Lluvia constante: Cuando la interpretación es pura interpretación

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Si alguien no sabe aún qué significa ser actor, tuvo la oportunidad; y la tendrá porque seguirán pisando los escenarios de nuestro país, de aprender esta lección; acudiendo a una cita con Roberto Álamo y Sergio Peris- Mencheta, quienes desde la adaptación de David Serrano, marcaron el paso de lo que un actor debe ser, de una manera contundente y escalofriante, más que como una lluvia, como si de una tormenta intermitente se tratase.

Ésta no va a ser solo una crónica de una representación teatral, va a ser una crónica provocada por las imágenes, de todo lo que tiene que ver con lo que Lluvia Constante encapsuló en la retina de mi memoria. Va a ser una crónica, ante todo, de actores, de personajes, de la forma de narrar una historia; que es lo de menos, porque en esta obra de teatro la forma seduce más que el contenido, aunque el contenido tenga que ver con el existencialismo y con algo de Nietzsche; de imágenes, como esas sombras que aparecen, de repente, en la escena y, que explican más de lo que explica el texto.

La primera que les traigo es el escorzo de un hombre vestido de negro desde los zapatos relucientes, pantalón ajustado hasta el tobillo, asomados oscuros calcetines, con abrigo largo, de tez clara y con sombrero de detective, todavía más negro, llevando una maleta gris de ruedas y, bordeando las amplias cristaleras exteriores del teatro Central. Lo supuse Roberto Álamo (un actor que descubriría colosal en la representación y después de ésta), encaminándose a la rueda de prensa, parsimonioso, tanto, que hasta me dio escalofrío. La postura que adoptaron los protagonistas de esta obra de Keith Huff y adaptada por David Serrano, Sergio Peris- Mencheta y Roberto Álamo, nada más ocupar asiento, me anticipó el papel que ambos jugarían. Me sorprendió la dureza y el hermetismo de Álamo y me apaciguó la naturalidad de Peris- Mencheta, quien con un plumas, unas deportivas y unos vaqueros, se dejaba caer con las piernas relajadas y comentaba que, si llega a saber que en Sevilla hacía ese frío no venía.

A pesar de que en aquella reunión se trataron tantísimos temas acerca de la confección de la obra, no se mostraría, con mayúsculas, hasta su representación un día más tarde, a bocanadas, lo que es hacer teatro.

Lo que al espectador empieza a espantarle cuando se mete en la obra, es el inteligente manejo de la luminotecnia. Y ahora entiendo cuando Peris- Mencheta, (quien interpreta al policía exalcohólico que sueña con tener la familia que su compañero Dani, interpretado por Roberto álamo, tiene), comentaba la mañana anterior, el trabajo discreto, durante los ensayos, de Juan Gómez Cornejo, quien a través de los personajes hizo la luz. Ahora entiendo la maestría de colocar las luces de un escenario, y que los cambios sean para el espectador, como un abrir de párpados que despiertan en momentos pasados, de estos dos policías.

¿Se pueden tener imágenes de sonidos? ¿De cambios de ritmos narrativos, de tonos, de estilos de referencia indirecta y directa, de veinte personajes ausentes y que se fisicalizan en los monólogos, en los diálogos de solamente dos, de instantes trascendentes, que son contados a través de un parco decorado y a partir de dos voces? Yo las tengo, me las inyectaron estos dos actores desde un principio, a través de la ironía y un segundo después, a través del drama de una existencia falsa, con la que todos porteamos porque no somos lo que decimos ser y porque no decimos lo que realmente somos, para poder alcanzar la calma, la plenitud. La tensión también la aprecié, en el resto de los espectadores, cuando apoyaban sus codos en sus rodillas y sus mentones, en sus nudillos e inclinaban sus torsos hacia delante, porque querían sentir aún más, si era posible, entrando en aquella habitación, donde Dani se deshacía en una discusión con su mujer (Vero), aunque realmente no hubiese sobre el escenario, ninguna habitación y ninguna Vero, solo un Roberto Álamo en su papel de Dani, creando un espacio visible, otro personaje y, una historia entre ambos completamente real. Vero, que sonaba desde la boca de su marido, Dani, que hablaba desde la voz de Roberto Álamo le recriminaba, irónicamente, una frase repetida por algunas consciencias expectantes, que se concentraban en las butacas, “yo sé que puedes hacerlo todo”.

La imagen de un Rodo cada vez más Dani, que conquista el Dani que debió ser pero que solo se quedó con los nombres huecos, de padre y esposo o la de un Dani, que se convierte en el Rodo del que se nos hablaba, pero que nunca llegamos a conocer, en el alcohólico sin nadie a quien amar y poco por lo que luchar, son metamorfosis gestadas con tiento, con sentido, desde la excelencia de David Serrano.

Por eso, cuando terminó esta colosal función, que me supo a teatro, en la que no me acordé de la lluvia que se anunciaba en el título, ni de la estética cinematográfica que impregnaba el cartel de esta obra, me acordé de Nietzsche, de lo humano, de su desprecio a la moral, a los falsos ídolos, a las momias conceptuales. Y, cuando en el contacto cercano, postrepresentación, que permite El Central, entre el público y los actores, vi a un Roberto Álamo totalmente distinto, seguía vestido de negro, ahora sin sombrero, pero sus gestos habían cambiado, se le veía exquisito en la postura, desmoldado, fluctuante, me atreví a preguntarle, porque además una de las personas del público le había planteado la cuestión de qué principio moral o crítica social hablaba Lluvia constante, si no era sólo una historia de personas pasadas de rosca. Fue ahí, cuando me acordaba de Nietzsche, de su amor por las personas pasadas de rosca. Fue cuando le dije a Álamo, yo lo que interpreto de esta obra es la propuesta nietzscheana, ¿perdón? me dijo. Hablo de Nietzsche. –Ah, sí. Comprendió y continué, a mí me ha parecido asistir a lo que proponía Nietzsche, a La caída de los ídolos (señalándolo a él) y al Salto del Superhombre (le señalé a Sergio Peris), porque la “criatura”, Rodo, se vuelve artífice de su propia existencia, pero apropiándose de la tuya. Entonces, Roberto Álamo me contesta. Sí, seguramente, Keith Huff, pensó en eso cuando escribió la obra.

Todas estas imágenes que os he confesado, son las que han creado una idea en mi cabeza, una idea real, la única idea real que se basa legítimamente en la ficción, pura honestidad, la de que el teatro es, en su claro sentido de palabra, pura interpretación o debería decir interpretaciones, o mejor, una interpretación que se presta a múltiples interpretaciones y, en esa multiplicidad libertaria es donde reside, precisamente, su valor, el valor de hacer teatro, como estos actores lo entienden y, lo hacen.