Los distintos idiomas de un universo

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Antony regresó al Teatro Real de Madrid para ofrecer el espectáculo Swanlights, un concierto en el que  junto algunos miembros de su banda, The Johnsons, y la Orquesta Titular del Teatro Real, interpretó una selección de temas de los cuatro álbumes que ha publicado. Swanlights, espectáculo encargado por el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA),  vio la luz por primera vez en esta ciudad norteamericana, en un único concierto, ante un auditorio de más de 6.000 personas.

En el Teatro Real de Madrid se escuchaba un murmullo característico que sólo se deja oír los días que va a suceder algo importante. Esta vez, resultaba algo extraño la cantidad de idiomas que se podían percibir en las conversaciones que se producían entre las personas que esperaban el comienzo del concierto (muchas veces nerviosas): inglés, francés, alemán y, lógicamente, castellano. Estos son los que el que escribe pudo reconocer. Eran más. Público de todas las edades, de todas las condiciones, de todas las nacionalidades.

Comienza el espectáculo con la performer Johanna Constantine sobre el escenario. La cosa queda vistosa. Un juego entre el cuerpo de la mujer y su sombra. Lo más importante de su actuación es que resulta ser la declaración de intenciones del artista principal del concierto. Una ascensión absoluta, hasta el éxtasis, a través de la música y de unas letras extraordinarias por su contenido lírico; una ascensión compartida por un público entregado que llegaba al teatro dispuesto a dejarse llevar sin rechistar hasta donde fuera necesario.

Antony Hegarty se planta en el escenario, a oscuras, y comienza un concierto que provoca lágrimas de emoción, ovaciones auténticas, besos entre unos y otros. No estoy exagerando. Otros parecen quedarse algo más fríos. Seguramente, no entender las letras de las canciones impide un éxtasis algo sorprendente para los castellano-parlantes y solo castellano-parlantes. La cosa comienza en penumbra y, poco a poco, se va haciendo la luz; poco a poco, el artista va apareciendo en todo su esplendor. Finalmente, queda al descubierto, como suspendido en el mismísimo cielo. Se le unen los músicos a la escena, que durante el espectáculo han estado tras un velo opaco, con el fin de evitar que alguien se quede sin una ovación más que merecida.

Swanlights es el título del espectáculo que acumula temas de los cuatro álbunes que ha publicado Antony Hegarty. Acompañan al cantante algunos de los músicos de su banda, The Johnsons y la Orquesta Titular del Teatro Real. Musicalmente el espectáculo se encuentra a gran altura, por la calidad de los músicos y por una dirección de Rob Moose que va de lo delicado a lo exacto en la lectura de la esencia que el cantante expresa. El pianista Gael Rakotondrabe destaca por su solvencia interpretativa. Da la sensación de ser ese pianista que buscaban, cada una de las canciones que forman Swanlights, antes de ser escritas. Catorce temas. Primorosas la interpretaciones de I Fell In Love with a Dead Boy y de Everglade. Con Cut The World el público no sabe aplaudir con más fuerza. No puedo dejar de decir que el artista tuvo, durante la hora y media larga de duración, un par de problemas de entonación sin importancia y que, en una sola ocasión, se tuvo que pelear con un registro que se negaba a llegar con nitidez. Gano por puntos el artista.

El trabajo con la iluminación está, también, a la altura del concierto. Es el láser el que ordena el espectáculo de principio a fin. Chris Levine consigue componer un bello dibujo que dota de un movimiento elegante a la estampa, casi inmóvil en sí misma, de Antony Hegarty. El juego de colores progresaba con los temas y con la elevación, casi mística, que proponían desde el escenario.

Este es un espectáculo que encargo el Museo de Arte Moderno de Nueva York y que ha ido viajando de ciudad en ciudad cosechando éxitos parecidos al de Madrid.

Después de escuchar algo así; de ver a una persona capaz de arrastrar con él a los espectadores de un teatro entero (incluidos los castellano-parlantes y solo castellano-parlantes aunque no terminaran de entender), hasta un magnífico lugar en el que todo se dibuja en una partitura; las calles de Madrid te reciben con nerviosismo. Miles de personas caminan de aquí para allá ajenas a lo que acaba de suceder. La Puerta del Sol madrileña se encuentra abarrotada. Turistas, hombres y mujeres que acaban de comprar no sé qué, unos trabajadores despedidos que gritan sus derechos. Y una procesión que avanza perezosa entre todos ellos. Olor a incienso, medallas colgadas del cuello con la imagen de la Virgen, alguno que se fotografía con cara de asombro. Sencillamente, otro lenguaje que no alcanzo a comprender. Es lo que diferencia al lenguaje musical del resto (exceptuando el corporal): es universal.