Lars Von Trier. El exceso como norma

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Dictador y genio, revolucionario y pesimista, crítico y autocomplaciente… Son muchos los adjetivos que sirven para referirnos a Lars Von Trier, una de los nombres mas personales y polémicos del cine contemporáneo, empeñado en mostrarnos el camino del sufrimiento  y tan propenso a meterse en problemas como eficaz en esquivar etiquetas. Su obra, siempre sorprendente, nos ha proporcionado alguno de los picos mas altos de la cinematografía reciente.

A pesar de que los años cumplidos lo alejen de la condición de enfant, Lars Von Trier es, quizás, el director de cine que mas merece la distinción de terrible por su continua necesidad de trasgredir fórmulas cinematográficas y tabúes sociales. Su trabajo es continuación genealógica de la mejor escuela nórdica, con Murnau, Dreyer y Bergman como figuras ejemplares, aunque  el director danés haya sabido mantener una marcada e irreverente autoría artística, de  evolución tan abrupta como coherente y reflejo de una personalidad egocéntrica y brillante a partes iguales, polémica muy a sabiendas, e impertinentemente sincera hasta el extremo de generar odios y fobias.

Hablar de Trier es hablar de provocación en cada uno de sus trabajos, que llegan a bascular entre lo impostado y lo impúdico, siendo capaz de perpetrar una boutade de pretensiones experimentales como  El jefe de todo esto  o suicidios artísticos como la apabullante Anticristo. Pero el cineasta danés es sinónimo, sobretodo, de exceso; de exceso visual en su primera época, cuando recién graduado llamo la atención con El elemento del crimen y Epidemic, cintas de un barroquismo formal artificioso que lo sitúan ya como francotirador del acartonamiento académico, frescos experimentales sobre los que edificar su tercer film y su primer gran triunfo, Europa, poseedor de una imaginería visual desbordante que recorre la historia del cine y epítome de un joven Trier embaucado en la reconquista del celuloide como materia expresiva.

Es difícil comprender por ello el cambio de rumbo que, a mitad de los años noventa, representa Rompiendo las olas, una película sencilla, enormemente íntima y cercana, que nos ofrece el doloroso retrato de una mártir dispuesta a todo por amor y que resulta el prototipo de sus personajes femeninos posteriores, tan emocionalmente violentados como masoquistas en sus acciones. Con Rompiendo las olas, Trier abandona sus excesos manieristas y abraza un exceso de desnudez que lo lleva a nuevas cotas artísticas y del que surge el manifiesto Dogma 95, creado en colaboración con el también danés Thomas Vintenberg y en el que aboga por una vuelta del cine a sus elementos mas esenciales, alejado de artificios y de clara inspiración roselliniana, ideas que estallarían unos años después de forma transgresora en su apuesta mas puramente ligada al movimiento.

Llevar una cuestión estética y moral hasta el final parecía ser lo mas importante de un proyecto tan radical y abiertamente ofensivo como Los idiotas, capaz de extraer de la falta de recursos técnicos una libertad y fuerza únicas a través de un rodaje aparentemente improvisado y caótico. Inmediata y visceral en su acercamiento al cuerpo o las acciones humanas mas ridículas, la película exacerba a través de escenas casi performáticas un planteamiento argumental ya de por sí destinado a destrozar tabúes, permaneciendo como la más extrema apuesta del  Dogma. Trier, sin embargo, seguiría sorprendiendo a propios y extraños al buscar, inmediatamente después, líneas de fuga a su propio manifiesto.

Esta búsqueda  acabará concretándose en Bailar en la oscuridad, musical que le otorga fama mundial y en el que convivían el acercamiento directo, cámara en mano, a las emociones mas descarnadas, con la complejidad de unas escenas de baile rodadas con 100 cámaras digitales; el resultado conseguía insuflar enormes capas de emoción a un melodrama de andar por casa, que lo consagraría en Cannes definitivamente al conseguir la tan ansiada Palma de oro. Mas tarde, con Dogville, Trier recuperó inquietudes estéticas introduciendo elementos brechtianos en forma de decorados desnudos, que bebían de la depuración del Dogma para alejarse de él en su manejo expresivo de los medios de producción. Manderlay, de similar factura, fue su continuación como parte de una trilogía aún inacabada, prueba fehaciente de lo difícil que resulta al director arraigar en una fórmula.

Quizás por ello, el éxito crítico alcanzado por Trier comienza a diluirse en la última década, que ha supuesto un nuevo giro en una trayectoria volcada ahora en la introspección, de nuevo excesiva, y materializada en films de impactante factura, pero difícil digestión. Después de rodar El jefe de todo esto, un ejercicio mas ligero en clave de comedia, y tras dos años de depresión, Trier vomitará una película psicótica sobre naturaleza y maldad, radicalizando un discurso misógino en torno al mito bíblico de Adán y Eva,  en el que la mujer se nos muestra, casi literalmente, como el demonio, portadora perenne del pecado original.  La oscuridad y el perturbador surrealismo de Anticristo, pero sobretodo el exhibicionismo emocional, físico y visual de su metraje, apenas fueron comprendidos por la crítica a causa del caos y la incorrección de sus ideas, obviando que se trataba a todas luces de un cine exudado que no contempla mayor moral que la que se empeñaba en sepultar bajo un manto de terror y violencia, un proyecto doloroso que pareció querer trascender inmediatamente después con la mas calmada, aunque igualmente acongojante, Melancolía, que bajo capas de lánguida belleza escondía su mas nihilista obra en forma de oda a la muerte.

En las postrimerías de los sesenta años, Lars Von Trier sigue resultando indigesto para más de un espectador a tenor de la nueva polémica que rodeó su último film, Ninfomanía, donde recupera parte de su antiguo gusto por el juego visual en una historia sobre el sexo como cárcel y liberación del ser humano, cerrando momentáneamente una de las carreras mas atractivas y singulares de la cinematografía mundial.

La siempre arriesgada apuesta de Trier por llevar al extremo cada posibilidad, su gusto por un cine de contundente presencia formal e indagadora introspección y la personalidad  con que aborda cada trabajo, siguen poniendo en jaque a quienes alumbran constantemente su caída, sorprendiendo y cautivando con cada nuevo proyecto, transitando un cine diferente y a veces conflictivo, que quizás se toma demasiado en serio a sí mismo, pero que resulta siempre revelador y emocionante.