Lo que importa

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Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963) ama la palabra, de eso no cabe duda si uno ha frecuentado sus traducciones de Shakespeare, Milton, Marlowe, Tennyson, Yeats o Pound, si se sabe de su fidelidad al estudio de las letras irlandesas y de su labor al frente de la revista sevillana Estación de poesía, pero su amor a la palabra de los otros no debiera ocultar al lector el disfrute de la que escribe en nombre propio. Lo que importa (Sevilla, Renacimiento, 2015) es su quinto poemario y no dudo en calificar el libro como un encuentro feliz para el lector que se tope en el anaquel con un ejemplar sevillanamente encuadernado en albero y granate.

Feliz, porque Rivero Taravillo escribe una poesía que recubre el mundo de luz y abre sentidos donde se espera la rutina, como en la espléndida oda a la ciruela que viene a la boca “del cesto de frescor del diccionario” y se derrama en jugos como una “constelación de asombros”. No es que falte el tono amargo y el recuerdo de la vida canalla sepultada en el pasado, la culpa o el olvido que no llega, pero la mirada del poeta se resiste a las visiones negras y encuentra siempre una metáfora para salvar la inocencia. Es una mirada adánica, en cierto modo, que descubre cuánto mira como recién nacido. “Qué concordancia, / mi corazón y el trino”, dice desde el jardín cuando el yo se pierde entre las hojas y la brisa.

Su oficio es pulcro y bien medido, pero busca la naturalidad del curso del pensamiento, centrando su labor en la construcción de metáforas que recubren la anécdota y la visten de atardeceres serenos. No es un poeta neomodernista el que asoma en esta miscelánea de versos soplados por el puro goce de sentirse vivo, pero algo hay del impulso hacia la construcción de una belleza moderna en las palabras que se cuelan entre las rendijas de las cosas, en el recuerdo a Octavio Paz o a Shakespeare, en los jaicus que se entreveran con los endecasílabos blancos o las variaciones libres sobre las formas de la silva, en esos dos versos que entresaco de su contexto en el poema “Avisa el bronce” y que, a mi juicio, cifran el aliento poético de Rivero Taravillo: “El cuerpo que devuelvo no es el mismo / que el que recibí”. Porque parece que sus versos no se conforman con distanciar el poema de las cosas y las gentes como si fuera una gema decorativa cosida en la solapa, sino que se escribe siempre como poesía necesaria para vivir transformando los días en motivos imprescindibles para empezar el siguiente. Y necesario es volver el mundo del revés, aunque a uno le toque vararse en la “Sala de espera” de un hospital, como titula un poema largo y duro, porque la conciencia del dolor no puede ensombrecer la colección de metáforas felices que en collar ofrece Lo que importa, porque “la poesía siempre / es el hambre, / el deseo”, como dice en “De un bestiario” y tuerce el cuello de la monotonía como consuela de la desgracia.

Leyendo estos poemas, colección y no relato subterráneo, se le da al lector un itinerario de fragmentos, de variados tonos, de penumbras y deslumbres, donde el color de los poemas breves sobresale como un destello, contrapuntos “como queja de un niño en el tejado / que feliz, fácilmente / hubiera trepado en pos de un ensueño” y hacen que su poesía sea poco menos que una primavera. Florecen aquí y allá las iluminaciones, entre reflejos de “La vida a tientas”, un poema magnífico, serenamente descreído, y no dejo de pensar que este libro es un poemario feliz, no iluso, no ingenuo, pero sí pleno de gracia a su particular manera, como navegación al soplo de los vientos, contemplando como “con caligrafía acrobática el delfín / escribe su nombre en la azul lámina”.

Calificación: Poesía en crecimiento.
Tipo de lectura: Primaveral.
Tipo de lector: El que sabe gozar
¿Dónde puede leerse?: A media mañana con una cerveza helada.