¿LEYENDAS? O ¿CRÓNICAS DE UN PUEBLO NO ESCRIBANO?

La-Macarena

En Sevilla, las que aluden a la Semana Santa, hablan de apariciones de niños que quisieron ser cofrades; de imágenes que fueron descubiertas de una forma especial; de milagros. Pero, ¿hasta qué punto no tienen algo de cierto? ¿Acaso no son las orales crónicas de algo que sucedió, contado «a la manera»?

Si te adentras en las redes sociales en busca de alguna de estas maneras, hallarás una singular y panorámica. Bajo el pseudónimo, Leyendas y Secretos de la Semana Santa, un grupo de personas se aventuraron desde su empresa, Ispavilia, el pasado 15 de marzo, a proponer a los cofrades y a los que quieren descubrir lo que no se conoce de la Semana Grande una inquietante ruta. Debido a la buena acogida que tuvo esta actividad, tendrán la última oportunidad de participar el próximo sábado 28, inscribiéndose en la página web, www.ispavilia.com o con una simple llamada.

Aunque la palabra leyenda» tenga reminiscencia de algo que se cuenta de viva voz, la RAE la define como la «acción» de leer. Bien, si leemos al escritor, Carlos Ros, éste periodista nos demuestra que a Sevilla entera puede entendérsela como leyenda. Desde la página 7 de su libro (2005), lo deja claro apoyándose en el cronista oficial de la ciudad (le sonará por la avenida), Luis Montoto Rautenstrauch (Sevilla, 1851- 1929), dedicado este último, entre otros menesteres, a eso que denominan paremiología que no es otra cosa que escribir tratados sobre refranes. El también poeta consideraba que: «La tradición y la leyenda son el alma de la Historia […]. Lo que los historiadores no escribieron lo recogió el pueblo y lo guardó en el archivo de su memoria, fantaseándolo […]». Pese a que la Historia, así entendida, se transforme en su estado plural y menos fidedigno, no podemos negar que se gana en matices. Mas, las leyendas no carecen de un carácter sagrado. Digamos que en ellas se ensamblan lo sagrado y lo profano, porque son el basamento que santifica hechos, eternizándolos; y, además, expresan el modo de ser de un pueblo, prolongador de costumbres como la de adorar a las imágenes y hacerlas procesionar, desde el s. XVI hasta hoy.

Los relatos populares se ornamentaron para dar nombre a las imágenes como sucedió con el Cristo de las Mieles (1880, cementerio de San Fernando), llamado así porque en su garganta anidaron abejas y de su boca brotó dulce miel; o con la del Amor, obra de Juan de Mesa (ubicada en la Iglesia de El Salvador , con carta de pago fechada en 1620), que cuando iban a colocarla en uno de los altares de la Iglesia de los Terceros, uno de los discípulos de Martínez Montañez (a quién se le atribuía, equivocadamente, la talla), al cogerla, vaciló, y se le clavó una de las espinas de la corona en el pecho, muy cerca del corazón, exclamando: ¡estoy herido de amor! Los cofrades allí presentes, inspirados, no tuvieron más que bautizar la figura, nombrándola, Cristo del Amor.

Las hay más insignes, como la que descubrí en un dvd, hospedado en una vitrina de la biblioteca de Bellas Artes de la Hispalense (en Gonzalo de Bilbao). Lleva por título, Ruiz Gijón. De Utrera al Cachorro de Triana (2013). Lo cogí sin dudar, porque quién no ha oído, alguna vez, la leyenda de El Cachorro. Que si fue un alfarero gitano, que si un caló herrero. Sea como fuere, el asiento de esta historia lo componen Triana; el escultor, Francisco Antonio Ruiz Gijón (Utrera, 1653- 1720, en Sevilla); y, el Cristo de la Expiración.

En mil y seiscientos ochenta y dos, como se pronuncia en el video, el imaginero, Ruiz Gijón, recibía del mayordomo de la cofradía trianera, 200 reales, por la hechura de una escultura de dos varas y media de alto, de madera de cedro, y de una cruz de pino de Flandes, que había de ser entregada en un mes por 700 reales. El herrero de Triana, José León y su hijo, Sebastián, se ofrecieron a hacer los clavos para el Cristo.

semana-santa-sevilla-cristo-del-cachorro_1

Pasó sudores Gijón, a la hora de encontrar otras imágenes de Sevilla que pudieran inspirarle cómo apresar ese justo momento cuando el alma se separa del cuerpo. Una tarde, llamó a un barquero para que lo llevasen a su hermano y a él, de La Barqueta a Triana, para recoger los clavos. Cuando el herrero y su hijo se los entregaron, una gitana hizo presencia en la posada donde se encontraban y le leyó la buenaventura al escultor utrerano: «te ronda la muerte» le dijo. «Pero esta muerte te va a traer fortuna, por los siglos de los siglos, y la gloria. Mucha gloria y fortuna». Al rato, el apalabrado de una hermosa mujer entró y vio al hijo del herrero, apodado, El Cachorro, camelando a la joven y, en un arrebato de celos, le dio muerte al gitano, con un puñal. A Francisco Antonio Ruiz se le forjó tan a fuego la imagen de ese gitano y de su mirada exhalante que estaba viajando a otro mundo, que se encerró en su taller, en la Collación de Santa Lucía, y se puso a trabajar sin descanso.

Cuentan que cuando El Cristo de la Expiración salió por vez primera por las calles del barrio, los gitanos de la Cava, impresionados, murmuraban: «pero si es Sebastián, el cachorro de el León de Judá», «Sí. ¡Vaya por Dios! Es El Cachorro».

Analicemos este imaginario colectivo que se ha ido fraguando lentamente, reflexionando, sobre esta simple cuestión:

¿Qué le puede infundir a una niña, que aún va cogida de la mano, La Madrugá? Una especie de excitación, al menos. Por salir a altas horas, a la penumbra parpadeante, de entre farola y farola; por el relente, y por tener que aligerar el paso por adoquines, salpicados de cera, para dar alcance a la esquina donde va a doblar el paso; y suenan los tambores y una hilera serpenteante de cirios está cada vez más cerca; y ya esgrimen la calle afilados capirotes, que rasgan miradas misteriosas; y ya botonaduras y guantes que te ofrecen caramelos; y estandartes y varas; y un hombre sin túnica golpea un palio alto y para los pies espartanos de los costaleros y, acalla la marcha y, mientras prenden estoicamente las mechas que alumbran la cara de quien no alcanza mi vista; a punto de que la tos no me aguante por el incienso que remueven, ufanos, los monaguillos, quien me tenía de la mano me aupaba y me contaba:

«¿La ves ahora, mira qué guapa. Ésa es la Macarena, es muy milagrosa. Dicen que había un hombre que llevaba muchos años con su hija en cama, con una enfermedad muy mala, que no se podía curar, y que cada año, cuando iba a pasar esta virgen por su calle, abría una ventanita para que la niña la pudiera ver desde su lecho. Una noche, el palio se paró justo delante de la ventana y el padre pidió a la virgen que su hija pudiera descansar y que no despertara más. Cuando la virgen siguió su paso, la niña durmió para siempre y descansó». De repente, cobraba sentido lo que presenciaba. Daba igual que lo que te acababan de contar fuese incierto, tú te lo creías, porque todo encajaba. Y en un santiamén 30 años después, irremediablemente, te sorprendes a ti misma formando parte de la misma estampa y recordando aquella leyenda.