Los mares del Sur

Manuel Vazquez Montalban - Los mares del Sur

Più nessuno mi porterà nel sud

 (ya nadie me llevará al sur)

Salvatore Quasimodo

Leí por vez primera Los mares del Sur en 1979, año en el que Manuel Vázquez Montalbán ganó el Premio Planeta de novela con este título. Yo tenía 16 años y recuerdo que me gustó y que, ya entonces, la releí un par de veces. Al hacerlo ahora de nuevo, mi opinión sobre la calidad literaria del texto ha cambiado un poco, pero las sensaciones de la primera lectura persisten con inesperada nitidez. Los libros marcan, nos hacen, y es solo de esas cicatrices de las que puede hablar alguien que no tiene la crítica literaria entre sus ocupaciones profesionales. Quizá deba aclarar también que para una lectora como yo, poco metódica y sin prejuicios, el mero hecho de que un texto gane un premio, no lo convierte en necesariamente bueno, pero tampoco en rematadamente malo, por muy mediático que sea el certamen en cuestión. A día de hoy, abro cada nuevo libro con la misma avidez de aquella niña, lectora precoz, que seleccionó sus primeras historias con el sesudo criterio de empezar por los tomos que ocupaban las estanterías más bajas de la biblioteca familiar y se podían alcanzar sin riesgo de descalabro.
En Los mares del Sur, como en toda su obra, Vázquez Montalbán da muestra de la eficacia de su oficio, que lo tenía y mucho, además de dibujar un mosaico de personajes rico y verosímil. A parte de un ritmo narrativo ágil y fácil de seguir, y una hábil dosificación de la intriga, fueron los temas llamémosles “de fondo” que aborda la novela, de forma más o menos explícita, lo que más me interesó en su día, y lo que me sigue interesando hoy.
El núcleo lo constituye la vieja cuestión de la insatisfacción humana, la búsqueda del verdadero yo y el pretendido retorno a lo auténtico -en una especie de recreación libre del mito del buen salvaje- cuestiones todas ellas que están detrás del viaje planeado por el protagonista, el pijísimo empresario de la burguesía catalana, Stuart Pedrell. A través de su huida caprichosa en busca del paraíso perdido, el lector acaba enfrentado a la inesperada –y para mi fascinante- capacidad autodestructiva de la vida fácil, el lujo, el confort y la abundancia obtenida sin lucha ni esfuerzo. Opondrán ustedes inmediatamente que más cornadas da el hambre, y sin duda es verdad, pero la exactitud de este último aforismo no obsta al hecho comprobado de que muchos de aquellos que tienen lo que el común de los mortales llamamos muy simplificadamente “la vida más que resuelta”, acaben complicándosela de forma ociosa y, algunas veces, fatal. Este planteamiento, con matices diferentes, está en la base de las trayectorias vitales del protagonista y de su errática hija, la bella, débil e igualmente pijísima Yes.
A la luz de los tiempos que corren –cuando el fenómeno de la corrupción, pública y privada,  aflora a diario en una cascada que parece interminable- resulta muy ilustrativa la magníficamente bien dibujada amoralidad, variada en sus expresiones, pero con un claro denominador común, de los personajes del entorno de Stuart Pedrell: su mujer, su amante, sus socios, sus amigos. Quisiera con estas líneas estimularles a que lean el libro, de modo que me permitirán que evite dar más pistas sobre el particular. Tan solo añadir que, en contraste con lo anterior, la novela indaga con el mismo vigor en una moral básica, áspera y sin matices -pero moral al fin- de la que son titulares otros personajes, muy alejados del contexto social del protagonista. El choque de trenes que provoca algo tan aparentemente superado como el roce interclasista, el desastre en que terminan las más de las veces esos contactos casi siempre forzados entre cunas ubicadas en universos antagónicos, es un fenómeno que ha cambiado mucho menos de lo que aparenta, y prueba de ello son algunas de las noticias que encontramos cada día en la sección de sociedad -ya no existen los sucesos- de cualquier periódico de tirada local o nacional.
El desenlace de la historia sorprende, pero resulta de una lógica aplastante. Los aficionados a la novela negra con tintes costumbristas encontrarán en esta aventura del detective Carvalho –gran aficionado a la gastronomía- una receta que se degusta con placer, aunque deje un poso de amargura en el paladar.