Las Furias: Alegoría política y desafío artístico

furias_thMuseo Nacional del Prado
21 de enero – 4 de mayo 2014

Cierren los ojos. Imaginen una sociedad en la que el cine y la televisión no existen. Tampoco la fotografía ni la publicidad han aparecido. Solamente la pintura es capaz de convocar imágenes. Éstas sacuden la imaginación del pueblo, que apenas si puede tener -en el claroscuro de los templos o en la clausura de los palacios- el atisbo de una realidad paralela poblada por seres mitológicos. Pintados en carne y hueso, envueltos en colores que no se encuentran en lo cotidiano de la naturaleza: tornasol, escarlata, púrpura, índigo, amaranto… cuanto más nos adentremos en las brumas del norte de Europa más sobrecogedora resulta la composición. Porque al fin y al cabo en el sur –Nápoles, Sevilla, Constantinopla- el sol estimula el imperio de los sentidos con las naranjas, el albero, el azafrán; llegan las naves de un más allá remoto habitado por pájaros exóticos y especias raras, cargadas con brillantes porcelanas, con seda, con plumas, con ídolos de turquesas.
Aislado en la cúspide del poder, Su Majestad Cesárea Carlos, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Rey de las Españas y de las Indias, de Nápoles, de Sicilia, de Cerdeña, duque de Borgoña y archiduque de Austria, rige los destinos del mundo en el nombre de Dios. Hace apenas quince años que hasta el Papa, Clemente VII, ha tenido que humillarse ante su persona para entregarle el orbe imperial. Pero en Alemania ciertos príncipes protestantes han tenido la osadía de desafiar su poder, ensoberbecidos por la herejía. El escarmiento será memorable. Las persecuciones asolaran el norte de Europa durante una década. Como aparato de propaganda y para ejemplo edificante, la hermana del césar, María, reina de Hungría y de Bohemia, Gobernadora de los Países Bajos, maquina en 1548 un proyecto iconográfico que represente en imágenes el atrevimiento de los señores alemanes, comparándolos con los héroes míticos caídos en desgracia por enfrentarse a los dioses. Las pinturas, ejecutadas por Tiziano causaran un impacto en el continente que se mantendrá  ciento veinte años. Son las Furias.
Ticio, castigado eternamente a ser roído su hígado por los buitres tras intentar violar a la amante de Zeus. Tántalo, a cuya boca se escapa sin remedio, para siempre, el alimento por haber osado servir a su hijo en un festín divino. Sísifo, que escapó del infierno y vaga desde entonces arrastrando una roca inmensa que se despeña inexorablemente una y otra vez. Ixión, que por seducir a Hera, da vueltas sin cesar sobre una rueda de fuego, encadenado por serpientes. Furias.
El virtuosismo de los oleos de Tiziano será imitado por los grandes, Rubens, Leoni, Ribera o Giordano. La exposición del Museo Nacional del Prado los reúne a todos y acuden desde el Museo de Arte de Ponce en Puerto Rico, de las Colecciones Reales de Londres, de la Albertina de Viena, de Filadelfia, de Amsterdam, de Budapest…
Son héroes desgarrados por sus desdichas, almas en pena; retorcidos sus cuerpos por el sufrimiento y sus rostros por el pecado. Culpables.
Las pinturas colgaron inicialmente en la Gran Sala del palacio de Binche, en Flandes, imponiéndose a la vista de cuantos entraban por la puerta principal, y representaron el castigo, pero sobre todo el inicio de un nuevo orden después de la batalla de Mülhberg, formando parte de una alegoría política en la que Carlos V era presentido como un nuevo Júpiter. Una idea que viene de la Gigantomaquia y que ya estaba plasmada en el escudo de la Atenea Partenos de Fidias y en el Altar de Zeus, en Pérgamo. Pasaron a la corte de Madrid y se perdieron en el incendio del viejo Alcázar de los Austrias. Solo queda de aquel proyecto el Sísifo que abre la exposición. Pero el significado que adquirieron como arma propagandística y el virtuosismo técnico que encerraban esas figuras inmensas en torturados escorzos, inspiró a los artistas de la época, que propusieron nuevas lecturas. Variantes de la dificultad máxima en el arte: la representación del cuerpo humano en movimiento.
Los precedentes están en el grupo de Laoconte y sus hijos, exhumado en 1506 y hoy en el Pío Clementino del Vaticano, que representa la impotencia y el dolor sobrehumanos, y en algunos dibujos con los que Miguel Ángel ensayó la tortura del amor no correspondido. Rubens incorporó a Prometeo, que robó el fuego sagrado para entregarlo a la humanidad. Ícaro y Faetón pagaron el peaje de su orgullo y son magnificados por Glotzius y Van Haarlem, evolucionando desnudos en el vacío de los grabados del Rijksmuseum. Destaca la iluminación expresiva de otro Prometeo, el de Rombouts.
Ese conflicto entre el caos y el orden, en la tierra, pero también en la cabeza del genio creador, llegan a su apogeo con los fabulosos riberas del Prado, que cierra la muestra con las incursiones de Salvador Rosa en una casquería manierista.
Hacia 1700 las Furias desaparecen, como conjunto, de la pintura, siendo sustituidas por otros asuntos.
La muestra nos acerca a ese intento de resucitar la escultura antigua para el renacimiento y el barroco, y nos enfrenta a unas pinturas poderosas, porque en ellas se suman la voluntad estética, el afán virtuoso, una necesidad de provocar y sorprender, así como la elección de unos temas sobrecogedores y fácilmente interpretables por sus destinatarios. La visita es el pretexto ideal para acudir, en el edificio de Villanueva, ante el retrato de Carlos V a caballo en Mülhberg, en cuya batalla venció a los príncipes protestantes asociados en la Liga de Esmalcalda, encabezados por Felipe el Magnánimo, landgrave de Hesse y Juan Federico, Elector de Sajonia y Esmalcalda.
La exposición, comisariada por Miguel Falomir, Jefe del Departamento de Pintura Francesa e Italiana (hasta 1700) del Museo Nacional del Prado, resulta muy acertada, ya que pone en valor destacados lienzos de la colección permanente, contextualizándolos, a la vez que acerca cuadros de otros museos del mundo, componiendo con ellos una interesante reunión de obras maestras.