La poesía de Antonio Machado: Esperando la marea que llega

MACHADO

Dentro del marco del modesto homenaje que la revista Aladar está brindando durante las últimas semanas a Antonio Machado, no podía faltar una pequeña referencia a su obra poética. Aunque, del mismo modo que vamos recorriendo la periferia de lo que representa el autor, no aspiramos a realizar un análisis extraordinario que muchos otros ya hicieron. Intentamos buscar puntos de vista alejados de lo profundo, de lo académico o lo puramente técnico. Los poemas interpretados por alguien que los necesita es uno de ellos.

Sobre la poesía de Antonio Machado ya se ha dicho casi todo. Existen miles de páginas en las que se analizan todos y cada uno de sus poemas; su teología, su estructura… Ni siquiera es mi intención un torpe análisis de cualquiera de ellos. Tan solo quiero escribir recordando algunos versos de Machado; pensar en por qué regresan, una y otra vez, a la consciencia; intentar encontrar algo que, como mucho, puedo intuir con dificultades.

Si tuviera que dar un buen consejo al joven que lo necesitara para llegar a ser poeta, no dudaría en robar un alejandrino de Machado para poder entregarlo en forma de tesoro; tal y como me llegó a mí leyendo poesía en el metro o tirado en alguna pradera del parque del Retiro madrileño. «Sabe esperar, aguarda que la marea fluya». Machado parece indicar el camino de la autenticidad y la honrada verdad. Esperar a que la emoción repose después de leer, de mirar. Convertida en experiencia necesaria podremos dejar que llegue esa marea que se produce en el mar océano que es nuestra propia vida. Saber aguardar leyendo un poema, saber vivir la vida como un poema. Un alejandrino construye la vocación, la existencia del joven soñador que fui y desea que sea en otro.

Repito los poemas de Machado intentando saber qué es lo que busco. Tal vez sea la imposibilidad de recordar a mi padre en la intimidad más absoluta sin equivocación, tal y como merecería. Tal vez sea el vértigo que siento sabiendo que el tiempo se acaba tarde o temprano y no pueden quedar pendientes los asuntos importantes. Machado recordó al suyo después de treinta años, habiendo tomado la distancia suficiente. Ve al padre en la luz sevillana mientras el padre es capaz de mirar a su hijo, un hijo ya con el pelo cano. Como solo un padre podría hacerlo. Un soneto que, en sus últimos tres versos, se tiñe de la duda que genera el tiempo, de lo trágico de una vida, de la angustia que llevamos a cuestas. Ni han pasado treinta años desde que perdí a mi padre ni he conseguido retirarme para encontrar el sitio. Por ello, del soneto de Machado arranco versos que me alivian pensando que soy capaz de recordar.

Soneto

Esta luz de Sevilla… Es el palacio
donde nací, con su rumor de fuente.
Mi padre, en su despacho. —La alta frente,
la breve mosca, y el bigote lacio—.

Mi padre, aún joven. Lee, escribe, hojea
sus libros y medita. Se levanta;
va hacia la puerta del jardín. Pasea.
A veces habla solo, a veces canta.

Sus grandes ojos de mirar inquieto
ahora vagar parecen, sin objeto
donde puedan posar, en el vacío.

Ya escapan de su ayer a su mañana;
ya miran en el tiempo, ¡padre mío!,
piadosamente mi cabeza cana.

Tal vez lo que busco en la poesía del maestro Machado es un lugar común. Porque el poeta agarra sus pequeños recuerdos o ensoñaciones y los convierte en material universal. «Recuerdo Infantil».  No viví una escuela como la que se evoca en cada verso; pero era gris, la lluvia caía salpicando los cristales y Caín ordenaba las aulas. Me encuentro en un pupitre cacareando poemas como si fueran tablas de multiplicar.

 Recuerdo infantil

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
«mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón».

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.

Quizás lo que busco es descubrir, de nuevo, la poesía de Machado. Sencillamente eso. Su intimidad, su tiempo. Presidiendo desde la primera letra. Porque siempre doy con ella. Aprendí a mirar como me ordenaron sus poemas cuando los leía por primera vez. «Sabe esperar, aguarda que la marea fluya». Toda las vidas de todos explotando con fuerza en las ramas verdes de los que otros hubieran visto como un cadáver. Todo en las ramas. La poesía en esas ramas del olmo. Leo el poema y siento la misma emoción que siendo un jovencito.

A un olmo seco

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

Una pregunta a la sazón. ¿Qué es lo que me espera? Aquí está. Es lo que espera a todos y lo que seguirá al acecho por siempre jamás. El silencio del que mira un paisaje. El silencio que invade durante una eternidad que no es otra cosa que el secreto del tiempo. Está, ese silencio, en una tarde, en una mirada que va de lo grande al detalle; en esa tristeza del poeta que es la mía; en un presente que «hace llorar», la niñez que evoca el «camino blanco» y el futuro dibujado «lejos», donde vemos «la sombra del amor» que «aguarda». Toda la vida en un vistazo.

Campo

La tarde está muriendo
como un hogar humilde que se apaga.

Allá, sobre los montes,
quedan algunas brasas.

Y ese árbol roto en el camino blanco
hace llorar de lástima.

¡Dos ramas en el tronco herido, y una
hoja marchita y negra en cada rama!

¿Lloras?… Entre los álamos de oro,
lejos, la sombra del amor te aguarda.

Ya sé que poco he aportado a una obra grandiosa como la de Antonio Machado. Lo sé. Pero sirva este texto como homenaje, torpe y breve en exceso. Y de minúsculo faro para los que se quieren buscar en un verso.