Linterna Mágica

bergman
Ingmar Bergman hizo públicas sus memorias en 1988, el año en que nací, para que yo creciera conociendo sus más íntimas sinceridades gracias a esta afortunada casualidad. Y saber, así, de sus enfermedades indefinibles: los tartamudeos de un niño que no se decidiese a existir, para más tarde no dormir más de cuatro o cinco horas por su incontenible deseo de ser, considerándolo absolutamente todo como una cuestión de vida o muerte y a la vez sin demasiada importancia: pues, ¿qué puede significar ser director de 45 películas, 221 obras de teatro, 21 documentales, 11 dramas para televisión y escritor de 50 películas? Si Bergman señala, cuando asistió al discurso del abominable Hitler en Weimar, el «estallido de fuerza incontenible» como nunca antes había imaginado, hoy podemos citar sus propias palabras para aplicarlas a sí mismo. Una fuerza que se engendra por lo que él denomina relación erótica con el público, la cual trenza sus raíces en el amor como «el sentido profundo de la vida» pero, al mismo tiempo, su condición de dios iracundo y helado capaz de incendiar la cama de su propio hermano y que, aún aborreciendo su procedencia metafísica religiosa (¡qué pérdida para nuestros ojos que no filmase aquella película sobre Jesús para caer en manos de Zeffirelli!), no puede negar las trascendentales salvaciones heredadas: una perfección «que espanta la vida», una «autodisciplina de hierro» que se extasía con el orden, la puntualidad, el silencio y la letanía lírica de la repetición; todo lo cual aprendió arrodillándose para besar las manos de su padre, el pastor luterano, artífice de un amor áspero y teatral que señorea brutales castigos inclinados hacia «desmesuradas metas». En una atmósfera de soledad furiosa, fratricida y edipiana, que conducirá a Bergman a escapar de su estirpe con 19 años, en busca del alma profunda y que será hallada encaramada en el rostro de la persona. El alma es el rostro, y lo ideal está en la realidad hipócrita de la mujer sueca -¡cinco cónyuges, infinitas actrices amantes y aquella imponente Gun que tanto le inspiró!-; decidido así a convertirse en el héroe de la mentira, el fingidor de la locura, convencido de que quien «ha vivido en el engaño ama la verdad». Fue en Trädgårdsgatan, en el hogar de su rica abuela inmortalizado en Fanny y Alexander, donde los regalos que siempre eran acompañados de versos serían la causa de la terrible y maravillosa fiebre por lo que el ojo y la palabra pueden tener de radiante abrumación, al observar un pequeño Ingmar de 10 años que uno de esos regalos era un cinematógrafo, y la espantosa muerte que sintió al saber que era para su hermano Dag: «me dormí de tristeza»; y cambiárselo a este en su desesperación por cien soldaditos de plomo, para ser así el dueño del único arte que se dirige «a través de nuestra conciencia diurna a nuestros sentimientos». El cine es el «sueño» creado por Tarkovski, es «música» donde tratar lo que sintió encerrado en un depósito de cadáveres con 10 años, donde exponer esa enseñanza bíblica del «nombre», del brillo exterior que deslumbra y la fascinación de la luz física como resultados de una ritualizada planificación de la intelectualidad y las conductas que exacerban la psiquiatría. Comienza en un teatro arruinado alentado por la maestría de Sjoberg y Molander, pero por encima de todo, Strindberg, a quien confesó plagiar y leer obviando la prohibición de su padre, sumido así en una enfermiza e incansable adoración. Si Mozart escribió La flauta mágica con el presentimiento de la muerte, Bergman hizo Fanny y Alexander por miedo a que la noche oscura no fuese a desaparecer, a que ya no pudiese combatir «la hora de los lobos» con Flaubert, Mozart, galletas y agua mineral; pues en la vida del hombre los fracasos son mayores y, sin embargo, es ese vómito la razón para hincar los dientes en el mundo dejándolo tiernamente herido: «todavía no me he muerto», sé «lo que quiero aunque esté equivocado», yo sólo quiero acercarme a lo ilimitado.
Calificación: Muy interesante.
Tipo de lectura: Amena.
Tipo de lector: Aficionados al cine en general. Fans de Bergman, claro.
¿Dónde puede leerse?: Tranquilamente en casa. Con el reproductor de películas cerca.