La última batalla de los soldados

The-Best-Years-of-Our-Lives

En un especial sobre la violencia en el arte, queríamos hablar del tratamiento cinematográfico de las secuelas de la guerra en los veteranos. Con una combinación de lirismo y crudeza, el énfasis se pone unas veces en los cuerpos o almas mutilados, otras en el cuestionamiento sobre el sentido de lo vivido y otras en la inadaptación a la vida civil. Nos centramos en dos películas muy distintas separadas por tres décadas, pero que coinciden en desgranar el duro retorno de tres veteranos, con una mirada cargada de respeto: Los mejores años de nuestra vida y El cazador.

Una de las maravillas de la narrativa, en cualquiera de sus manifestaciones artísticas, reside en la posibilidad de acercarnos a lo que han vivido personas de otras épocas y otros ámbitos. Así, a través de películas como Los mejores años de nuestra vida (The best years of our lives, William Wyler, 1946) y El cazador (The deer hunter, Michael Cimino, 1978) hemos podido asomarnos a entrever los sinsabores de los veteranos de la segunda guerra mundial y de la guerra de Vietnam.

Ambas coinciden tanto en presentar a tres hombres que viven de diversa manera las secuelas de la experiencia bélica, como en ofrecer un enfoque lleno de compasión por cada uno de ellos. Si bien se tiende a veces a descalificar la compasión, como si necesariamente contuviera una cierta condescendencia que incomoda al que sufre, no tiene porqué ser así. Lo cierto es que en las miradas de Wyler y Cimino, la compasión está revestida de un enorme respeto por los personajes retratados. Y es precisamente en esa mirada donde reside parte de la belleza de ambos largometrajes.

En “Los mejores años..” tres veteranos coinciden en el viaje de vuelta a casa, aprensivos ante lo que les depare su retorno. El más maduro (Fredrich March) es recibido con entusiasmo por su mujer (Myrna Loy) e hijos, pero bebe más de la cuenta para ahogar los escrúpulos que siente cuando, tras recuperar su puesto en un banco, le obligan a denegar préstamos a otros veteranos. El más joven (Harold Russell) perdió ambos brazos en el frente y rehúye a sus seres queridos porque no soporta sus miradas apenadas. El que alcanzó mayor rango de los tres (Dana Andrews) padece estrés postraumático, experimenta cómo sus condecoraciones de capitán de nada le sirven para encontrar trabajo y se encuentra con que no tiene nada en común con la mujer, bella por fuera y adefesio por dentro (Virginia Mayo), con la que se casó durante un permiso. Todo se complica cuando Andrews se enamora de la hija de March y Loy (Teresa Wright), bella reversible.

El cazador nos adentra en los avatares de tres amigos que se alistan en la guerra de Vietnam sin imaginar que les aguarda el infierno. El largo primer acto es una excelente presentación de personajes. El líder natural (Robert de Niro) es un hombre recio y carismático, aficionado a la caza. Su mejor amigo (Christopher Walken) es conciliador y sensible y el tercero (John Savage) es bienintencionado y frágil. La segunda parte expone cómo los tres amigos son hechos prisioneros por el enemigo, que les obliga a enfrentarse jugando a la ruleta rusa. El último acto retrata la crueldad de un retorno marcado por la pérdida.

Es interesante apreciar el contraste entre la forma atemperada de contar historias de temática dura propia del Hollywood de los 40, frente al realismo y la crudeza que caracterizaron el cine de los 70. Los protagonistas de la obra de Wyler sufren intensamente pero tienen la oportunidad de sanar sus almas heridas, gracias al amor que reciben a su vuelta, y el tono de la película es eminentemente esperanzador. Por el contrario, la cinta de Cimino transmite cierta desolación y una profunda melancolía. A diferencia de otras obras sobre la guerra de Vietnam, en El cazador no se detecta ni un mensaje crítico con la intervención norteamericana ni ecuanimidad en la presentación de ambos bandos. Parece como si lo único que le hubiera importado realmente al realizador hubiera sido centrarse en los individuos, realizando un legítimo y sensible estudio de caracteres dispares y de cómo los mismos reaccionan frente a una presión inimaginable.

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Aparte de contar con tramas y personajes fascinantes, ambas obras están extraordinariamente dirigidas, gozan de una bellísima fotografía y contienen unas interpretaciones prodigiosas. Wyler fue considerado durante décadas uno de los mejores realizadores de Hollywood. En los 60, los críticos-cineastas de Cahiers du Cinema relegaron a un segundo plano a este alsaciano circunspecto y perfeccionista porque le atribuyeron falta de estilo propio. La verdad es que Wyler dominaba la puesta en escena, lograba extraer petróleo de los actores y nos legó, además de esta joya, obras de la talla de La loba, Horizontes de grandeza o Ben-Hur ¿Qué más se puede pedir? Por su parte, Cimino alcanzó un reconocimiento temprano con El cazador, que perdió con su siguiente película, y que tristemente nunca pudo recuperar.

En Los mejores años…la impresionante cinematografía en blanco y negro es obra de uno de los más destacados directores de fotografía de Hollywood, Gregg Toland, quien fue pionero en obtener profundidad de campo, lo que le permitió a Wyler realizar escenas en las que la acción se desenvolvía simultáneamente en dos niveles. Por su parte, la fuerza visual de El cazador, con una vibrante fotografía de Zsigmond, es de gran calado. Escenas como los aterradores momentos en que los amigos se enfrentan a la ruleta rusa o el intento de huida en helicóptero se instalan en nuestra memoria durante años. O décadas.

Y ¿qué decir de las interpretaciones en ambas obras? Fredrich March fue uno de esos grandes de las tablas que destacó igualmente en el cine, acertando en minimizar su expresividad, con el fin de resultar matizado frente a la cámara, ese ojo que todo lo agranda. Tal vez el elemento más importante de la interpretación cinematográfica sea la mirada y Myrna Loy era una privilegiada en ese aspecto, con unos ojos vivaces y cálidos que parecían contemplar la condición humana con benévola ironía. Dana Andrews proyectaba el atrayente debate de un espíritu decente pero torturado por quién sabe qué demonios interiores. A Teresa Wright debemos recordarle como uno de los seres más gentiles, naturales y sinceros que hayan habitado una pantalla. Pero, pero, pero… ¡si hasta Virginia Mayo estuvo bien!

dana andrews & virginia mayo - the best years of our lives 1946

Robert de Niro realizó en los 70 interpretaciones inolvidables por su profundidad, mantuvo que El cazador fue su papel más difícil y podemos palpar cómo vertió su alma compleja en él. Christopher Walken se apropió del adjetivo inquietante, por su presencia al tiempo inaprensible y magnética. Se debió dejar la piel para acertar tanto en la transición de su personaje desde la serenidad hacia la pérdida de la cordura. Meryl Streep, como el objeto del amor de ambos amigos, ya era entonces toda verdad, sensibilidad y luz.

Estamos ante dos grandísimas obras. Si hay un apartado en el que destaca El cazador por encima de “Los mejores años..” es en la música. La pieza de apertura y cierre, Cavatina, de Stanley Myers, es un punteo de guitarra (tocado por John Williams) melancólico y sobrecogedor, que desde los títulos de crédito nos genera un nudo en la garganta. No se deshace hasta días después de ver la película. Pasen, vean… y anúdense.