La película de nuestra vida

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Todos rodamos nuestra propia película a través de la experiencia. Amamos, reímos, sufrimos, disfrutamos…, y lo enlatamos como si fuera la cinta de una película de cine para dejarla en eso que llamamos recuerdo. Una película que no deja de proyectarse en la consciencia y que se alarga tanto como somos capaces de seguir en este mundo. El cine es uno de los elementos que nos pueden ir modelando desde niños, que nos lleva a la reflexión siendo adultos. Como cualquier otra forma de arte. Por eso no podemos despreciarlo.

Somos lo que aprendimos, lo que recibimos o perdemos cada día de nuestra vida. En la escuela, en casa, en la calle, de nuestros mayores, de los niños. Pero, también, en ese museo que visitamos a regañadientes siendo unos críos, en el cine o en un campo de fútbol. En cualquier lugar podemos encontrar algo nuevo, aprender, escuchar un consejo o contemplar una imagen que dejará el poso que en algún momento rescataremos entre la sorpresa, el agradecimiento o la fascinación. Somos aquel niño que, sin saberlo, se iba creando su propio escenario, un universo blindado frente a los ataques de la realidad. Sí, esa parcela que mantenemos intacta, casi siempre oculta, lo mejor que tenemos y nos modela.

Siendo muy pequeño, mi familia se trasladó a Madrid (mi querido Madrid) desde Toledo (mi amadísimo Toledo). Una ciudad pequeña quedaba atrás y otra enorme, poderosa, llena de oportunidades e inquietante, se convertía en mi mundo.

Mi primer recuerdo de la Gran Vía madrileña (por aquel entonces se llamaba Avenida de José Antonio) me causa, aún hoy, una enorme emoción. Cines, luces, cientos de personas paseando, las bocinas de los vehículos sonando. Desde aquel día, lógicamente, he transitado esa calle miles de veces. Hoy, los cines son pocos, las luces mucho más rácanas, los cientos de personas que caminan por ella (a toda velocidad) llevan varias bolsas de plástico en las manos sin una sonrisa en proyecto y las bocinas no se escuchan. Ni siquiera quedan los trileros que parecían eternos hace unos años. El puesto de castañas asadas es moderno, irritantemente moderno; su dueño habla polaco y usa gas para asarlas. Sin embargo, regreso una y otra vez, para recordar lo que fue. Entre otras cosas, porque en los cines de la Gran Vía asistí al estreno de cientos de películas. Recuerdo y pienso en lo que eso representó para mí.

En aquellos cines comencé a imaginar mundos imposibles que marcaron mi proceso imaginativo. Los Aristogatos, Merlín el encantador o Chitty Chitty Bang Bang. Historias fantásticas que solo un niño puede llegar a entender y aprovechar. Según fui creciendo las experiencias fueron acumulándose; busqué acomodo para las nuevas sensaciones, para las experiencias que llegaban cada semana. Descubrí lo que era el amor en otros. A medida que iba viendo películas, trazaba el dibujo de la que debería ser la mujer de mi vida. Aquellos abrazos, aquellos besos tan ajenos, los hacía míos sin pedir permiso a nadie; era lo que yo deseaba experimentar. Frases que me prometía repetir en el futuro, miradas apasionadas, sacrificios improbables, celos, enredos. Todo estaba en el cine. Después de ver Dos en la carretera de Stanley Donen llegué a creer que entendía las relaciones de pareja. Era joven. Descubrí que algunas cosas de las que me hablaban mis mayores, tomaban forma en las pantallas. Lealtad, valor, compañerismo, entrega. Del cine, siendo un muchacho, se sale pensando que el mundo se rendirá a tus pies porque ya sabes lo que hay que hacer para ser el héroe tantas veces pensado, tantas veces visto. Si una película me marcó en ese sentido fue El puente sobre el río Kwai de David Lean. Entre risas mientras atracaba un banco a las tres, aprendí a bailar con Fred Astaire y Ginger Rogers. Al acabar las películas, Madrid parecía una gigante pista de baile en la que pudiera ocurrir la más inesperada historia de amor. Otros días se podía oler el napalm en cualquiera de sus rincones o se convertía en una enorme Chinatown. Era el tiempo en que los buenos ganaban a los malos. Siempre los vencían. Incluso en el espacio lejano, en lugares insólitos que pude ver, por primera vez, alcanzando la velocidad de la luz a bordo del Halcón Milenario.

Sentado en mi localidad del patio de butacas, sentí miedo mirando cómo la cabeza de una niña daba vueltas imposibles mientras insultaba a un sacerdote aterrorizado, el horror al creer que la siguiente víctima de un alien o un tiburón colosal sería yo mismo. Escapé de un edificio en llamas del que solo se salía siendo un tipo fuera de normal. Incluso escapé ileso de un terremoto nunca antes visto.

Sentado en mi localidad del patio de butacas, descubrí los cuerpos desnudos que antes no podía imaginar. Descubrí a los antihéroes que conducían taxis y se rapaban la cabeza antes de liarse a tiros. Descubrí que con las cosas de la religión se puede bromear cuando te llamas Brian. Descubrí a la mafia italo-americana. Por primera vez, escuché el nombre de Woody Allen, de Federico Fellini, de Berlanga. No me perdía un solo trailer. Hice de alguna película un mito. El Gran Leboswki, La naranja mecánica, El quimérico inquilino, 8  1/2. Muchas más. Me hice mayor.

Todo lo que soy está teñido por las imágenes inolvidables de las películas de indios y vaqueros que disfruté gracias a que mi padre me llevaba al cine. Por las películas bélicas que me enseñaron la cara más sucia del ser humano. Por las comedias que señalaban un lugar extraordinario de un mundo gris como el uniforme de la policía que repartía leña en la calle y llegaba a entrar en las salas de cine a oscuras buscando marxistas barbudos. Nunca se quedaron a disfrutar del ruido de una gota cayendo en las películas de Tarkovski.

Aprendí a contar historias al mismo tiempo que podía verlas. Las mías propias, las de un niño de Toledo que cuando visitaba a su abuela aprovechaba para contar las maravillas de la capital a los muchachos con los que jugaba. Pero Madrid era Alemania, la campiña francesa, las llanuras del lejano oeste, cualquier cosa. Valoraba a mi público y arañaba escenas y diálogos de aquí y de allá para convertir mi experiencia en algo envidiable.

Crecí, como muchos niños españoles, esperando a que llegase el domingo para que me llevaran al cine; siendo un jovencito, esperando que fuese domingo para gastar mi paga viendo Grease. Las vacaciones eran especialmente mágicas porque cada noche podías ir al cine de verano. Con una manta, por si refrescaba, con la que poder tapar a la chica que te gustaba.

Quise ser Marlon Brando, Al Pacino, Errol Flynn o Harrison Ford. Soñé ser el novio de Marilyn Monroe, Claudia Cardinale, Sofía Loren o Audrey Hepburn. ¡Audrey Hepburn! No he vuelto a ver nada parecido en una pantalla.

Descubrí universos tan imponentes como los que ya conocía en los libros. Bergman, Kurosawa, Kubrick. Y Almodóvar.

Somos lo que vemos, lo que oímos, lo que nos enseñan. Pero, sobre todo, somos lo que podemos llegar a imaginar. El mundo nunca deja de ser nuestro mundo, pero para tenerlo bien agarrado hay que dibujar los límites, hay que indagar en el de los demás.

Por eso hay que llevar a los niños al cine, por eso debemos ir los mayores, por eso los políticos deberían prestar atención a lo que está sucediendo en las salas vacías (en las que siguen abiertas, claro). No imaginar es no vivir. El cine es el sueño de cualquiera reflejado en una pantalla; sus fantasmas, sus miedos, sus inquietudes. Pero, lo más importante, es que el cine es la despensa que nutre la imaginación de una persona. El cine, la literatura, el arte… Despensas medio derrumbadas. ¿Las reparamos entre todos?