La perdición de Billy Wilder y Raymond Chandler

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Woody Allen calificó Perdición como la mejor película de la historia. Fue una de las cumbres del cine negro y la primera obra maestra de Billy Wilder, ese austríaco de inteligencia deslumbrante que se atrevió con casi todos los géneros. Wilder sabía que un gran director necesita contar con colaboradores de primera y siempre elaboró los guiones de sus películas en equipo. En Perdición contó con el gran Raymond Chandler y pese a su difícil relación, lograron un resultado perfecto.

El cine negro de los 40 y los 50 reflejó una corriente de ánimo pesimista que se experimentó en los EEUU desde el inicio de la segunda guerra mundial y durante la postguerra. La sociedad, que se había percibido hasta entonces como inocente, tomó conciencia de que la ambigüedad moral había calado en una parte de ella, a la vista de la proliferación de la delincuencia y de una línea borrosa entre las actitudes de malhechores y garantes de la ley. Ese malestar y oscuridad fueron capturados por novelistas como Chandler, Hammett o M. Cain y por cineastas como Wilder, Hawks o Huston.

Algunos elementos característicos del género eran una iluminación que recreaba atmósferas tan turbias como las motivaciones de los personajes –habitualmente relacionadas con obsesiones sexuales y materiales- y un juego con los factores de tiempo y espacio a través del recurso a los sueños o a los flashbacks. Muchas veces, los protagonistas eran ciudadanos corrientes que acababan delinquiendo o actuando de manera cuestionable.

Wilder explicó que realizaba comedias cuando estaba triste y películas oscuras cuando estaba en buena racha. Debía sentirse exultante cuando decidió dirigir Perdición (Double indemnity, 1944), gran exponente del cine negro. Se basó en una obra de James M. Cain sobre una mujer casada que seduce a un vendedor de seguros para que asesine a su marido y así obtener la doble indemnización de la póliza por accidente a que alude el título original. El guión es redondo y no es para menos, ya que lo escribieron el propio Wilder y Raymond Chandler, posiblemente el mejor autor de novela negra que ha habido. Los dos tenían mentes privilegiadas, con una insólita capacidad para poner en boca de los personajes diálogos de inigualable mordacidad e ingenio. Pese a lo sobresaliente del resultado, odiaron cada día de su trabajo juntos, tal vez porque eran whisky y aceite: Chandler, alcohólico y entristecido, Wilder dicharachero y vividor.

Barbara Stanwyck, una de las actrices más reconocidas de la época, estuvo a punto de rechazar el papel de Phyllis. Le dijo a Wilder que era el mejor guión imaginable, pero le asustaba que el pérfido rol espantara a su público. Billy le desafió (“¿Qué eres? ¿actriz o ratón?”) y ella bordó el papel, destilando un erotismo vulgar, una seducción calculada y una fría amoralidad. Fueron aciertos de caracterización su pulsera tobillera, sus miradas ladeadas y sus andares sinuosos. Únicamente la peluca rubia oxigenada con flequillo de paje no superó el difícil test del tiempo.

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El protagonista masculino, Walter Neff, es un desenvuelto y aparentemente inocuo agente de seguros, que se destapa como un bribón capaz de matar a sangre fría con tal de conseguir dinero y amante. Wilder lo tuvo difícil para encontrar un actor de razonable prestigio que aceptara el reto de dar vida a semejante dechado de virtudes. Tras varios noes, quien le dio el sí fue Fred MacMurray, un galán que hasta ese momento se había limitado a poner su simpática cara en varias comedias. Consciente de sus limitaciones interpretativas, le dijo a Wilder “¿Cómo voy a hacerlo? ¡Este papel requiere actuar!”. Sin embargo, una de las muchas virtudes del director era su capacidad de obtener el máximo partido de los intérpretes y MacMurray consiguió estar a gran altura. Los espectadores disfrutamos muchísimo de sus rítmicos intercambios verbales con Barbara, rebosantes de agudeza, tensión sexual y dobles sentidos.

Edward G. Robinson, ese secundario de primera con inolvidable cara de tortuga y dicción portentosa, dio una gran lección de arte dramático como Keyes, compañero de trabajo de Neff y su mejor amigo. Perro viejo del mundo del seguro, no se le escapa ningún fraude, excepto el que ocurre justo delante de su apéndice nasal.

Billy Wilder era largo, muy largo, y ninguna decisión respecto a la puesta en escena era casual. Así, decidió que la puerta del apartamento de Neff se abriera hacia afuera, porque esto le permitió crear el momento de mayor suspense de la película. Keyes está saliendo de la vivienda cuando Phyllis está llegando, lo cual puede desvelar el complot. Ella se esconde rápidamente tras la puerta abierta, lo que supone que los espectadores contengamos la respiración porque durante unos instantes, ambos están en el mismo encuadre, separados sólo por el filo de madera. Wilder obvió intencionadamente la ley según la cual las puertas de las viviendas se deben abrir hacia adentro. Astuto ¿verdad?

También quiso Wilder que las imágenes marcaran la atmósfera moral de la historia. La toxicidad está simbolizada por la oscuridad y el polvo suspendido que impregnan la mansión de Phyllis y la progresiva sensación de enmarañamiento de Neff en la trama tejida por su amante está representada en la proyección de rayas paralelas sobre su imagen, derivadas de escaleras y persianas. Astuto ¿verdad? (2ª parte).

La película tuvo un gran reconocimiento de crítica y público y obtuvo varias nominaciones a los Oscars incluido al mejor director. Leo McCarey se lo arrebató injustamente a Wilder. No lo creerán pero cuando Leo se dirigió a recoger el premio, Billy ¡le hizo la zancadilla! Al parecer, el maestro no tenía buena “perdición”…