LA VIDA ES LO QUE PASA ENTRE JUGADA Y JUGADA

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JUGADORES, del dramaturgo Pau Miró, después de haber recorrido con éxito distintos escenarios nacionales como internacionales, aparece en el Teatro Central de Sevilla con buen temple

Cuando una se levanta la mañana siguiente de haber visto Jugadores, del dramaturgo Pau Miró, y con la voz de Dean Martin, cantando Sway (¿Quién será la que me quiera a mí?, ¿Quién será?), como si estuviese, aún, presenciando qué sucedía en las vidas de un barbero, un actor cleptómano, un enterrador y un profesor universitario de matemáticas, es sintomatología clara de que esta obra de teatro hizo un buen trato con la realidad.

El contar con un cuarteto de actores consolidados como Jesús Castejón, Luis Bermejo, Ginés García Millán y Miguel Rellán asegura, desde luego, un espectador amnésico de nombres propios, que se mantiene expectante ante lo que estos cuatro personajes masculinos le cuentan, de forma dosificada, sobre qué pasó, que está pasando, y qué les cabe esperar  fuera de esa cocina del matemático, donde suelen quedar para jugar a las cartas. Por eso, en todo momento, da la impresión de que la vida es lo que les pasa entre jugada y jugada.

Porque el propósito de Pau Miró era contar una historia de gente anónima, de visibilizar la debilidad del ser humano, desde la literatura masculina y, a su vez, la pasión existencial por el riesgo. Una vez que se pierde o se gana ya no quedan de ella, ni un resquicio. Esta elección del fondo de la historia se extrapola a la escenografía cinematográfica, y los flashes de la película, Reservoir Dogs, de Tarantino, vislumbran la hollywoodiense, distancia ficcional.

Son amigos que se consuelan, se apoyan, se caricaturizan y, quizá, no se han contado las grandes verdades que esconden  pero, al final de la hora y veinte, acaban sabiéndose como pertenecientes a una misma familia (elegida), que no tienen o han perdido.

Había momentos en los que olía a café en aquella sala A, del Teatro Central, las tazas marcaban los impases entre confesiones de cobardías, adicciones, de sueños… aunque, la gran protagonista del discurrir de las horas de estos jugadores fue la ginebra. Para embalsamar ciertas cuestiones, nunca es demasiado temprano para llenar una copa.

El humor, aunque oscuro y sarcástico, salva esos silencios que pudieron pagarse con bostezos, pero cualquier correlato con la realidad ratifica esa cotidianidad, en la que el tiempo se para tras los discursos, y la reflexión encuentre su espacio.

¿La reflexión del profesor (Miguel Rellán) habita en el miedo al juicio que le espera, por pegar a un alumno, o en si su vida misma ha sido un tremendo error de cálculo? como cuando se irrita y confiesa: “Me he pasado la vida pegado a las matemáticas porque tenían unas reglas”; ¿por qué tenemos tanto miedo a la soledad y con tal de no dejar que se vaya de nuestro lado la persona a la que amamos aguantamos las mentiras?,  ¿es esta soledad la que le lleva al barbero (Luis Bermejo) a entrar, continuamente, en la casa del matemático, hasta la nevera, sin llamar o es porque considera que “solo sé cortar el pelo y perder dinero en el casino”?;  y es la misma cobardía que le impide al sepulturero (Ginés García Millán) encontrar otra compañía, que no sea la de la prostituta, Irina, (“en su país era maestra de escuela, aquí hace de puta”), o a empezar, si quiera, un futuro nuevo con ella, como sentencia el sepulturero, “¡sabes lo que pasa! Que somos todos unos cobardes”; por qué vivir una vida de verdad, si podemos vivirla como si fuera un teatro y actuar como si fuese la vida, de esta forma lo planteaba el cleptómano y eterno paciente de ese papel que no llega(Jesús Castejón): “Cada vez me gustan más los blancos antes de salir a escena […] es como la posibilidad de perder y ganar en una partida de cartas”.

Está sucesión de honestidades son las que quedan disueltas entre subidas y bajadas de luces focales, entre entradas y salidas de esa cocina, en la que se cuece la redención, en torno a un tapete verde para otro tipo de partidas, en la que se gana una amistad de esas, que son para siempre.

Pero la vida carece de reglas con las que poder controlar el destino final de aquello que apostamos. He ahí, el azar. Y, aún así, ellos acaban jugándoselo todo en una partida, que no va a lidiarse en la mesa, sino en un fuera de campo, como en la de Tarantino. Pau Miró, aunque incomparable y de forma más sosegada, orquesta un vuelco en la historia, concretamente, en la voz del profesor de unos 60 años: “Iré al banco a pedir dinero, educadamente, pero con la pistola” (que, de forma casual, ha encontrado en una caja, perteneciente a su padre recién fallecido).

¿Ganarán?, ¿Perderán? La pasada noche, sin duda, estos Jugadores, me ganaron la partida.