Le Corbusier. Un atlas de paisajes urbanos

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Las ciudades utópicas de Le Corbusier nos asaltan, desde sus esbozos, como las pesadillas de un futuro omnisciente, pero también con la belleza de lo soñado. Río de Janeiro atravesada por autopistas habitadas, netos edificios residenciales en cuya azotea continua se establece el tráfico en torno a la bahía de Guanabara. Los bloques habitacionales que, en el plan para Argel, debían apantallar la medina tradicional separándola del mar. París, destruido en un sueño futurista y entre cuyos monumentos emerge una ordenada urbe de rascacielos de cristal, para la que solo se conservan los hitos como anclajes al pasado.
El arquitecto se centraba en construir un hábitat adecuado a las necesidades humanas, donde la luz del sol y el aire penetrasen en el interior de las viviendas. Éstas se estructuran en bloques de hormigón sobre pilotes, que permiten los tránsitos e insertan la habitación en la naturaleza. Ideas novedosas e interesantes teorías sociales que hicieron avanzar el urbanismo y la arquitectura pero que se olvidan de esa prolijidad de concha con la que las generaciones construyen excrecencias, núcleos irregulares que se suceden a sí mismos en la historia.
El paradigma de la obra de Le Corbusier es Chandigarh, capital simultanea de los estados indios de Punjab y de Jariana, cuyo Capitolio surge en el trópico como un espejismo, con su onírica Corte de Justicia, su monstruoso Secretariado, con la cubierta hiperbólica de su Asamblea Legislativa. Es uno de los únicos desarrollos generales que le fue dado levantar, recoge el testigo de las antiguas ciudades construidas sobre papel, como Udaipur o Nueva Delhi y las enlaza con la Brasilia que crearán más tarde sus seguidores, Lucio Costa y Oscar Niemeyer.
Traer esta exposición desde el MoMA de Nueva York puede tener algún pretexto -como los planos que Le Corbusier imaginó para la capital catalana después de su visita en 1928- aunque Barcelona no lo necesita, puesto que más allá de las puntuales intervenciones de arquitectos de prestigio, la ciudad se viene constituyendo a lo largo de los últimos ciento cincuenta años como una referencia mundial para el urbanismo. Los planes de Cerdá y de Macià, los pastiches historicistas, fruto de las exposiciones universales y la continuada apuesta por el desarrollo urbanístico desde las olimpiadas son, pues, un marco muy adecuado para comprender los valores de una planificación ordenada del territorio. Lo es la misma sede en el edificio de Puig i Cadafalch, con su acertada restauración e intervenciones, en vecindad con el reconstruido pabellón de Mies van der Rohe. Todo confluye para dar una adecuada lectura a la muestra.
No es este el lugar para desarrollar la importancia e influencia de Charles Éduard Jeanneret-Gris, conocido como Le Corbusier (1887-1965), figura indispensable para entender la arquitectura moderna, ni lo es para hacer su semblanza, pero sí para poner en valor su obra global al hilo de la muestra. Un atlas de paisajes modernos.
Destacan en la sala las fotografías panorámicas de Richard Pare, que viajó durante 2012 y 2013, revelando el paso del tiempo en las estructuras del artista y poniéndolas en situación, más allá de idealizaciones, demostrando como son y cómo funcionan, como se pueden experimentar hoy. Es interesante para el público enfrentarse a la faceta de Le Corbusier como pintor, cofundador del purismo vanguardista que identificamos como una evolución del cubismo. Sus apuntes del natural son expresivos, como las acuarelas de paisajes de Estambul o los bocetos de la Acrópolis y el Partenón, edificaciones que le marcarían definitivamente.
Pero sobre todas las cosas que podemos ver aquí -pinturas, maquetas, planos, dibujos, instalaciones o audiovisuales- sobrevuela la idea del arquitecto suizo como teórico y como revolucionario. Lo fue en el sentido de que sus proyectos están muy vinculados a la utopía, a la idealización de la finalidad de sus edificios como máquinas para habitar.
Sus estudios nos hacen pensar en un mundo de las ideas más que de la realidad y donde encontramos la pureza de sus reflexiones sobre la arquitectura es en los edificios pequeños -la villa Saboya de Poissy, la capilla de Ronchamp- con el análisis de las relaciones entre el interior y el exterior. En los grandes edificios residenciales como en la unité d´habitation de Marsella o en el Ministerio de Educación de la ciudad carioca, priman las investigaciones sobre el acero, el vidrio y el hormigón armado a las que dedicó su carrera. El proyecto para la sede de la Sociedad de Naciones en Ginebra, descartada en el concurso, crea un cubo de luz y el Mundaneum, un complejo museístico para la misma ciudad suiza, se remata en un zigurat rectilíneo de cristal.
Nos resultan sorprendentes sus ideas de destrucción/construcción en la capital francesa, el plan Voisin que presentó en 1927 y sobre el que trabajó varios años, una ciudad para tres millones de habitantes erigida después de asolar el centro histórico, para conservar solo un puñado de vestigios monumentales. También resultan espeluznantes por lo megalómanas y no podemos dejar de pensar en las alucinantes visiones del Berlín de Albert Speer y reflexionar sobre las teorías totalitarias que convergieron en ellas y que están en el fondo de toda teorización. No en vano el artista identificó el germen propagandístico del fascismo italiano con el que intentó colaborar y el de la Rusia estalinista donde proyectó –aunque no llegara a materializarse- un  Palacio de los Sóviets.
Le Corbusier entendía la vivienda unifamiliar como demagógica y apostaba por la concentración en altura en un diálogo con el paisaje que es siempre atrevido, desacomplejado, como el hospital que diseñó para Venecia en 1962 que expresa perfectamente la comprensión que tenía de las tramas antiguas y la voluntad rupturista del sistema lecorbusiano.
Como es habitual, la exposición se complementa con un ciclo de conferencias y una mesa redonda que convierten la ladera de Montjuic en indispensable punto de encuentro para los estudiosos y los profesionales, pero también es una convocatoria lúdica de primer orden para el público que atesta el centro cultural.