértigo reside en su capacidad para inscribir en nuestra mente secuencias, escenas e imágenes inolvidables, inscritas también por derecho propio en la historia del cine, y que se extienden desde la persecución en los tejados del arranque hasta la imagen de Madeleine saltando al agua para disfrazarse de Ofelia entre flores, desde el travelling circular que envuelve el beso apasionado de los amantes a la enigmática secuencia en el bosque de sequoias, desde la presentación en pantalla de Madeleine como perfil que quema nuestra mirada, hasta  la efigie petrificada de Scottie sobre el campanario, mirando por fin sin miedo al abismo desde las alturas. Si el cine es el culmen de nuestra obsesión por la mirada, Vértigo es cine en su mayor y posiblemente mejor expresión. Una película juguetona que pervierte los códigos narrativos, muestra una sexualidad nada reconfortante y fetichiza las imágenes. Un film que no da tregua al espectador inquieto y que pervive en nuestra memoria para siempre.