Malentendido en Moscú: Aviso a navegantes

Simone-de-Beauvoir
Simone de Beauvoir escribió Malentendido en Moscú entre 1966 y 1967. El texto debería haber formado parte de la compilación La mujer rota, pero fue la propia autora quién acabó rechazándolo, de modo que no se publicó hasta 1992, en la revista Roman y a título póstumo. En España, la novela ve la luz en Navona Editorial en una primera edición del mes de octubre de 2013, tratándose de una versión traducida por Joachim De Nys y prologada por Rosa Regàs.

Protagonizan el relato Nicole y André, una pareja de profesores parisinos que, ya jubilados y en la sesentena, -década considerada en el texto como antesala de la decrepitud-, realizan un viaje a Moscú para encontrarse con Masha, la hija de André. El periplo realizado por los tres personajes es identificado por los biógrafos de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir con el que estos últimos realizaron por la Unión Soviética en el verano de 1966, acompañados por Zonina, traductora al ruso del filósofo y una de sus presuntas amantes.

El núcleo temático de la obra lo constituye, sin duda, la vejez, inevitablemente proyectada a cualquier otra faceta de la vida: el desgaste del amor de larga evolución, el declive físico, la estupefacción del individuo ante la urgencia del paso del tiempo, la decepción ante un mundo que no cambia, o cambia de forma diferente a como pensamos que lo haría… la vejez como hecho sorpresivo e incontrovertible y como lente a través de la que se filtra todo lo demás; la ancianidad como epílogo vital en el que todo parece tornarse repetido y trabajoso.

El argumento de la novela es un esqueleto muy sencillo sobre el que se soportan las reflexiones que los dos personajes protagonistas realizan a lo largo de su viaje, que llegan al lector a través de la tercera persona de un narrador omnisciente. Cierto es que el punto de vista predominante en el relato es el de Nicole; no obstante, quizá una de las mayores virtudes del texto lo constituyan los momentos en los que toma la palabra el personaje masculino, que se cuela de rondón, sin previo aviso y con una voz que, salvo en algunos momentos fallidos, aparece bien diferenciada. No obstante, se echa de menos una mayor profundización en el enfoque de André, ya que el texto adolece de cierto ensimismamiento en la perspectiva femenina de las cosas, llegando Natalie a invadir o suplantar, en ocasiones, la voz de su compañero con mensajes que, pese a atribuirse al hombre, resultan en su contenido y hasta en su expresión, netamente femeninos.

El texto incluye un puñado de pensamientos interesantes –y quizá también algo tópicos-, que remiten siempre a la aguda preocupación de los dos personajes centrales por el paso del tiempo y los efectos del mismo en su vida personal y de pareja. La voz de André detecta con inteligencia la trampa vital de la que todos podemos ser víctimas en último término, cuando dice “el escándalo consiste en encontrarse definido, acabado, hecho, en que los instantes efímeros se superponen y formen alrededor nuestro un denso envoltorio del que resulta imposible escapar”; Nicole, por su parte,  se lamenta de la progresiva debilidad de su memoria: “A menudo, esa curiosidad que había mantenido casi intacta no le parecía más que un residuo maniaco: ¿de qué sirve si los recuerdos acaban esfumándose?, y del cansancio físico, que se le impone como una limitación más entre un sinfín de ellas: “Ahora al anochecer, tras sus largos vagabundeos, notaba que le fallaban las piernas. Lo disimulaba, pero a fin de cuentas era estúpido forzarse”. Particularmente dolorosa resulta para ambos personajes la pérdida del atractivo físico, expresada en voz de André con las siguientes palabras: “Ya no deseaba gustar: pero que al menos, al verlo, la gente pudiera imaginarse que había gustado. No convertirse en un ser completamente asexuado” o en boca de Nicole, quien al ser presentada por su esposo a un varón joven y atractivo, se duele vivamente al sentir que deberá prescindir en lo sucesivo de la admiración masculina a la que estaba tan acostumbrada: “Dos ojos de terciopelo que se desviaban de ella con indiferencia. A partir de entonces, en la cama se mantuvo fría como un tempano: hay que quererse un poco a sí misma para sentirse a gusto en brazos de otro”.

El malentendido aparentemente banal que da título al texto plantea la cuestión del desgaste del amor maduro como forma de expresión del propio desgaste personal; la falta de entendimiento respecto de una cuestión menor, desata entre los protagonistas una oleada de rencores antiguos, un abismo de incomprensiones y reproches que no por pueril, resulta menos real. El texto revela además esa tendencia, a mi juicio, predominantemente femenina, de hacer balance de toda una relación a partir de un acontecimiento puntual. Dice Nicole: “Él había tenido exactamente lo que deseaba: un hogar, hijos, tiempo libre, placeres, amistades y algunas agitaciones. Mientras que ella había renunciado a todas sus ambiciones de juventud: por culpa de él.” […] “Estoy sola. Al lado de André estoy sola. Debo hacerme a la idea”, expresiones similares a las que la autora atribuye también a André en esos segmentos del texto en los que la voz femenina, de forma tal vez inconsciente, termina por hacer suyo todo el discurso. Sirva de ejemplo el pasaje en el que el hombre, con un tono muy poco ajustado al perfil que de él dibuja el texto y, por tanto, de manera escasamente verosímil, se expresa en los siguientes términos “… para ella soy una vieja costumbre, pero nunca me ha querido con amor verdadero”.

En mi opinión, Malentendido en París no es una gran novela. El hecho de que el texto viera la luz tras el fallecimiento de su autora y sin haber superado, quizá, el estándar de calidad al que ella misma debió someterlo en su momento, es un indicio que apunta en esa misma dirección. En ese orden de cosas, disgusta comprobar que, habiendo conseguido el traductor, Joachim De Nys, hacer realidad la vieja y justa reivindicación de ese colectivo profesional de que su nombre conste en la cubierta del libro, se hayan deslizado en el texto errores de bulto como la frase que aparece en la página 100, que dice textualmente ”Ella tampoco ya no estaba segura de nada” o “palabros” -si se me permite la expresión, también novedosa- inexistentes en castellano como el curioso “raciocinaba” que aparece en la pagina 106.

Mi padre tenía un amigo unos años mayor que él casado con una mujer de su misma quinta que, pasados los setenta y ante el interés de mi progenitor por saber qué tal estaban ambos,  respondía siempre lo mismo: “muy tercarrones, hijo, estamos muy tercarrones”, refiriéndose así a las enconadas, repetidas y obtusas discusiones que mantenían los dos por cualquier motivo trivial. Malentendido en París esconde entre líneas un sencillo aviso a navegantes; si permiten que el paso del tiempo los arrastre con su riada de tópicos tristes y sus peores augurios, André y Nicole, los amigos de mi padre y hasta los mismísimos Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, acabarán convertidos, en el mejor de los casos, en un par de viejos tercarrones. De modo que quizá lo mejor sea seguir buscando eso que buscamos cada mañana nada más entrar en el autobús. Un asidero. O dos. Firmes. Seguros. Que nos permitan mantenernos en pie y adaptarnos a los vaivenes del viaje. Y olvidarse de usar los cómodos asientos reservados, al menos mientras la salud lo permita.