Las máscaras que el tiempo arranca

_CA_005_web

La Sala Malandar de Sevilla acoge el próximo 23 de noviembre la presentación de En busca del tiempo perdido, el nuevo disco de Carlos Abad. Los diez temas que conforman el trabajo hablan recurrentemente el paso del tiempo, y de cómo modifica las relaciones humanas y la propia esencia de las personas. Una lección musical de filosofía, con aires que recuerdan a Jeff Lynne o a The Beatles en muchos de los arreglos y en la propia atmósfera de las canciones.

Camina titubeando en cada paso. Cierra los hombros sobre su pecho, y tiende a unir los dedos, que parecen desprovistos de sentido sin una guitarra en las manos. También tiende a bajar la mirada, como si buscara encontrar la visión de seis cuerdas vibrando entre sus caderas. Paradójicamente, su espalda se curva levemente al bajar del escenario, y se yergue cuando la cinta del instrumento ejerce la presión del peso y de la responsabilidad. Tiene arrestos de coraje escénico, pero enseguida son frenados por las riendas de su retraimiento. Así es Carlos Abad (Sevilla, 1982): un músico desnudo de arrogancias, que compone y toca para encontrar los caminos por los que llevar al mundo su visión del mundo. «Nunca pienso en hacer nada comercial. Y no es por no prostituirme, sino porque el único motivo por el que hago esto es por amor al arte, por plasmar en un disco lo que he querido contar», asegura él mismo con una determinación nacida —se percibe en la gestualidad— de principios férreos; inquebrantables.

En busca del tiempo perdido es el título que llevan esas diez reflexiones del artista sevillano, agrupadas en un disco que originalmente pretendió que tuviera el vinilo como soporte. «Quería jugar con el tópico de las dos caras de la moneda, y hacer una cara con canciones más oscuras y una cara B más luminosa», explica, pero finalmente el disco editado en compacto tiene un aire lúgubre con destellos de positivismo, como él mismo reconoce: «es más negativo quizás por la nostalgia, por las ausencias y el desgaste. Pero hay partes que son más positivas, en el sentido de asumir el paso del tiempo y convertirlo en algo provechoso». «Demasiadas vidas divididas para distinguir el bien del mal» reza uno de los versos escritos por el compositor sevillano.

El disco es un trabajo conceptual con el paso del tiempo como tema común presente en primer término o fuera de campo en todas las composiciones, «la sensación de las personas ausentes, el cambio en las relaciones humanas, las máscaras que se caen… me llama mucho la atención como el tiempo lo cambia todo, e incluso aunque sigamos siendo las mismas personas, tenemos otros papeles, diferentes formas de ser», justifica Abad, que reconoce además que su formación en Filosofía ha tenido que ver en el hecho de hacer girar su último proyecto musical en torno al tiempo. «Un día soñé que cumplía un sueño que nunca lograba recordar» es un retruécano de pura filosofía, y así lo canta en Viejos tiempos. No identifica el momento en el que decidió emprender un viaje difícil, en el que ha invertido casi tres años. «Para mí, hacer un disco no es una decisión que se tome de un día para otro, sino una necesidad de seguir haciendo música cuando han concluido otros proyectos», afirma.

_CA_004_web

Se siente satisfecho, en primer lugar porque considera que el resultado final de En busca del tiempo perdido, después de un proceso casi artesanal de producción en los Estudios 335 se parece bastante a su idea original. Y porque contar con un disco editado supone muchas nuevas excusas para salir a la carretera y subir a los escenarios con Los Infames, la banda que le acompaña en directo y con la que ha grabado los temas del disco, además de contar con otros roles en el grupo. Su hermano Luis Abad, a las guitarras, y que ejerce además en la práctica de road manager de la banda y de hermano mayor en los momentos de desánimo; el batería Guillermo Luceño, encargado también del diseño gráfico del compacto, con detalles como la inclusión de una esfera de reloj en la ‘galleta’; y Domingo Díaz, teclista, bajista, y responsable de la producción y las mezclas del trabajo, integran una formación de músicos de vocación que ha contado además con el apoyo de otros músicos como José Vega, de La Familia Corleone, o del mismísimo Carlos Goñi, que ha seguido prácticamente cada paso de la creación, y ha aportado valiosos consejos a la banda.

Desde la primera escucha, En busca del tiempo perdido tiene un sonido familiar, pero que al mismo tiempo distrae y confunde. Suena a Travelling Wilburys, y a Dylan, y a Springsteen. Y suena a The Rolling Stones. «Esos son los grandes afluentes de mi manera de entender la música» reconoce Abad, «siempre me ha gustado la mezcla del rock americano y el pop inglés, y todas sus derivas… Tom Petty, Jeff Lynne, y a que suene a eso es a lo que aspiro». Y suena, por supuesto y por encima de todo, a The Beatles. Su padre, a cuya memoria está dedicado el disco que custodia desde una vieja fotografía, a lomos de una motocicleta, le inició en la devoción por la banda icónica de Liverpool, y desde ese punto de partida emprendió un camino que le llevó primero al Blues Revival y más tarde, más temprano: a los bluesman de los años treinta como Hank Williams, Woody Guthrie o Charley Patton, auténticos clásicos en los que también se fijaron Harrison o Clapton. «Al final, todo es lo mismo: rock and roll. Así lo dice Levon Helm en El último waltz, de Scorsese, una mezcla de estilos de la música americana. Y yo no creo que la de rock and roll sea una etiqueta reduccionista, sino todo lo contrario», concluye, demostrando un acervo musical más propio de un teórico que de alguien que escribe e interpreta canciones como Estatuas de sal, en la que se desarma diciendo «Sé que he vuelto a nacer dentro de tu piel. Soy alguien mejor».

Por exigencias del guión de su propia vida como músico, Carlos Abad ha terminado por ser más guitarrista que otra cosa. Reconoce pelear con las canciones, librar batallas consigo mismo y con el papel cuando se sienta a escribir. Encuentra libertad y desinhibición en el instrumento, y se convierte en la versión más auténtica de sí mismo cuando se expresa a través de la música en el escenario, interpretando las canciones en las que dejó buena parte de su vida y de su alma. Cuando lo hace, parece hacer desaparecer el universo a su alrededor. No existe nada más que una guitarra y un hombre que habla a través de ella, que traduce en punteos cada uno de los pensamientos. Gesticula, con las comisuras de los labios y con los párpados, pero sólo para reflejarse en los cromados de los trastes. Deslizando las sombra vertiginosa de sus manos por el mástil. Los hombros recuperan su amplitud para abrazarse a la más precisa interpretación de sí mismo, que es aquella en la que sus dedos danzan en una coreografía de acordes.

La variedad de los instrumentos es, precisamente, uno de los elementos más llamativos del disco de Carlos Abad, que cita al guitarrista Mike Campbell, cuando dice que «las canciones son como cuadros y los instrumentos son los colores de ese cuadro». Los iniciados en la religión del coleccionismo de sonidos podrán apreciar la personalidad del órgano Hammond con su altavoz Leslie original, en temas como Ese no era yo, que abre el álbum. También las guitarras Gretsch y el bajo Rickenbacker de los años sesenta, con amplificadores Marshall y Fender. Micrófonos de válvulas Neumann para las voces, platos Zidjan para la batería… cada matiz y cada textura han sido cuidados, gracias a que los integrantes de la banda cuentan en conjunto con una completa colección de instrumentos con los que consiguen los sonidos originales de los discos que les apasionaron.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Ensayan, juegan, se divierten. Sorprenden en un acústico de entrenamiento de la banda para la presentación del disco convirtiendo el single rockero, con slides de guitarra Ese no era yo en una ranchera con aires gamberros. O haciendo una versión de Please please me para calentar al público. El mismo día, estrenan un videoclip rodado durante las sesiones de grabación en directo, en los Estudios 335 de Lora del Río, y editado con imágenes en las que Abad conduce un deportivo clásico y castizo, un Seat 128, por un puerto de montaña, mientras escucha una de las maquetas de su trabajo. Dice y canta sentirse «feliz como un niño, cuando siente cerca a la eternidad», pero el constante gesto cincelado de quietud habla en cambio del sosiego traído por el tiempo. No de la euforia de la infancia.

El autor del disco es consciente de la importancia de rodearse de gente que comparte su entusiasmo, y muestra su generosidad hacia sus compañeros de camino, que son mucho más que músicos que le acompañan. «Cuando termino una canción, la grabo y la toco en directo, la sensación de plenitud es mucho mayor que cuando me encierro con la guitarra para componerla. El proyecto se llama Carlos Abad porque la idea y el concepto estaban dentro de mi cabeza, pero para sacar todo no es posible sin la ayuda de los amigos», dice con un convencimiento categórico. De nuevo, suenan The Beatles… ahora en la memoria. «Does it worry you to be alone? Are you sad because you’re on your own?»

Suena Revólver. Suena Goñi, que parece rascar el papel con sus letras, cuando Carlos Abad escribe «Yo guardo tu memoria. Tu habla bien de mí, no sea que aquella historia tenga un final feliz».

También suena Springsteen. Los ecos de Wrecking Ball acompañan el texto de María Rodríguez en el libreto del disco, que habla de En busca del tiempo perdido como «la respuesta de la música ante la penuria de los tiempos».

@oscar_gomez

Ese no era yo / Carlos Abad & Los Infames from ogomezo on Vimeo.