Lohengrin: La dualidad del universo

eeb284ab8cdb0280ed7f73dfc02e8885_origEl Teatro Real de Madrid se vuelve a vestir de gala. Llega la ópera Lohengrin de Richard Wagner.
Wagner estaba convencido de que la ópera no podía ser el territorio escénico en el que un cantante se luciera; estaba convencido de que la ópera no podía ser el lugar de disfrute de un público que quisiera pasar el rato. Por ello, optó por hacer regresar la poesía intentando construir un solo elemento integrador. La importancia de la orquesta, limar distancias entre recitativos y arias, acabar con la extravagancia de la floritura vocal; lograr un todo formado por música, poesía, danza y plástica; eran los objetivos del compositor alemán.
Lohengrin, ópera que se representa desde el 3 de abril y podrá disfrutarse hasta el próximo día 27, fue el puente trazado entre esa idea casi obsesiva de Wagner y su posterior concepción de ópera como obra de arte total. Por ello, por ser una pieza de tránsito, aparecen esquemas tradicionales en la partitura. Ya se dejan ver algunas constantes de lo que el alemán buscaría constantemente y aparecen temas recurrentes como la redención por el amor y los valores del pueblo germano. En Lohengrin, Wagner interpreta y reescribe la mitología alemana. Esta obra es un relato en el que se enfrentan la maldad con la bondad, la zona más oscura del alma humana con la más limpia y transparente, el amor y el odio, la magia y la fe, el Dios monoteísta y los dioses paganos. Estos son los vehículos utilizados en el libreto para plantear el tema más importante de la obra: la duda y las consecuencias de su presencia. Y la orquesta (mucho más importante que en obras anteriores de Wagner) se convierte en un protagonista más. El director musical, Hartmut Haenchen lo sabe y, desde la primera nota, muestra gran ímpetu aunque no olvida que Lohengrin es un trabajo que rebosa sensibilidad y profundidad. El sutil crescendo con el que se llega al clima de paz y reflexión espiritual en el tema principal (Santo Grial) que abre la partitura, es el reflejo de esto que digo y pudiera parece ser una declaración de intenciones del director; al menos, el aviso de la lectura que hará durante el resto de la ópera. Logra que los leimotivs, que carecen de toda la naturalidad que Wagner lograría en obras posteriores, suenen bien sin que ese leve acartonamiento se deje sentir. Haenchen hace un trabajo sobresaliente.
El coro, importantísimo en Lohengrin, está maravilloso. Muy bien dirigido y muy bien colocado en el escenario. Además de las voces, la sola presencia de sus componentes en las escenas correspondientes, es clave en esta producción que dirige Lukas Hemleb. La puesta en escena es muy efectiva. Con sencillez y una iluminación extraordinaria, Hemleb logra salvar las dificultades que presenta la obra de Wagner. Queda claro, otra vez, que no es necesaria una imaginación impostada para lograr un magnífico resultado. Ayuda mucho que el vestuario, buscando la homogeneidad del conjunto, encaje perfectamente en la propuesta, no sólo por su diseño sino por los colores que marcan nítidamente el carácter de los personajes. Mientras el rey y su ejército visten con tonos apagados salpicados de trazas coloradas (tal vez la sangre que han derramado durante las batallas pasadas), Elsa luce vestidos claros, Lohengrin un conjunto azul celeste y la villana un azul intenso adornado con negros aquí y allá. Así, desde el principio, entendemos mejor la sicología de los personajes, sus reacciones. Porque Lohengrin es un libreto sencillo aunque pudiera quedar lejano por su carácter mitológico (hoy en día lo que no es materia y dinero se entiende con dificultad).
El rey Enrique llega a Brabante donde se encuentran sus hombres que esperan para luchar contra los húngaros. Al llegar se topa con un conflicto inesperado. Telramund acusa a Elsa de haber asesinado a su hermano, el duque niño Gottfried. A partir de aquí, se suceden duelos entre héroes y villanos, entre los mundos distintos de Elsa y Ortrud, entre la posibilidad de asumir sin preguntar y la búsqueda de una explicación, entre razón y fe. Es esta una trama sencilla, muy lineal, que podría convertirse en ajena si la propuesta buscase lugares modernos que desencajasen las piezas.
Las voces se colocan a gran altura. Christopher Ventis (Lohengrin) destaca logrando unos preciosos registros que llegan a emocionar en los momentos de máxima carga expresiva. Pero Catherine Naglestad, Thomas Johannes Mayer, Deborah Polaskiy Franz Hawlata no desmerecen en ningún momento.
El conjunto es espléndido. Emocionante.
Lohengrin, una historia mítica que habla del amor como única opción que posee el ser humano para lograr una paz espiritual y eterna, que haba del colosal valor de la bondad, la lealtad y la fe en lo trascendente; llena el Teatro Real de Madrid de buena ópera, de la música de un compositor que se graba, para siempre, en la consciencia del espectador.