Mariana Cordero

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Mariana Cordero mira con intensidad. Creo que intenta descubrir más allá de lo que ve. Nos acomodamos en una mesa de la cafetería del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Podemos ver caer la lluvia, correr a los peatones que dan pequeños saltitos para evitar los charcos. Pide un té verde. Yo un refresco con mucho hielo. Cambia de opinión y pide lo mismo. Mucho hielo y mucho refresco para los dos. Espera mi pregunta. Y cuando le digo que no hay preguntas, que se trata de charlar, relaja el gesto.
Siempre me ha interesado mucho la vida de un actor fuera del escenario. Y como hemos decidido saltarnos las normas de cualquier entrevista, comenzamos por ahí.

«El trabajo de un actor o de una actriz consiste en acumular todo lo que va experimentando. Mira, el otro día cedí mi asiento a una mujer negra en el metro. Un hombre mayor me dijo que no me molestara, que ella estaría acostumbrada a ir de pie en su país. Me enfadó tanto, sentí tal ira, que si ahora tuviera que sentir lo mismo, con recordar la cara de miedo y vergüenza de esa criatura, tendría suficiente. Y podría sentir lo mismo tantas veces como fuera necesario. Es el tesoro de los actores y actrices. Al interpretar se filtra la experiencia personal para fundirse con el personaje. Es inevitable arrastrar, en cada función, tus emociones, tus sensaciones, porque en algún lugar de tu consciencia hay algo que tiene que ver con el papel que vas a hacer».

Es decir, que os pasa lo que a nosotros, los novelistas, aprovecháis cualquier cosa de este mundo para trabajar.

«Con lo cotidiano se puede ensayar. Recuerdo que, en una ocasión, Carlos Gandolfo me preguntó con qué estaba trabajando para preparar una escena de celos que me tocaba hacer. Con mi perro, le dije. Si alguna vez he sentido celos fue cuando, tendría siete u ocho años, mi perro se iba con las perras. Aquello era insoportable, nunca he sentido nada igual, y lo utilicé para preparar aquella escena. A veces, todo es muy prosaico».

Ambos sonreímos sabiendo que es cierto.
Estas cosas ¿se pueden aprender?

«Sí, pero hay condiciones. Aprendiendo, cada persona debe tener su método. Lo que no sirve de lo que te dicen debe ir a la papelera. Un alumno no debe quedarse con todo lo que le dice su profesor aunque considere que su criterio es extraordinario. Si no fuera así, todos los aspirantes a subirse a un escenario serían clones de otro profesional y es algo absurdo. Por otra parte, los alumnos no deben desesperar porque para avanzar, muchas veces, se retrocede buscando caminos distintos que se ajusten a cada forma de interpretar. Los actores y actrices son productos de muchas horas de trabajo. Hay que tener claro que las cualidades innatas para interpretar ayudan, pero no son suficientes. En cualquier caso, la mejor de las formaciones es la que se recibe sobre un escenario. Antes no existían las escuelas y la formación consistía en que la primera vez llevabas las lanzas, en el siguiente trabajo decías una frase y luego la cosa iba a más. O a menos, claro».

Llevas ya en esto de la interpretación un rato largo. Cuéntame cómo ha sido el camino porque seguro que le vendrá bien al que quiera acercarse a este lío

«Soy extremaña y a los dieciocho años me instalé en Sevilla. Fundé Esperpento, el Centro Andaluz de Teatro y alguna otra cosa. Durante los últimos años del franquismo, durante la transición, no existía el individualismo que parece dominarlo todo hoy en día. Había por lo que luchar. Y no era fácil. Estando en Esperpento con Carmen Rubiales, Carmen Cordero, Alfonso Guerra, Roberto Quintana y algunos compañeros más, recorríamos España entera y parte de Europa visitando los centros de emigración. Nos jugábamos nuestra propia libertad, pero lo hacíamos en grupo, espalda con espalda. Hacíamos obras muy punteras, muy combativas. De hecho, por ejemplo, en Galicia, un militar nos denunció por atentar contra la moral, el ejército y la Iglesia. Para librarnos de ingresar en prisión, un grupo de pintores donaron sus obras que se expusieron y con la recaudación pudimos pagar la multa. Ya, con la democracia, dejamos de tener un censor delante y perdimos los miedos anteriores. Fue un cambio muy importante, pero, tal vez, fue cuando se diluyó ese espíritu de grupo tan potente y se perdieron algunas ilusiones que los nuevos actores y actrices no pueden vivir. Es una pena».

Y ahora ¿cómo ves el panorama?

«Mira, Gabriel, llevo en esto del teatro desde los veintiún años y hoy tengo sesenta y cuatro. Jamás había estado parada. Nunca jamás. Sin embargo, hasta que he comenzado con la obra que estoy haciendo había estado sin trabajo siete meses. Se hacen muy pocas cosas nuevas y eso está provocando que actores que estaban en la televisión o en el cine se hayan tenido que trasladar al teatro. Las cosas son como son y resulta que muchos espectadores quieren ver caras conocidas. Sean buenos o malos actores, les gusta lo que ven en la televisión. El resultado es que nos están desplazando a los que llevamos toda la vida encima de un escenario. Además, en el teatro está ocurriendo lo mismo que en televisión o en cine. Se apuesta por la rentabilidad o lo espectacular. Si algo da dinero nadie lo duda. Se hace. Faltan otras apuestas. Aunque estoy convencida de que la calidad ganará la batalla a la mediocridad. El público no es una especie de rebaño que se traga cualquier cosa. Por todo esto, los jóvenes deben seguir peleando. Siempre harán falta los actores».

Tienes razón, pero la gente va poco al teatro o al cine y, sin embargo, pasa muchas horas frente al televisor.

«El problema es el de siempre. No es justo que sólo pueda ir al teatro una persona con un sueldo alto. Y estamos viviendo una crisis descomunal. Si haces números y calculas lo que cuesta que un matrimonio asista a una función de teatro o que una familia vaya al cine, comprendes de inmediato que hacerlo se ha convertido en una especie de lujo al alcance de pocos. Lo penoso es que esto nos lleva por un camino que tiene final en la incultura. Algo que algunos no quieren ver con claridad y que nos pasará factura con el paso del tiempo».

¿Notas mucho la diferencia entre hacer un papel en televisión o sobre un escenario? No me refiero a la técnica interpretativa que ya imagino que es distinta, sino a los procesos de creación del producto.

«La diferencia entre trabajar en teatro, cine o televisión, consiste en la posibilidad de tener el texto en la mano durante el tiempo necesario. En el teatro puedes hacer un trabajo de mesa suficiente, sabes lo que pasa, de dónde llega tu personaje, lo que vive a su alrededor. Tener el texto es tener al personaje y todo el tiempo del mundo para disfrutarlo, para descubrir lo que encierra. Además, tienes los ensayos que son una explosión creativa, artística. Los ensayos aportan más que la propia representación porque allí descubres todo lo que es tu personaje. Es el momento que se cierra el círculo interpretativo. Es la misma felicidad. En cine puede pasar esto que digo, pero el proceso técnico es distinto y no te permite experimentar el todo. Y en televisión, por ejemplo, te entregan el texto el día antes de grabar. No se puede disfrutar de algo así. A veces, te dan lo que se llama separata, es decir, lo que dices tú. ¿Cómo puedes entender algo si no sabes ni lo que pasa a otros, ni lo que tu personaje siente por ellos?»

Te voy a confesar algo que te va a gustar. Me ha encantado «Éramos tres hermanas». Estás estupenda. Y lo mismo puedo decir de Julieta y de Mamen. ¡Tan radiantes las tres! La caracterización debería hacer ver al espectador vejez y, sin embargo, vemos luz. No hay peluca blanca que pueda con vosotras. Y, con un texto tan difícil, lográis despachar el asunto sin problema alguno.

«Sí, es muy difícil. Cuando leí el texto me pregunté ¿cómo se hace esto? Las obras, generalmente, tienen un principio, un nudo expositivo y un final. Además, lo que dice tu personaje llega de lo que acaba de decir otro. Pero en «Éramos tres hermanas» no sucede eso. Cada una estamos manejando nuestros propios recuerdos, hablando en el presente de cada pasado. Creía que no nos íbamos a entender. Pero, claro, estás hablando de Julieta Serrano y de Mamen García, que son excelentes actrices y buenísimas compañeras. Y de un director excepcional».

Seguimos rompiendo normas y me animo a hacer un pequeño análisis de la función. Hacer una obra de Chéjov es un lujo aunque siempre presenta aspectos que convierten en un reto el trabajo. En este caso concreto, el autor no concede la condición de refugio al tiempo. Todos somos viejos porque el recuerdo no permite juventudes, el recuerdo nos mantiene siempre en la máxima vejez que podemos alcanzar a una edad concreta. Si añadimos el reto que plantea la propuesta a una iluminación que hace sentirse muy vulnerable al espectador, tenemos una obra muy exigente con todo el que está en el teatro. El proceso es arriesgado, pero efectivo al máximo. Por ejemplo, el personaje de Mamen es el que más «rechina» por su aspecto casi ridículo (la primera sensación es que tienes delante una señora mayor jugando a ser niña), pero aprendes, pronto, que es eso lo que somos. Y, en ese momento, todo el mundo está formando una sola cosa que se llama «Éramos tres hermanas».

«Todo ha sido muy complicado y el director ha buscado fórmulas para rebajar la extrema complejidad del texto. Por ejemplo, el libro que vamos cogiendo, una u otra, es como un álbum de fotografías que hace recuperar el recuerdo al personaje. Necesitan saber qué ocurría allí y en ese momento. Mira, cuando estoy haciendo de Natasha, lógicamente, he cambiado el registro y, al acabar, busco el libro para recuperar el recuerdo porque de otra forma te quedas, como actriz, en un territorio comprometido. Es tal la intensidad al interpretar este papel que necesito regresar a casa dando un paseo, necesito recuperarme de la cascada de sensaciones robadas y vividas como mías».

¿Esta es una de esas obras que marcan?

«Chéjov es Chéjov y un texto tan magnífico marca aunque tengas una edad. Entre otras cosas porque es un texto muy moderno que habla de nuestro mundo y de la necesidad de crear un mundo mejor. ¿A quién no le marca algo así?»

Se acaba el refresco, el hielo y el tiempo. Aprovechamos el paseo hasta la estación de metro para charlar sobre la familia, sobre las ilusiones que nunca se agotan, sobre las ganas de vivir. Pero esto es harina de otro costal. Se pueden romper las reglas de una entrevista aunque hasta un límite.