LA ÚLTIMA CENA DE WARHOL

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Aprovechamos la Pascua para ampliar la iconografía más convencional con inspiraciones contemporáneas, siempre polémicas, pero que aportan una vida nueva a la espiritualidad e investigan en el subconsciente piadoso de los comitentes y los artistas. Representa el papel de lo religioso en un mundo dominado por la publicidad y la cultura del capitalismo. Andy Warhol en una figura clave para comprender el advenimiento de la cultura pop a través de la modernidad.

El récord de ventas alcanzado en mayo por la obra de Andy Warhol, Last Supper (Última cena), casi siete millones de euros, ha revolucionado el mundo del arte y puesto una vez más en el candelero cuestiones como el valor de la obra manufacturada, la escandalosa sobrevaloración de los autores contemporáneos frente a los clásicos, y la conciencia metafísica –si es que la hay- o la mercantilización de la pintura religiosa en la posmodernidad. Es la obra más cara vendida en Suecia nunca y su comprador permanece en el anonimato.

Last Supper es una doble impresión sobre seda, recubierta de un color amarillo intenso que muestra, versionada, La última cena leonardesca. Forma parte de un importante corpus sobre ese tema, realizado por el artista americano semanas antes de su muerte en 1986, bajo encargo del galerista Alexander Iolas, para una exposición en el refectorio del Palazzo delle Stelline, situado frente al famoso Cenaculo Vinciniano, patrocinada por el banco Credito-Valltelinese. Está considerada por la crítica entre sus mejores obras, además de ser una de sus series más extensas que -aunque inacabada- aporta una visión retrospectiva, en clave religiosa, sobre la vida y la obra de Warhol. Se trata también de la mayor secuencia de iconografía cristiana realizada nunca por un autor estadounidense. Este trabajo está fuertemente influido por la colaboración de Warhol con Jean-Michel Basquiat durante los años 80 en cuanto a las imprimaciones y las oxidaciones, consta de más de cien piezas, entre ellas el polémico Ten Punching Bags realizado en colaboración con Basquiat. Fue alabada por su envergadura o criticada por su tibieza, una supuesta ausencia de espiritualidad. Sería su postrera exposición. En su mayor parte son serigrafiados sobre las tonalidades de vidrio medicinal que tanto atraían a Warhol, hay una pieza en blanco y negro, otra con camuflaje, así como varias que incluyen logotipos comerciales de jabón Dove, cigarrillos Camel o patatas fritas Wise. Christ 112 Times, es obsesionante e hipnótico y abusa de la repetición como hacen las religiones orientales para propiciar la meditación.

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El artista trabaja la célebre obra de Leonardo Da Vinci desde tres perspectivas, la primera y la más decisiva es su conversión en icono y por tanto su devaluación como objeto único, canónico, y su posterior recuperación como parte de las investigaciones del pop art. La segunda es la conciencia devota que se manifiesta mediante la imagen –el icono de nuevo- con toda la carga herética que arrastra desde la Sagrada Escritura y que ha dado lugar a un cisma y numerosas heterodoxias. En último lugar ha de considerarse primordial la investigación sobre las técnicas, desde la consciencia de que Warhol fue precursor en los procesos semindustriales, que hoy consideramos intrínsecos a la obra de arte contemporánea, pero que no lo eran tanto en la mitad del siglo XX cuando los inició. En ese sentido cabe destacar que el artista no trabaja sobre el original sino sobre reproducciones.

Andy Warhol, de origen austrohúngaro, nunca se deshizo de sus raíces cristianas y fue durante toda su vida un ferviente católico, seguidor del rito bizantino ruteno. A pesar de todas sus exploraciones homoeróticas y underground –o quizás a causa de ellas- asistía casi diariamente a misa y se encontraron a su muerte numerosos bocetos de índole religiosa. La imaginería oriental y el reciclado de temas renacentistas tienen un peso inapreciable pero intenso en su creación artística.

UNA CENA CHINA

No solo la pintura moderna occidental revienta los precios, el poderoso mercado asiático, con los grandes especuladores chinos a la cabeza ha adelantado a mercados tradicionales como Londres, Ginebra o Nueva York.
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En 2013, un óleo de Zeng Fanzhi –The Last Supper (La última cena)- alcanzaba en Sotheby´s de Hong Kong la cifra asombrosa de 23,3 millones de dólares. Una cantidad impensable hace una década para un autor vivo y además oriental. Una fotografía del israelí Adi Nes, de una edición de cinco, de la serie Nes´s Soldiers, inspirada también en el fresco de Leonardo llegaba a los 377.000 dólares en Nueva York. Había ocupado la portada del New York Times cinco años antes. Ambas obras demuestran el poder de trascendencia de las grandes composiciones clásicas.

Nes la aprovecha para denunciar la endogamia machista del ejército de su país y añade un personaje adicional con lo que deja de ser una última cena, adviértase la ironía. Una reflexión sobre la perpetuación de los roles en la geografía y en el tiempo. Destaca el erotismo de la mirada sobre el ambiente cuartelero.
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Zeng no. Lo de Zeng es lo que entendemos en castellano, con perdón del artista, el comprador y los 23 millones, un mamarracho. Más allá de su marca indeleble de autor y de las consabidas máscaras que le hicieron famoso, no hay nada. Es una carísima impostura de la que se debe estar riendo todavía el chino, los vendedores suizos –Guy y Mariam Ullens- y los invitados a las cenas del nuevo propietario.