Lo irresistible de la ópera

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El próximo día 4 de diciembre se presenta en el Teatro Real de Madrid la ópera de Benjamin Britten Muerte en Venecia, una relectura de la novela de Thomas Mann. El director artístico, Joan Matabosch, reflexiona sobre la realidad de la ópera en España, sobre los tópicos que rodean un arte escénico que no tiene posible comparación con ningún otro por su fuerza y su grandeza; defendiendo la necesidad de convivencia entre de la defensa de la tradición y los cambios necesarios que ya han llegado y estar por venir. Tal vez sea la única forma de acercar la ópera al gran público.

Desde el despacho que Joan Matabosch ocupa en el Teatro Real se disfruta de unas magníficas vistas de la plaza de Ópera de Madrid; un lugar en el que se encuentran ryders volando como pegados a su BMX, paseantes; muchachos que, con su patín, insisten en lograr cosas imposibles; parejas de novios besándose, vendedores ambulantes y chiquillos correteando.

Joan Matabosch es un hombre amable, nervioso, rápido de ideas y excelente conversador. Construye su discurso con enorme rapidez, sin mostrar dudas sobre lo que dice. Es el director artístico del Teatro Real.

Le pregunto sobre cómo alguien llega a ocupar un puesto tan importante como este. Sonríe y me cuenta.

«No he llegado al mundo de la ópera de forma programada. Ni se me había pasado por la cabeza. No creas, cuando se me han planteado cambios profesionales en mi vida, siempre, he mostrado cierta resistencia. Eso sí, mi relación con la música, el teatro y la ópera, fue muy prematura. Con cinco años asistí a mi primera ópera. Y con seis o siete era capaz de ver festivales enteros. Es algo que siempre me ha acompañado. Supongo que eso y mi relación con personas vinculadas a los teatros (una de ellas, y no yo, fue la que percibió que podía servir para realizar esta labor), me han traído hasta este lugar. Y, ahora, aquí estoy, a tope, trabajando para programar lo mejor que sea posible las próximas temporadas en el Teatro Real».

Además de programar, los teatros deberían hacer un esfuerzo por explicar qué esto de la ópera, qué códigos maneja, por qué debe elegir el público este espectáculo y no otro. Le planteo la cuestión mientras asiente, mientras me mira con enorme atención. Tengo la sensación de que cuando se le plantean problemas en lugar de preguntas se siente mucho más cómodo. Seguramente porque conoce las soluciones y ha pensado sobre ellas mucho antes.

«Es verdad, la gente debe ir informada a la ópera. Mínimamente, pero informada. Es lo que te hace disfrutar de lo que ves. No se puede ir con lo puesto, pero ni a la ópera ni a ningún sitio, claro. Por ejemplo, si no entiendes lo que sucede en un partido de tenis puede ser el espectáculo más aburrido del mundo. Mira, sabiendo lo que quiere Britten (la próxima producción que presenta el Teatro Real es Muerte en Venecia), qué cuenta, el tema de la obra, cómo se desarrolla la trama…, su ópera es uno de los espectáculos más intensos que se pueden vivir, el disfrute con esta ópera, o cualquier otra, es inigualable».

Pero tampoco podemos explicar de forma intensa lo que está pasando. Con eso el espectador perdería su espacio, su capacidad de interpretación del código, de la esencia de la obra.

«Eso es cierto, pero saber algo, lo fundamental, es preciso».

La ópera no está en los medios, no es un producto que se piense como una necesidad. ¿Qué esta pasando? ¿Qué podemos decir a la gente para que sientan la necesidad de acudir al teatro?

«Entregar información con la que saber interpretar los códigos de la ópera, suministrar esa información, es responsabilidad de los teatros. Hay que lograr ofrecer espectáculos magníficos y elementos a los que el público se pueda acoger para entender lo que se programa y disfrutar. Esto se traduce en una información que aclare al espectador por qué una obra está interpelándoles. La ópera es un arte en el que se integran otros muchos y la experiencia es fabulosa para cualquiera que se interesa en ella. Más que cualquier otra. Pero esto no es algo parecido a explicar unas normas de un deporte concreto porque cada género, cada escuela, cada momento histórico, juegan con lenguajes diferentes. La ópera barroca es muy distinta a esta de Britten que estrenamos ahora. Pero, además, podría ser que en una obra de Britten encontrásemos guiños al barroco, por lo que entrar en Britten cuesta más trabajo si no sabemos eso. No es el caso de Muerte en Venecia pero sí, por ejemplo, el de Sueño de una noche de verano».

¿Es cara la ópera? ¿Es un mundo endogámico al que no se tiene un acceso fácil?

La ópera arrastra una serie de tópicos difíciles de eliminar. Habrá que luchar contra ello. Sin embargo, creo que hay mucha hipocresía en algunos aspectos porque hay formas muy razonables de entrar en los teatros y, sin embargo, se dice que es carísimo. Sobre todo los jóvenes tienen la posibilidad de entrar pagando un precio muy, muy, razonable. Nos resulta muy cara la ópera, pero no nos cuesta tanto abonar una cantidad parecida por una entrada para el fútbol. Por otra parte, es verdad que parece que esto es cosa de pocos. Pero no hay que darle más importancia. Se puede convivir con ello. Estoy convencido de que la ópera necesita un enorme cambio en el repertorio, en su estética; defiendo los cambios que se han producido en los últimos tiempos para convertirla en un espectáculo moderno e imprescindible. Pero, también, me parece que esa zona mitómana, tan presente, es divertidísima y no es incompatible con el acercamiento a la sociedad. Una cosa es la veneración de una tradición como patrimonio del propio género y otra bien distinta es creer que esto es una jaula de la que no se puede salir ni en la que se puede entrar. De todos modos, siempre habrá personas que no estén interesados en la ópera, ni en la lectura, ni en la pintura. Esa es la realidad y todo esto da igual. Hay que respetarlos del mismo modo que a los más puristas y a los más reacios al cambio.».

Eso es cierto, pero cada vez hay más gente en el lado de la indiferencia dado el maltrato al que está sometido el mundo de la cultura ¿no? Y parece muy peligroso.

«Claro, lo que está pasando es que muchos ya no tienen opción de saber si la ópera es para ellos o no lo es. No se potencia el consumo de cultura y eso hace que cada día sea más difícil llegar a los sectores sociales en los que este arte encajaría perfectamente. Esa es la gran pena: no tener opción ni de llegar ni de descubrir».

Joan ¿me gustará el nuevo espectáculo? Muerte en Venecia es difícil de teatralizar…

«Muerte en Venecia. Es una obra sensacional. Es una obra que necesita un punto de vista que coincida con el de la obra. Es muy difícil de teatralizar al ser un monólogo interior. Por eso no se ha representado mucho. El personaje no es el héroe de una historia es la historia misma. Britten sabía que debía huir del código realista, acercarse a lo simbólico. Aparecía el cine y los códigos cambiaban con rapidez. Ten en cuenta que un solo artista (en el origen John Shirley-Quirk) encarna a muchos personajes que son lo que el principal se niega a sí mismo, es su alter ego, es la parte deprimida de él mismo. Se rompía, así, la tendencia del teatro naturalista en la que cada personaje correspondía con un cantante. La obra de Britten es una lectura excelente de la novela de Thomas Mann. La puesta en escena de Willy Decker elimina todo lo anecdótico que es muy molesto. No se puede olvidar que lo importante de esta ópera es cómo nos encontramos con el gran hecho de la vida de Gustav Aschenbach: se muere. No puede negarse más cosas en el poco tiempo que le queda. Como nos pasaría a cualquiera de nosotros».

Le recuerdo que la carga mitológica de la novela se pierde en la lectura que hace Benjamin Britten.

«Está, lo que sucede es que el lenguaje es otro. Seguro que te gusta y encuentras eso que echas en falta. Hay quien dice que es una metaópera, una reflexión de la ópera sobre ella misma como manifestación artística. Se pueden hacer diversas lecturas y eso es muy enriquecedor».

¿Somos muy clasicotes los aficionados a la ópera en España? Todavía los hay que se echan a temblar cuando conocen la programación y se encuentran con, por ejemplo, Benjamin Britten.

«El teatro en España (incluida la ópera) tiene muchas deudas pendientes con el teatro del siglo XX. Estuvimos muy aislados y muchas de las cosas que eran nuevas no llegaron en su momento. Lo más gracioso de todo es que las novedades en la época franquista llegaron de la mano de los regímenes comunistas».

(Inaudito, sí. Pienso)

«Los teatros de los países del este de Europa viajaban mucho subvencionados por sus ministerios y algunas de las novedades llegaron con estas compañías itinerantes. Pero esos teatros, lógicamente, no llevaban en su repertorio a Britten. Vamos normalizando las carencias poco a poco aunque parezca que ya es algo tarde».

De regreso, cruzo la plaza de ópera, subo hasta la Puerta del Sol por la calle Arenal. Mientras camino, pienso en cómo nos movemos sobre el enorme escenario que es una ciudad como Madrid. Esto si que no hay quien lo entienda; por más información que nos ofrezcan no hay forma de comprender casi nada. Y, sin embargo, no renunciamos. Será porque es gratis.