MARÍA JOSÉ CUMBRERAS, ALMA Y ESPÍRITU DE MARRAQUECH

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Imagen: Panorámica de Djema-el-Fna

Es un dédalo de calles donde la trama urbana se esconde en retazos de pasado y atisbos del futuro: vendedores, patios, jardines, sonrisas, carros, celosías, motoristas, montones de basura, teléfonos móviles, gatos y naranjas. Para los bereberes es “La tierra de dios”, allí se encuentra el norte con el sur, el desierto y los vergeles, las montañas con la llanura; la miseria, con una opulencia milyunochesca. Una pintora andaluza es parte y señal en la encrucijada.

En su atelier de la medina, María José Cumbreras está terminando una pareja de lienzos encargados para decorar el riad de unos potentados suizos, son dos vistas diferentes del alminar de la Kutubía desde los jardines del Consulado de Francia. Los pinta aislada en su terraza del barrio de Ben Salah. Cuando llegó a la ciudad y se enamoró, hace catorce años, buscó ávidamente la vida de las calles y los pasajes de la kasbah para retratar trozos de vida. Luego, con el devenir del tiempo, sus composiciones se han ido haciendo más distantes, más espirituales, tomadas desde el apartamiento.

Efectivamente, en estos años la pintora onubense ha ido penetrando en el alma intangible de Marraquech, profundizando en los motivos por los que esa escenografía, engañosamente inmutable, ha sido capaz de dar a la luz la intensidad de su paisaje urbano. Investigando en los orígenes después de hacerlo en sus consecuencias.

De la primera época quedan fragmentos de un realismo social que la acercan a Claudio Bravo como el tríptico Los chicos de Merzuga, unos adolescentes con sus bicicletas entrevistos ante el vacío del desierto; o Las Puertas de la Vida, una composición muy personal, una fantasmagoría de personajes que acompañan una maternidad. Entre sus últimos trabajos, las panorámicas de Marraquech son espectaculares, se apoyan en la contradicción de la modernidad y de las adherencias, para componer un orientalismo actual de escombreras, tendales y antenas parabólicas, con un espíritu cercano al de Antonio López pero que mantiene en el detalle una pincelada impresionista. Un doble juego, un acierto que ha expuesto con gran éxito en Andalucía, Barcelona y Marruecos.

Para el futuro sueña, como todos los artistas, con lo que le queda por pintar. Quiere ser simbolista, desvelar la verdad de los cuadros, buscar en el subconsciente el germen de lo inalcanzable. Esconde una Ofelia sin terminar entre sus lienzos inacabados, presenta un Narciso mirándose en las aguas de su estanque y –quizás- un Endimión en el cuarto de invitados.

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Imagen: Muchachos de Merzuga

María José Cumbreras vio la luz en Rociana del Condado y renació en Marraquech. Vivió el Bilbao de los 80. Gran Canaria le acercó a África con fuerza progresiva. Ha sido DJ y decoradora. Se declara autodidacta, porque entiende que su paso por las academias convencionales no le aportó recursos suficientes con los que expresarse. Fascinada por el color –quizás por eso llegó a Medina Al-Hamra, la Ciudad Roja- se declara admiradora de la luz de Sorolla y también de Goya, pero solo a partir de sus Pinturas Negras; como él y como Saura ha pintado también un perro rodeado de sombras, toda vez que llegó a la conclusión de lo que buscaba el animal.

La pintora tiene un proyecto muy personal, abrir su dar de Marraquech como lugar de aprendizaje, para que quienes quieran iniciarse en la pintura encuentren en su casa un lugar de acogida y en el taller un lugar de reflexión sobre el arte.

La dificultad de Marraquech estriba en su paisaje encadenado, en la horizontalidad de la vieja medina, en las vistas abiertas desde los olivares y los jardines, con el inevitable minarete de la Kutubía y la presencia importante de las cumbres del Atlas, que conforman la ciudad evitando otras miradas. Atreverse a desafiar esa convención implica coraje, amor e identificación con el espíritu del lugar, algo que Cumbreras ha conseguido con acierto.

Panorámicas de Marraquech. Exposición permanente
Dar María. Ben Salah. Medina
Marraquech

LA KUTUBÍA

kutubía_1Cuenta una leyenda que cuando se clavó el minarete de la Kutubía manó sangre de la tierra y tiñó de rojo la ciudad y su caserío. Desde entonces la torre es el centro de un reloj solar que marca con su sombra el pulso de Marraquech. Su almuédano señala las horas de la oración en un lugar mágico en el que todo es arte.

Fayr, amanece, se pone en marcha el mecanismo prodigioso del Hôtel de La Mamounia, inaugurado en 1925, una joya del art decó firmada por los arquitectos Henry Prost y Antoine Marchisio. Zuhr, a mediodía los visitantes se pierden en el laberinto caligráfico de la madraza de Ben Youssef. Asr, la tarde es el momento preferido por Maria José Cumbreras para pintar en su estudio de la medina. Magreb, se pone el sol y la plaza Djema-el-Fna, declarada Patrimonio Intangible de la Humanidad hierve de animación mientras el humo de los asadores se eleva hacia el cielo. Isha, la alta sociedad internacional celebra la noche en la atmósfera misteriosa del restaurante Le Fondouk, decorado por Thierry Isnardon como si fuera un harén postmoderno.

Kutubía, la Mezquita de los Libros, con su alminar de 77 metros, es una obra maestra de la arquitectura almohade, se puede divisar en el horizonte desde una distancia de 29 kilómetros, fue construida por arquitectos de la Andalucía musulmana en los inicios del siglo XII. La torre sería el modelo para su contemporánea de la Mezquita Mayor de Isbilya. La Giralda.