La propuesta era otra ¿no?

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Nuestra sociedad evoluciona hacia lugares que, por lo menos, son inquietantes. A veces, lugares que, hasta hace bien poco, se miraban sin prejuicios, sin problema alguno. El Principio de Arquímedes intenta indagar en esas cuestiones que nos están arrastrando a vivir con excesivo temor, al territorio de la falsa comunicación, a la prohibición constante. Y lo hace aunque no llega a completar el objetivo.

El principio de Arquímedes es una buena obra de teatro. El espectador se encuentra con una propuesta moderna y atractiva. Sin embargo, algunas cosas la colocan en un territorio yermo en exceso si tenemos en cuenta las enormes posibilidades que se intuyen desde el principio y que no se aprovechan del todo. Si me preguntasen si merece la pena ir al teatro, les diría que sí. Pero…

El texto de Josep María Miró trata algunos asuntos (la desconfianza que nos invade, el temor a vivir con normalidad ya que la evolución social nos lleva a terrenos convertidos en problemáticos, la mirada clara de las personas que se ha diluido, el miedo como elemento que bloquea al ser humano y le convierte en la encarnación de la violencia), pero los trata sin anclar las ideas en un vehículo fundamental que articule el discurso. Se mezcla desde la prohibición a fumar en lugares de trabajo a la falta de comunicación pasando por la pederastia; cosas que causan angustia, temor o confusión entre los personajes. Esto esta muy bien, pero para el espectador con el temor o la angustia hubiera sido suficiente. La confusión es peor compañera de viaje para el que esta en la platea. No voy a decir que esto que nos cuentan no es reflejo de lo que sucede en la sociedad, pero la ficción tiene sus propias reglas. Al narrar, utilizar diversos vehículos narrativos para decir lo mismo, para llegar al mismo lugar, puede provocar atascos. Y, en este caso, la cosa no funciona del todo bien.

El texto, que no deja de tener calidad, además de esto que digo, presenta otro inconveniente importante: deja poco espacio al espectador. Aparentemente, no se dan respuestas a las preguntas que se plantean aunque resulta que todas esas contestaciones sí están en el texto. Es verdad que, de forma expresa, los personajes se preguntan y reciben contestaciones difusas o, sencillamente, obtienen silencio cuando preguntan. Pero la esencia del texto obliga al espectador a tomar posiciones. La idea, que sin duda era la contraria, parece vaciarse por esta razón. La evolución de los personajes despeja el camino para que todo esté muy claro y el espectador reciba, así, información que debería descubrir en su propia intimidad y no sobre el escenario. En la platea porque las obras se hacen grandes allí, en las butacas. La propuesta era esa si no me equivoco.

La trama, que es lineal, se presenta con una estructura que rompe espacios y tiempos. Es un planteamiento divertido y muy sugerente, pero se abusa un poco de ello. Por ejemplo, cuando nos llevan de un momento a otro de lo que ha sucedido, la escena comienza desde el final de otra que ya hemos visto. Pues bien, es excesivo el esfuerzo que hacen los actores al repetir parte de eso que ya hemos visto. Tal vez una primera vez, para enseñar al espectador el juego, esté justificado, pero hacerlo en todas las ocasiones parece excesivo. Con una frase hubiera sido suficiente. Estamos hablando de un tiempo importante de representación por lo que termina chirriando.

Con todo esto, es normal que la sensación del público sea la de asistir a un espectáculo en el que todo se explica más de la cuenta; asistir a un espectáculo en el que alguien no se fía de la capacidad del público para agarrar bien la idea e interiorizarla.

Lo mejor de El principio de Arquímedes es la escenografía. Original y determinante en el desarrollo de la trama tal y como se presenta. Brillante.

En cuanto a los actores, su interpretación y la dirección actoral, encontramos de todo.

Roser Batalla está muy bien. Sabe exactamente qué tiene que hacer y lo hace con solvencia. Además, es una actriz generosa, que espera paciente a los compañeros y no está aguardando a que le den píe para seguir adelante sin mirar a los demás. Albert Ausellé y Santi Ricart defienden papeles más cortos que resuelven sin problema alguno. Rubén de Eguía, con el papel más difícil y exigente, deja ver grandes posibilidades que, sin embargo, Josep María Miró, no termina de explotar. Supongo que buscando una profundidad mayor en la psicología del personaje, deja que el actor traspase algunas líneas que le llevan a convertir al personaje en lo que no es de ninguna de las maneras. Un muchacho divertido, inocente y sin grandes dobleces no es un tontorrón (en el mejor sentido y en el peor de ellos; un angelito increible o alguien excesivamente infantil). Y, a veces, se percibe algo así, algo que no cuadra con el texto, ni con el poso que nos va dejando la obra. Pero este actor terminará haciendo cosas importantes. Sin duda alguna.

Ya sé que esto que he ido diciendo podría parecer una crítica más negativa que otra cosa. Sin embargo, insisto en que El principio de Arquímedes es una buena obra. Un trabajo que podría haber sido una auténtica joya y se queda sin llegar a la meta. Grandes posibilidades desaprovechadas. Y es que eso da mucho coraje.