Los niños no son superhéroes

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En el mundo, por desgracia, ocurren todos los días, a todas horas, cosas espantosas. Hombres, mujeres y niños sufren la violencia de la guerra, la explotación, la pobreza, la discriminación, la soledad, la incomprensión. Tantas personas y tanto sufrimiento. Especialmente cuando son los niños, que no deberían preocuparse más que por jugar, y por aprender, por disfrutar de la vida, quienes lo sufren.

Sin quitar un ápice a lo que pueda ser el dolor de un adulto, el de los niños afecta sobre todo lo demás. No podemos (y sin embargo, nos hemos acostumbrado a hacerlo), tolerar que mueran de hambre, de enfermedades provocadas por la falta de agua potable, o de vacunas y medicinas. Que no conozcan un momento para la risa. Que no sepan lo que es y significa la infancia. Hay situaciones terroríficas que conocemos de sobra. De otras nos vamos enterando. Como lo del abuso legalizado, en forma de matrimonio con niñas que deberían estar muchos años aún jugando con muñecas. Casadas, y con matrimonios (!!!!) consumados a los 5 años. La edad que tiene mi hija. O las condiciones de los orfanatos en muchos sitios del mundo.

Algunas las sabemos cuando un día un documental de investigación, o un libro, nos abre los ojos ante ellas. Con todo lujo de detalles. Capaces de hacernos estremecer el corazón. Otras las conocemos, las sospechamos, las intuímos. Corren a voces sin que nadie haga o diga nada. Se atreva a levantar la tapa de la caja de los truenos. Como el maltrato, las vejaciones y los abusos cometidos en internados, no tan lejos. Durante muchos años, ha sido algo de lo que ni se hablaba. Afortunadamente, esto va cambiando. Y aparece una denuncia, que lleva a otras. Un titular que nos despierta, y nos alarma. Y, si hay algo que nos alarma (el ejemplo más reciente, el de Ciudad Lineal de Madrid), es el abuso sexual a menores. Claro que se crea un clima de psicosis. Sin necesidad de que nos cuenten qué es exactamente lo que ha ocurrido. No queremos saberlo. No queremos siquiera imaginarlo. Porque vemos a cualquier niño que tengamos cerca, y la sola idea de lo que haya podido pasar nos supera. Porque no sabemos cómo hacer para que estén a salvo.

El libro “Ni un besito a la fuerza”, de Marion Mebes (ilustrado por Lydia Sandrock) – coeditado por el Instituto Andaluz de la Mujer- , junto con su continuación, “Ni una caricia a la fuerza”, de las mismas autoras; tratan de ayudar a los niños a protegerse, en la medida que puedan. De evitar que el abuso, si lo sufren, continúe. De que lo cuenten. Va dirigido principalmente a aquellas situaciones en las que el niño tiene contacto con el agresor, que es, por otra parte, la situación más frecuente (la de que sea alguien del entorno cercano, o alguien que consigue establecer de alguna manera una relación de confianza con éste).

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Un niño no puede convertirse, lamentablemente, en Supermán, y sacar una fuerza que no tiene para repeler físicamente a alguien que lo cuadriplica en peso, y le dobla en altura. Pero puede que su instinto, en un momento dado, le diga que la caricia, o el beso que está recibiendo, o que le están pidiendo, no son como tienen que ser. Que le haga sentir a disgusto. Y, si en ese momento, se niega, o lo cuenta, puede (y solo puede, pero hay una posibilidad) que, en el caso de que esté siendo víctima de abuso, o convirtiéndose en ella, no pase de ahí. Para lo cual son necesarias dos cosas: una, que el menor sepa que, si se siente así, puede decir que no. Y la otra, que la sociedad en su conjunto lo apoyemos, aunque eso suponga que no da un beso a la señora amabilísima que le dice lo guapo que es, y le pide un beso. Que al tío, o al primo que pincha, poque tiene barba, tampoco se lo dé. O su madre, su padre, su hermana, o un amiguito del cole, si no le apetece. Porque no está de humor. ¿Y por qué digo esto? Muy sencillo: porque una de las reacciones frecuentes a la publicación de este libro ha sido la indignación, aduciendo que el adulto que tanto quiere al niño se va a sentir mal cuando no reciba el beso, cuando llega a casa de visita después de semanas sin verlo. O que, de esta manera, el niño va a ser un maleducado que hace lo que le venga en gana. Porque (y lo digo por experiencia), cuando el niño se niega a dar el beso, y hasta retrocede, o esconde la cara, si el adulto que lo acompaña no le obliga o convence para hacerlo, suele escuchar ese tipo de críticas, y la presión social es grande. Por supuesto, y afortunadamente, la mayor parte de los adultos que quieren abrazar a un peque no lo hacen con más propósito que el que sea una muestra de cariño y afecto. Parece duro, y poco conveniente alentarlo a comportarse de esa manera. Pero el problema estriba en que un niño carece de herramientas para distinguir por qué no desea ese contacto. Y, si se le obliga a tenerlo, o se le reprocha cuando no lo hace, lo que va a interiorizar es que lo que debe es anular y desoír esa alarma, pues lo que se espera es que se someta al mismo. Que eso es lo que hace un niño bueno. Y eso puede ser la puerta hacia el abuso. Es importante que sepan que no es así. Que pueden hacer caso de esa alerta. Que son dueños de decidir, y negarse si no les apetece, sea cual sea el motivo. Que pueden confiar en nosotros si algo les resulta incómodo, o extraño. Porque son demasiadas las situaciones en que no podremos evitar que se hagan, o les hagan daño. Al menos, tratar de decirles que pueden confiar en su intuición, y en nosotros. Por ello, la Junta de Andalucía programó incluso una lectura simultánea del libro en 35 colegios públicos. Por ello, lo he leído con mi hija, y lo recomiendo sistemáticamente a todos los padres que conozco. Porque creo que, si hay una posibilidad, aunque sea mínima, de detectar que está produciéndose una agresión, y frenarla, hay que intentarlo. Como también creo que es importante explicar a los niños que, aunque se produzca, no tienen la culpa de nada. Que bastante tienen ya quienes han tenido la desgracia de pasar por esa experiencia. Necesitarán mucho, pero que mucho apoyo, y ayuda, para superarlo, y recuperar la normalidad. Al igual que sus padres, familiares, y personas que los quieren. Que tampoco la tienen por no haberlo podido evitar. De ello, los únicos que tienen la culpa son los agresores. Nadie más.

RANA es una fundación sin ánimo de lucro cuya función es prevenir el abuso sexual infantil. Su tarea se centra en programas para personas adultas como la Guía 7 PASOS para Proteger a Nuestros Niños , que anima a cualquier persona a actuar ante estos casos; talleres educativos y charlas; y el programa Grita muy fuerte, dirigido a los más pequeños.

FUNDACION RANA