La venus de las pieles: Sadismo y Emmanuelle Seigner

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La última película estrenada de Roman Polanski es algo más que un híbrido de géneros. Desde una estética decadentista y con grandes interpretaciones, se trata de un duelo o dueto a partir de una urgencia por abandonar y otra por trascender. No diremos quién gana. Pasen y vean. Por cierto, es extraño que al espectador no lo encuentren sentado en el patio de butacas.

Existen tres películas de Roman Polanski que el que escribe considera maravillosamente inquietantes y que resumen el epílogo final de este film: Y Dios creo a la mujer, y así castigó al hombre. La primera es Callejón sin salida; en ella un gángster herido y su socio moribundo se refugian en el castillo de un inglés pusilánime y su esposa ninfómana; el film de 1966 es también una recreación de una obra teatral llevada al absurdo y tenía ese halo de libertad que algunos realizadores europeos afincados en Hollywood dieron desde cierta independencia artística propia de los 70, a sus películas. Como ella, Cul de sac es además francesa, lo que implica un nivel actoral a considerar. La segunda película, producida en Reino Unido es La muerte y la doncella, de 1994, protagonizada esta vez por un trío no menos impactante: Sigourney Weaver, Ben Kingsley y Stuart Wilson, que eran partícipes (ésta no tiene que ver con el teatro, de hecho es un thriller político) de una claustrofobia semejante a la que vive el espectador de La venus de los pieles, es la historia de un secuestro y en este sentido a pesar de que el guión de Ariel Dorfman y Rafael Yglesias podría tener una estructura parecida, sólo al hilo de la venganza y de esa inquietud rayana en lo morboso quizás tenga sentido compararlas.

La venus de los pieles es puramente teatral, hasta el punto de ser una adaptación de una adaptación de otra adaptación, el material original es una novela erótica del siglo XIX del austríaco Leopold von Sacher-Masoch, de la que Gilles Deleuze dijo que tenía una muy particular manera de desexualizar el amor, pero a la vez de sexualizar toda la historia de la humanidad. Esta última frase o su espíritu que debió impactar tanto en Polanski como en el actor Matthieu Amalric de manera extraordinaria, le llevó a querer adaptarla a partir de un guión y obra teatral de David Ives al cine.

La historia es simple, un dramaturgo y escenógrafo llamado Thomas cansado de hacer audiciones para su nueva obra quiere irse a su casa, donde le espera su feliz mujercita. Está cansado porque nadie da la talla a la hora de interpretar a Vanda, protagonista de la obra en cuestión. En ese momento, aparece una actriz que parecía estar citada a otra hora más temprana y que dice no haber sido avisada por su representante. Ella es vulgar y atolondrada de primeras y con un currículum en el que destaca por una función en Teatros del Urinario, también es ambiciosa.

Si hay algo que encandila hasta la perturbación en esta película es la fresca interpretación tanto dentro como fuera del texto (el escenario está siempre presente) de Emmanuelle Seigner, musa y compañera del director que someterá a todo tipo de vejaciones (la obra es un clásico del sadismo) a Amalric, en un dueto intenso y extremo, en cuya ficha técnica sólo aparecen ellos. Una película pequeña sí, porque como tal, el teatro y el cine no están para grandes dispendios y todo parece evolucionar hacia vanas trascendencias de según qué modelos que para muchos se antojan caprichosas, ya que la vida seguirá siendo la vida, la cuente Agamenón o su porquero.

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No tiene por otra parte el rasgo costumbrista caracterizado por la comedia negra que muchos han querido ver, hasta el punto que en ella todo parece bastante contenido, sobrio y elegante por parte del equipo del realizador polaco; otra cosa es que el material de Ives o Sacher-Masoch lo sea, pero Amalric no opinaría ni por asomo así, y a él debemos también como actor (y no tanto desde su repulsivo personaje) que el duelo se pueda llevar a cabo.

Decíamos a propósito de Callejón… que al director le gusta llevar al absurdo lo clásico y de esto también debiéramos hablar pues, a pesar de que el público parece no estar para muchas intensidades, la tragedia es un género que, con cierta frecuencia, se suele revisitar con acierto y éste es uno de esos casos. Tragedia de proporciones bíblicas, griegas, universales.

Hemos de decir también que se trata de una brillante ejecución como película y que el trabajo de dirección de actores así como de interpretación resulta brutalmente real; la manera en que se despegan los intérpretes del texto e improvisan resulta de lo más acertada y el metraje de lo más medido, por lo que si es verdad la premisa por la que este tipo de arte no gusta al espectador, tal vez debiera ser el propio espectador quién se lo tendría que hacer mirar.

Disfrutar de este tipo de película puede ser como opina Vanda en el fondo, como mirar Telecinco. A lo que Polanski, le contestaría que quizás sí, pero no tanto. Y es que en el trasfondo del debate realidad ficción siempre es peligroso traspasar la pantalla.

Cosechadora de un premio César al mejor director, previas las siete nominaciones incluyendo mejor película, una nominación en los premios italianos David di Donatello y su participación en la sección oficial de Cannes, todas en el pasado 2013, la oportuna música de Alexander Desplat (apenas se siente, como en este caso debiera ser) y la correcta fotografía de Pawel Edelman nos transportan a un mundo decadente como ya lleva tiempo siendo la vieja Europa; un mundo que empieza en travelling hasta llegar a un edificio donde el teatro parece ya no tomarse en serio a sí mismo, en parte por la demasiada importancia que se da, sospechamos.