Lo sucio y lo bello

Hepburn
Holly Gollightly es más que un personaje literario desde que lo crease Truman Capote, en 1950; una criatura sureña que fue a parar con sus huesos a una Nueva York decadente a la que abrumaban los vestigios de la Segunda Guerra Mundial, así como el nacimiento de organizaciones mafiosas que comenzaban a traficar con drogas de todo tipo; una criatura llamada a representar una realidad extravagante que Capote exprimió al máximo durante su carrera literaria.
La novela corta, «Desayuno en Tiffany’s», es una joya de la literatura del siglo XX en la que la voz narrativa se encarna en escritor testigo de las acciones, de lo que ve y de lo que siente esta adorable prostituta (no olvidemos la época en la que se encuadra la trama y la percepción de ese momento); más víctima de las fechorías que sufre a manos del camarero Joe Bell, o de las de Sally Tomato (a quién va a visitar al penal de Sing-Sing, sirviéndole de estúpida coartada unos partes metereológicos) o Rusty; más víctima, decía, que mujer sin pasado.
Ella se define como viajera en sus tarjetas de visita, pero quiere ante todo ser actriz. El escritor testigo tiene un cuento publicado por el que no cobró, y gracias a los consejos de su nueva amiga, conseguirá que le paguen por el siguiente. Todo son sueños, deseos.
La novela es feísta y, a pesar de que el carácter del personaje está marcado por sus desvaríos, las descripciones del autor sobre la realidad de ficción que nos narra («edificio de piedra arenisca de un color tirando a esputo de tabaco mascado»); el retrato de una sociedad aristocrática centrada en el mundo de la prensa (a la que hace ascos empezando por redactores y terminando con William Randolph Hearst, en quién basó Orson Welles su película «Ciudadano Kane»); parecen huir en cuanto a tono y punto de vista del glamour que tuvo la adaptación cinematográfica.
Muchos vieron en Holly (Holiday, Hollywood) la meca del cine prostituida, aunque en este relato, Nueva Orleans (por ser sur), está más presente, si cabe, que en otras novelas y relatos del autor. Expresiones como esa malea, que acaba por no ser morriña y se transforma en la palabra que el traductor Enrique Murillo decide dejar como «angst», atestiguan que también en los diálogos se deja ver este rasgo original. Mientras la película trata de mostrar la cara amable de un mundo refinado y excesivo en casi todo, la novela hace todo lo contrario. Por ejemplo, en la película no se escuchan cosas como «la verdad es que lo eres. Eres una mala puta» o «lárgate a hacer de puta a otra parte». En la novela sí se pueden leer cosas así. Y mucho peores. Porque la intención de Capote era bien clara. Capote quería hablar de él mismo, de su trabajo como escritor, del mundo real enfrentado a la ficción, del egoísmo, de la falsa amistad y de la cobardía humana. Dicho de otro modo, quería hablar, sobre todo, de literatura utilizando vehículos oscuros y siniestros.
Capote era un escritor de los de verdad, de los que saben qué es eso de escribir. Mirar con cara de estúpido el mundo para poder soñar ese mundo. Eso es a lo que dedicó gran parte de su vida y lo que hace su personaje principal en esta novela. Soñar el mundo para conseguir crear un lugar en el que hasta la mismísima Holly sea capaz de vencer sus depresiones. La realidad le destroza. Un sueño (representado por una joyería de lujo) es la única forma de salir adelante. Y cuando los mundos comienzan a mezclarse, ella huye hasta llegar a otro lugar que le envuelve en su irrealidad, que le protege en su distanciamiento del tiempo y espacio. Se defiende de los demás, de lo que le toca vivir. Holly pasa la mayor parte del tiempo filtreando con todo y con todos. Todo es accesorio, nada importa. Ella va por delante del mundo. Incluso por delante de sí misma. Se siente una criatura salvaje que puede hacer daño, pero desdichada por serlo. La historia de Holly es una de las tragedias más terribles de la literatura del siglo pasado.
Porque Holly es la misma literatura, es la «farsante auténtica» que dibuja Capote en su novela.
En el film de Blake Edwards, Paul Varjack es un escritor que tiene publicado un libro de cuentos llamado «Nueve vidas»; viene de Roma a instalarse en Brooklyn con su novia, una decoradora que lo sustenta económicamente a cambio de su protección. Holly es una mujer despreocupada, dócil con su destino aunque siempre a la defensiva con el entorno. El ganador del Óscar al mejor guión adaptado en 1961, George Axelrod, decidió partir el protagonismo de la acción en dos, convertir la novela en una fábula romántica del tipo chico conoce chica, con supuesto final feliz, en la que la protagonista soporta la mitad del peso argumental dejando al escritor la otra parte. ¿Por qué, qué es un final feliz, para quién lo es? ¿Significa un beso lleno de glamour, con lluvia y gato que se pierde, la felicidad de la pareja? Me temo que, por muy guapos que fueran George Peppard y Audrey Hepburn, no.
La película efectivamente conserva esos rasgos de tristesse que tiene la novela de Capote, pero la elección de la actriz marcaba definitivamente un tono distinto.
El realizador monta escenas que llevan más a pensar en la bohemia neoyorkina de los ricos, marcada por largas boquillas en las que se fuma y con las que se pueden quemar sombreros de tocado. Todo es amable, todo es bello y casual.
Sobresale y ayuda en la construcción la banda sonora de Henry Mancini.
Rodada, en parte, en decorados reconstruidos, los personajes, en muchos casos, son esquematizados y existe un trabajo en este sentido de dirección artística (premiado también con Óscar) que busca empatizar con el espectador y hacerle partícipe. Del mismo modo, la fotografía es ligera y fácil de resolver.
El trabajo de Audrey Hepburn a pesar de ser extraordinario, se quedó sin premio en la Academia.