La multiplicación de los peces, de los panes y de las ganas

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A veces, parece mentira que se pueda hacer teatro en este país. Ni un euro de más en el presupuesto, ni una ayuda (ni de más ni de menos), público siempre de menos. Y esto se ve reflejado en la calidad de los textos, en las escenografías que parecen sacadas de una viñeta de 13 Rue del Percebe, en la iluminación que parece estar pendiente de si cortan o no el suministro. Y los precios que no pueden bajarse porque hace falta ese dinero. Y el espectador que quiere, entre otras cosas, espectáculo teatral. La pescadilla que se muerde la cola.

¿Qué se puede hacer con una tela negra y grande, una mesa y dos sillas, una pecera y una puerta de madera más un perchero fabricado con trozos de perchas? Muy fácil: una obra de teatro. Con un poco de imaginación montamos un pisito en el escenario (puede que no quede del todo elegante, pero, tal y como están las cosas, es lo mismo). A continuación encargamos un texto sin grandes profundidades, que resulte entretenido. Y, por último, llamamos a cuatro actores jóvenes que todavía tienen las ganas intactas. Y ya está. Como lo oyen. Así está el panorama. Es insólito que algo tan cutre como esto pueda terminar siendo una cosa más que apañada. Y ya les digo yo que tiene mucho, mucho, mérito conseguir un resultado decente con tanta mugre impuesta por una economía desquiciante, la falta de apoyos institucionales y una caída libre de la cultura española. Pero siempre quedan cuatro locos dispuestos a seguir dando guerra porque están enamorados de su trabajo, siempre queda alguien que decide nadar contracorriente. Afortunadamente, siempre quedan. Ahora bien, el look instituto ya empieza a ser un clásico en el panorama teatral.

Un balcón con vistas es una de esas obras low cost que se construye sin apenas recursos. Una especie de milagro; un milagro que deja ver las miserias con las que se encuentran en el teatro los profesionales y el público. Por cierto, algunos productores se han aprendido que se puede montar un espectáculo trayendo el vestuario de casa y poniendo a los actores a pintar el escenario y han decidido no apostar ni un euro por lo que los espectadores nos quedamos sin ver cosas que podrían ser muy interesantes; pero esto es harina de otro costal. Un balcón con vistas está diseñada para hacer pasar un buen rato al público (y se logra), para arrancar unas risas (y se logra). Esas son sus metas. Ni se busca entrar en zonas conflictivas de la condición humana, ni en lugares más allá de lo superfluo. Desde luego, el texto no es el mejor del año aunque cumple su función. Una trama de enredo, muy ligera, un chiste por aquí, un chascarrillo por allá, situaciones extravagantes y punto. Aunque no parece gran cosa (no lo es) funciona bien entre el público que se acerca al Teatro Lara de Madrid. Soy de los que piensa que lo divertido no tiene porqué estar reñido con el conocimiento. Y, por ello, estos textos que nos trasladan al territorio del ocio, y nada más que allí, no me terminan de convencer. La obra queda divertida, pero se vacía por los cuatro costados en cuanto nos hacemos cualquier pregunta sobre lo que nos cuentan. Aunque es teatro, también es teatro. Y muy meritorio el esfuerzo que se hace.

No hace falta que les diga nada de la escenografía, la iluminación, el vestuario o la peluquería. Ya es bastante que el escenario parezca ser un escenario. Además, donde no hay rebajas es en el reparto; algo muy de agradecer. Los cuatro cómicos que suben al escenario lo hacen con decisión, con ganas y para demostrar que hará falta mucha desdicha para que dejen abandonadas sus carreras artísticas. Todos están bien. Ya he dicho que el texto no reclama grandes alardes interpretativos, pero hacer reír a la gente es muy difícil y ellos lo logran.

Esther Rivas, sustituta de Maggie Civantos que fallaba por tener otro compromiso, está bien. Alguna pequeñísima duda en algún diálogo aunque divertida y capaz de sacar partido a un personaje muy estereotipado (como todos, como lo suelen ser en este tipo de comedias). Cristina Soria y Ruben Martínez defienden sus papeles sin grandes problemas (ella algo histriónica con un personaje muy vacío que invita a serlo para que aquello parezca más de lo que, en realidad, es). David Tortosa encarna al personaje más divertido de todos. Abel (así se llama) es tontorrón, simplón. Y el actor logra entender bien lo que le pasa a su personaje, sin un gesto que rompa esa comunión.

Pues bien, esta obra con presupuesto suficiente traducido en un escenario bien rematado, en un vestuario que no nos haga pensar en el fondo de armario de los actores o en cierta tranquilidad económica de los cómicos (están con un trabajo y, mientras, piensan en cualquier otra cosa para tener cierta continuidad lo que les impide centrarse y sentirse seguros) sería, finalmente, más rentable. Un balcón con vistas funciona bien con lo puesto. Imaginen si la pusieran guapa.

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