Marta Sanz

Marta Sanz
En el barrio de Malasaña de Madrid se mezclan todo tipo de personas, todo tipo de nacionalidades; se pueden encontrar puestos callejeros en los que, si quieres, compras objetos sin utilidad alguna o echas un vistazo tratando de imaginar para qué podría servir cada cosa; tiendas de las que ya no quedan (esas que estaban en cualquier esquina del barrio y que ya sólo vemos en las fotografías antiguas o paseando este barrio); restaurantes dedicados a la cocina tradicional, otros que lo hacen buscando alternativas modernas; bares y cafés. En uno de esos cafés, el acogedor Pepe Botella, nos encontramos Marta Sanz y el que escribe. Creo reconocer en la música que acompaña la conversación, el saxo de John Coltrane, el de Ben Webster, el piano de Bill Evans y la trompeta de Davis.
Comenzamos hablando del pasado. Hace ya muchos años, ambos fuimos alumnos y, más tarde, profesores de la Escuela de Letras de Madrid. La formación del escritor es el primer asunto que abordamos desde el recuerdo.
«En la Escuela de Letras de Madrid, aprendí lo que no se debe hacer; aprendí a leer; que eso que llamamos literatura no es lo bonito de una novela o un poemario, ni un acto de exhibicionismo que sirva para recibir halagos. Aprendí que la literatura poco tiene que ver con los juegos florales. Aprendí a leer con una alta capacidad crítica y a utilizar esa misma capacidad para ejercer una mirada seria sobre lo que escribía yo misma. Entré en contacto con las personas que forman el mundo literario; con escritores, con editores, con otras personas que deseaban hacer de la literatura su forma de vida. Eso sí, la mirada personal me la llevé puesta de casa, eso es algo que no se aprende. Cuando un joven decide ser escritor ya tiene que serlo. Lo que se decide es dedicar la vida a la escritura».
¿Nos hicimos escritores allí? Tengo la sensación de que nuestras primeras novelas tienen mucho dentro de esos tres años recibiendo formación.
«De todo aquello, nació mi primera novela. Sí, es verdad. Sutil en su lenguaje, exigente con el lector, muy poco explicativa. En ella confluyeron mi paso por la Escuela de Letras, una historia personal de desamor y la lectura de El Amante de Marguerite Duras. Fue un primer y gran paso en mi carrera literaria. Pero tú bien sabes que las trayectorias de largo recorrido de los escritores están marcadas por un aprendizaje continuo aunque, del mismo modo, por una necesidad absoluta de desaprender. Porque cada libro necesita su lenguaje. No hay preceptos, no hay normas en función de lo que se quiere contar. Lo único cierto es que el fondo y la forma son indisolubles. El resto tiene que ver con la búsqueda. No soy una autora que crea que, por sistema, los adjetivos sean algo malo para el relato, ni creo que tener un estilo barroco o amanerado sea mejor o peor, ni que la prosa desnuda sea buena o mala en sí misma. Lo que sí creo es que la responsabilidad del escritor es buscar y encontrar el lenguaje pertinente. Sea el que sea. Siendo esto así, las posibilidades son infinitas y podría caber cualquier cosa. Creo yo que dimos nuestros primeros pasos. Con las ideas claras sobre lo que es escribir aunque escritores nos hacemos cada día».
Eso es cierto, aunque creo que allí aprendimos la esencia de lo que representa el oficio del escritor, lo que es la literatura y, sin embargo, hoy esas ideas tan claras no tienen mucho éxito, le digo. Marta parece tener la pregunta intuida y la respuesta preparada. No tarda en contestar con una seguridad aplastante.
«Es necesario ser especialmente cuidadoso con no desprestigiar la formación. Y me refiero no sólo a los propios escritores sino los políticos y a los que opinan en los medios de comunicación. Porque estamos en una sociedad en la que lo que gusta es la espontaneidad y el alarde sistemático de la ignorancia. Y con el oficio de escribir ha de pasar lo mismo. Se debe reivindicar; más allá de la inspiración, de sentirse un ser único o ver al escritor como un ser maravilloso; el que hay que trabajar muchas horas. El mito del artista iluminado es terriblemente elitista y se enmascara con la falsa capa de la democracia cultural. No se sostiene. No es escritor cualquiera. Lo es el que trabaja duro. Eso es algo que debemos mantener con firmeza. Tenga o no tenga éxito en este mundo que nos ha tocado vivir. Debería ser una idea que se enseñara en las escuelas y talleres literarios; una idea que se difundiera con energía».
Por tanto, talento (si es que existe) y mucho trabajo ¿no?
«Hay gente que nace con una sensibilidad especial frente al lenguaje. Pero eso hay que cultivarlo porque se puede perder. En cualquier caso, la diferencia entre un escritor y una persona que no se dedica a la escritura es la capacidad de observación, la capacidad de descubrir una realidad distinta, literaria (y digo esto último sin saber exactamente qué es). Esa diferencia tiene que ver con la capacidad de sorprender, con la capacidad de sacar a la luz eso que llamaba Zizek ideología invisible (lo que pasa desapercibido por formar parte de la música ambiente que no deja de sonar en la sociedad y es, sin embargo, fundamental para entender una forma de vida). Y desde luego con sentarse durante horas para escribir».
¿Es posible que el mundo editorial y los escritores puedan encajar en una sociedad como la nuestra? ¿Qué está sucediendo en el mercado editorial? ¿Qué nos impide a los escritores asomar la cabeza tal y como entendemos que deberíamos hacerlo?
«Para las editoriales, los lectores son clientes, consumidores de cultura. Esto es consecuencia de la ruptura que se ha producido en el vínculo existente entre cultura y educación. Por otra parte, se ha anudado fuertemente el lazo entre lo cultural y lo espectacular. A partir de aquí, todo se abarata. Los lectores son clientes con los que hay que ser complacientes porque pagan y mandan. La cultura se ha convertido en eso que gratifica, que nos hace felices, que rellena los espacios de ocio. Hemos perdido esa idea de cultura como fuente de esfuerzo, de aprendizaje, de ampliación de conocimiento del mundo. De reflexión e incomodidad personal ante la realidad. A medida que el mercado se vaya comiendo eso que llaman las industrias culturales, evidentemente, los productos que salgan de ellas serán más productos que nunca y menos culturales que nunca».
Estamos de acuerdo, Marta, pero me temo que hemos cambiado la lectura de los clásicos por la lectura de los blogs de los colegas o las novelas autoeditadas por conocidos. ¿Por qué? Porque los círculos se han cerrado sobre sí mismos haciéndose minúsculos. El autor por muy malo que sea recibe grandes felicitaciones y reparte las suyas entre los que antes le agasajaron. Así, todo el mundo contento.
«Es una pena. Parece que lo que legitima al escritor es la cantidad y no la calidad. Y todo esto que estamos comentando es la causa por la que muchos profesionales no se desmarcan de ese concepto lúdico y espectacular de la literatura. Si alguno aborda el capítulo de la responsabilidad de escritor frente a la sociedad o la función social de la literatura, le acusan de pedante, de soberbio o, directamente, de gafapasta. Impera la falsa modestia, el todo el mundo es bueno, el todos sabemos lo mismo. Algo que es falso por completo. Y, efectivamente, tienes razón. Estamos olvidando lo fundamental, lo que representan los clásicos, lo que es la literatura de calidad por su implicación y su trascendencia. Esto nos lleva hasta algo que es muy pernicioso. Se multiplica el número de escritores, el número de textos, todo está lleno de ruido, y se hace casi imposible hacerse oír. Por si era poco, la crítica como elemento fundamental de legitimación, como elemento activo en la separación de lo bueno y de lo malo, está desprestigiada como nunca gracias a sus propias prácticas. Es lo que faltaba».
Decidimos no seguir dibujando el peor de los escenarios posibles. Pregunto a Marta Sanz sobre lo que está haciendo.
«Acabo de publicar con Periférica el ensayo No tan incendiario y mi novela Lección de anatomía se vuelve a editar en mayo (Anagrama) con ampliaciones, correcciones y alguna modificación estructural. Esto último, eres el primero en saberlo».
Yo abandono para siempre mis novelas, Marta. Qué considerada eres con las tuyas.
«No ha sido especialmente difícil volver a encontrarme con ella. Es verdad que lo que más me cuesta es corregir, tomar distancia para poder ejercer una mirada crítica. Pero esto era otra cosa. Tenía alguna deuda pendiente con este relato y las deudas se deben pagar. Además, cuando escribes una novela siempre queda algún hilo del que tiras más tarde. Daniela Astor y la caja negra es una novela que nace de una cosa muy pequeña que contaba en Lección de Anatomía. Una niña reflexionaba sobre cómo se relacionan la realidad que es ella con las representaciones (las modelos femeninas, las mujeres guapas, etc.) y eso es el embrión de la novela entera».
Antes de despedirnos, confieso a Marta Sanz que me encanta poder hablar con escritores de los de verdad, de los de raza. Salimos del café y caminamos unos metros juntos hasta que nos separamos para seguir caminos distintos. En el puesto de objetos inservibles no queda casi nada. Le pregunto al vendedor si los ha guardado o los ha vendido. La gente compra todo lo que es barato, amigo. Sirva o no sirva para algo. Señalo lo que queda de una máquina de escribir. Le faltan piezas de todo tipo.  Antes de poder decir nada, el hombre me invita a comprar. Puede presumir de ser escritor. Le digo que otra vez será, que se lo agradezco mucho, pero que no me termina de convencer.