Luis García Montero

Luis García Montero presenta su libro 'Vista cansada'. Foto: Belén Vargas.
Fotografía de Belén Vargas
Hoy no se habla de poesía con Luis García Montero a pesar de ser uno de los poetas más importantes de España. Hoy se habla de novela, de su prosa contundente y al mismo tiempo dulce como su voz pausada, y clara como sus ideas. Se habla de Alguien dice tu nombre, la tercera novela del escritor granadino cuya historia revela la posibilidad de encontrar espacios de luz bajo la piel muerta del miedo y la indiferencia. Un relato de iniciación en el amor, la literatura y la política.

León Egea, el protagonista, escribe su diario de aprendiz de escritor, en él narra el verano de 1963, durante esas vacaciones trabaja vendiendo enciclopedias y en su pequeña oficina encuentra también el amor. Intenta seguir las lecciones de su maestro de literatura y pronto descubre la diferencia entre teoría y práctica, entre las apariencias y la realidad.

A 418 Km. de Granada, escenario de la novela, en una cafetería de la Gran Vía madrileña conversamos sobre literatura, la admiración hacia los maestros, el compromiso político y el paso a la madurez de un joven que representa a una generación que vivió la década que, para el escritor, fue el verdadero comienzo de la transición española.

En No me cuentes tu vida, Juan  refleja, en gran medida, lo que es Luis García Montero, y en Alguien dice tu nombre hay mucho de usted también en León. ¿Por qué esa necesidad de contarse a sí mismo?

«Hay dos cosas fundamentales: La conciencia de que la literatura está unida a la vida y que la escritura siempre es autobiográfica, hable de lo que hable, y en segundo lugar, la conciencia de que el yo biográfico necesita elaborarse para que el personaje literario sea del autor, pero también del lector. Creo que lo he conseguido mejor en esta novela que en la anterior, en la que tenía la voluntad de contar mi formación política y poética, mi relación con Rafael Alberti, mi experiencia en el extranjero, mi trabajo en la universidad. En este caso he elaborado más el personaje literario pero hay mucho de autobiográfico. La relación que hay entre León y el maestro Ignacio es muy parecida a la que yo tuve con algunos maestros literarios como el profesor Juan Carlos Rodríguez, que convirtió lo que iba a ser un oficio en una vocación. Me cambió la vida en el sentido que mi oficio es mi primer ámbito de compromiso con la realidad y que la literatura dejó de ser una simple acumulación de datos o el aprendizaje de cómo se pone una nota filológica a pie de página, para convertirse en una apuesta por la emancipación humana y por el descubrimiento de lo mejor y más digno de la condición humana».

 ¿No es casualidad entonces que Consuelo, la enamorada de León, al final sea llamada “la maestra”?

«Si no creamos conciencias humanas capaces de imaginar a los demás como personas, acabamos empleando la técnica y la ciencia en machacarlos más que en dignificar la vida y eso se lo enseña Consuelo al decirle: Tu imaginación es muy importante, pero no sólo para inventar disparates, sino también para intentar ponerte en el lugar del otro.

He querido tener dos ejes paralelos representados por Ignacio y Consuelo, que tienen que ver con el acercamiento a la política y al amor.

En los años sesenta el diseño que había impuesto el franquismo para el papel de la mujer, que sólo obedecía al marido y cuidaba hijos, empieza a quebrarse y ahí está Consuelo: una mujer fuerte, que vivió en París y que, en medio de las dificultades de la época, encuentra huecos de libertad para vivir de otra manera su feminidad y su papel en la historia. Esto me ha servido para insistir en algo que me ha enseñado la literatura: que es imposible transformar la Historia -con mayúscula-  si no se transforma la vida cotidiana».

 Ponerse en el lugar del otro también es alejarse de radicalismos. Hay bandos, siempre los hay, pero en lo personal no se puede ser radical, ¿verdad?

 «Eso tiene que ver con la reivindicación de las palabras. Si reducimos el mundo a un lenguaje pobre se pierde su riqueza. Es dividir el mundo en bueno o malo, blanco o negro y eso es incompatible con una mirada que quiere matizar, que quiere saber que dentro de cada «sí» hay alguna cosa negativa o que dentro de cada «no» hay una cosa positiva. Pues eso tiene que ver con ponerse en el lugar del otro. Yo veo la literatura como símbolo del contrato social, porque es un lugar de encuentro entre autor, lector y personajes.

Aprendes mucho de ti mismo si eres capaz de ponerte en el lugar del otro sin dejar al otro sin lugar, porque más que borrar al otro, lo que quieres es descubrirte a ti mismo. Eso es un mecanismo de la literatura que me parece una verdadera lección de democracia y respeto».

 León, en algún momento, se identifica con Pio Baroja ¿Qué quiere “tomar de su nombre”?

 «La admiración es un sentimiento que nos vacuna contra la indiferencia y él admira  mucho a su maestro de literatura y a los escritores que le han ayudado a ver la vida de otra manera. Ignacio le dice que aprender a escribir es aprender a mirar la realidad y claro, una de las referencias imprescindibles de la mirada de la realidad es Pio Baroja. En la novela la reivindicación de las palabras hace que vayan en paralelo el aprendizaje de la escritura con el aprendizaje de la vida y aprender a vivir es también aprender a hacerte dueño de tu propia vida, como los escritores se hacen dueños de sus argumentos y de sus finales».

 En la novela, publicada por Alfaguara, García Montero no abandona su alma poética. De García Lorca toma prestados el calor y la sequía como alegorías de la opresión y el agobio de la dictadura; uno de sus personajes camina como si le «dolieran los zapatos»  pues camina por una sociedad que le duele; un disco de Georges Brassens, escondido en un armario, cuenta que ya no se escuchan sólo coplas en tierras andaluzas… que todo cambia.

 ¿Qué le aporta hacer poesía y qué, hacer narrativa?

 «Cuando uno va cumpliendo años como poeta, entre los cuidados que hay que tener es el de no repetirse. Si lo hace, no sólo produce mala poesía, si no que ensucia lo anterior y acaba leyendo lo que escribió antes como si perteneciera a una receta más que a una palpitación. Me he impuesto la lentitud al escribir poesía y eso me deja mucho espacio para escribir ensayo, colaborar con la prensa y dedicarme a otro tipo de emoción creativa.

Al escribir poesía tengo que concentrarme para no repetirme y en novela, para aprender, para ir dominando los recursos del género. No es lo mismo condensar tu mirada personal en treinta versos, que mantener durante 250 páginas las miradas de distintos personajes. No es lo mismo una estructura que mantienen largas distancias, que una estructura que lo que quiere es la condensación y la emoción de un instante. Por otro lado, también creo que la ficción narrativa y la ficción poética comparten su fin último: ser un ejercicio de conciencia que nos ayuda a conocernos a nosotros mismos y a nuestras relaciones con la realidad».

 Para el escritor y catedrático universitario en la literatura y la vida, las historias de amor y las de política van en paralelo, la esperanza está atada al conocimiento del pasado, lo público y lo privado evolucionan al unísono y la conciencia creativa es inseparable de la conciencia social.

 «Al pensar en un rebelde de los sesenta, pienso en el que se niega a la indiferencia y quiere ser dueño de su destino. Algo muy parecido ocurre hoy cuando vivimos un cambio de época también muy lleno de incertidumbres. No soy nadie para decirles a los jóvenes cómo actuar, pero sí les puedo aconsejar que miren al pasado porque puede servirles. Eso sí, siempre tendrán que interpretarlo con sus ojos y sus necesidades. Lo que he querido es hacer un homenaje a esa parte de la juventud que en cualquier momento y en cualquier época, por difícil que sea, se niega a cerrar los ojos, asume riesgos y se compromete con el futuro».

 León termina mirando a su propio pasado…

 «El nació en la postguerra más dura, había vencido un bando que decidió aniquilar el recuerdo de la república. La gente tenía miedo a hablar del pasado y él, en un momento determinado, tiene que preguntarse por sus abuelos y por lo que ocurrió en la guerra civil, y se pregunta por ejemplo, ¿por qué un camarero de Granada, en el 63, se identifica más con los alemanes que con los ingleses? Todo eso tiene que ver con una historia que había quedado silenciada durante muchos años.

Creo que la conciencia creativa es inseparable de la conciencia social, en ese sentido el compromiso social del escritor tiene que ver con la vocación y eso ya no es sólo de derechas y de izquierdas. Lo que sí hemos aprendido es que un escritor que se compromete no puede ser sólo el repetidor de consignas de un partido político. La independencia debe ser el  primer compromiso del escritor, el segundo debe ser con la propia literatura. En nombre de las ideas no se puede sacrificar la calidad literaria».

 En Alguien dice tu nombre habitan también muchos de los maestros literarios de Luis García Montero. Entre líneas aparecen Antonio Machado, Federico García Lorca, Tolstoi y otros tantos, pero el más presente es Ramón de Valle-Inclán con sus series de tres adjetivos.

¿Cuáles son los tres adjetivos que definen a Luis García Montero?

«Yo diría que es una novela honrada, la he hecho con mucho respeto por la palabra y concentrándome lo más posible por hacer que rinda tributo a la literatura. En segundo lugar, me gustaría que fuese útil, que sirviese para pensar en la realidad, para que los jóvenes no se sometan a la inercia de la comodidad y, en tercer lugar, que llegase a un contacto emocional con los lectores».

 Esos son de su novela ¿y los suyos?

«Alguien que intenta hacer una literatura honrada, útil y emocional».