LAS REGLAS DEL JUEGO. CHEMA MADOZ EN ESTADO PURO (2008-2014)

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La Sala Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid ofrece, hasta el 2 de agosto, la exposición de Chema Madoz, como paso previo a Photoespaña 2015 (certamen que comienza en la misma ciudad a partir del 4 de junio). Lo imposible, lo oculto, aquello que está por descubrir, empieza a poblar las calles de la capital de España.

Animador de inanimados y buscador incansable no ya de la idea de estilo, esa palabra que se confunde habitualmente con el ruido y la furia diarios, sino de toda una poética propia en la representación; Madoz inaugura en un previo de Photoespaña una exposición en su Madrid natal.

Gracias a que podemos disfrutar de gran parte de su obra (más de la mitad de las más de 120 fotografías son inéditas) llegamos a decir que en el mundo de los sueños, el tuerto no es el rey. Porque es necesario no sólo estar familiarizados con la textura de los objetos y su calidad, sino que el espectador construye siempre el sentido, un sentido que cambia de imagen a imagen. Y lo hace gracias a lo que tiene delante de sus ojos; algo, como decíamos inaudito. Y aquí es donde aparece el estilo Madoz, si es que la palabra estilo sigue existiendo.

Comisariada por Borja Casani, como ya sabían los aficionados a su obra, al autor no le gusta titular sus fotos entre otras cosas porque hacerlo supondría romper con la educación y la elegancia establecidas; es decir, con Las reglas del juego, que así se llama la exposición.

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Desde un libro cerrado con escaleras que desde su lomo viajan al interior, la nube con aguja atravesada que sugiere que podría llover hacia arriba o el preciso cuello de camisa donde un pentagrama nos lleva a la música, al igual que lo pueden hacer unos elásticos gimnásticos de metal para estirarse, comprendemos que no sólo el afán literario y poético que le llevó a publicar ese libro maravilloso con Ramón Gómez de la Serna están presentes, sino que el ritmo al que vamos viendo las imágenes contiene notas perfectamente afinadas que convierten la sala en poco menos que una catedral.

El ventilador que deconstruye la palabra viento en inglés, el libro abierto con cerrojos por marcapáginas, la utilización de unas manillas como pomo de unos cajones o los dos relojes de arena que permanecen más cerrados que abiertos aunque a través de uno existe una tercera vía de escape; la noche en tinta china derramada o el segundero imaginario de un reloj; el soporte de un piano a partir de un bate de baseball (quizás ésta una de las más gamberras o pop), la mariposa enjaulada que parece también subida al trapecio de un circo, letras como hormigas o silla de madera común convertida en báscula para pesar alimentos (lo que sugiere más de una idea sobre lo pesados o amables que pueden ser nuestros invitados); la tortuga cerebro, el reloj-regla o el huevo gigante que se convierte en cabeza de ave o lugar donde ésta esconde una cabeza que se ha demostrado absurda desde el punto de vista de la leyenda urbana; el enorme cinturón de castidad columpio, que nos lleva de nuevo al despertar de la música (pentagrama, persiana); el bolso gracias al que un caballo de granja pudiera ir a una corrida de toros, la morsa atómica o su peculiar homenaje a Magritte y su sombrero que combina con un cerebro separado por un fino e interior trocito de nuez.

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Al igual que ocurre con la música, el artista juega con la acupuntura y la astrología y sigue ofreciéndonos joyas visuales, para más tarde ver un lazo-cuerda tipo Indiana Jones con bolas de billar, un reloj de arena-peineta, una estructura pintada con letras en un bloc que nos retrotrae a la infancia, un alzacuellos con código BIDI incluido.

La mano-hucha, la alfombra en piscina o el medidor de horizontes marinos desde la costa, un transportador de ángulos, son más y más ejemplos de cada nuevo desafío, de tal forma que si sabemos que, como en cocina, contamos con tan gratos y sugestivos ingredientes, es imposible salir con hambre del recinto. Ahora sí, se recomienda acudir despejado y abierto a la poesía, no vaya a ser que no acudamos lo suficientemente despiertos al encuentro del sentido.

Confundir simpleza con sencillez es bien fácil, pero Madoz, si es verdad que a veces peca en exceso de minimalista, siempre lo hace en pos de este sentido milimetrado, aquel que no sólo le lleva a jugar con objetos antónimos, sino desiguales y por tanto imposibles dentro de su meticuloso y calculado espacio artístico, que a nuestros ojos se hace particularmente espontáneo siempre.

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Hemos oído decir que el artista, que parte de la escultura como concepto y del dibujo como instrumento, se ha sentido tentado a ser simplemente el fabricante de estos poéticos artilugios, y bien mirado y a pesar de que es fotógrafo desde 1980, lleva casi veinticinco años experimentando en su taller, siempre con enorme acierto. También dicen que después de las últimas exposiciones, ha cambiado su equipo habitual de postproducción, lo que teniendo en cuenta que trabaja aún con cámara analógica de medio formato, hace que el recuento de temas sea más amplio y menos constreñido a las poéticas imposibles de las que hablábamos.

Para los que todavía no lo conozcan, es recomendable siempre el acercamiento que desde el programa de La 2 de RTVE, Imprescindibles, se hizo hace año y medio, en un documental llamado “El regador de lo escondido”, una metáfora tan plástica como su obra, que remite tanto a los orígenes como a lo que está por venir y que quizás convierta en universal todo lo que este sencillo hombre (que no se creyó aquello de que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey) nos tenía que contar.