Matemática de la cultura

Libreria gran superficie

Algunos defienden que leer, sea lo que sea, es bueno. El caso es que la gente lea. Lo voy a decir pronto para dejar claro mi punto de vista: eso es tan estúpido que duele pensarlo.

Leer sin criterio alguno es lo peor que le puede ocurrir a alguien. Otra cosa es leer, de vez en cuando –bien buscando puntos de vista absurdos que nos diviertan o para alejar la mente de una actividad cansada, bien por lo que sea- cosas de poca calidad. Posiblemente, sea un negocio extraordinario para algunas editoriales; tal vez sirva para ensanchar el ego de los malos novelistas, el de los malos autores de blogs o el de los cazurros que han encontrado una mina en, por ejemplo, la televisión (siendo unos fantoches, por cierto), pero de bueno no tiene nada.

No hace mucho, tuve la mala fortuna de ver, durante cinco minutos, un programa de televisión que tiene como contenido principal el insulto, el vómito de opiniones ramplonas o vacías expresadas como si fueran un gran descubrimiento para la humanidad; que es protagonizado por una banda de indocumentados patéticos y ridículos que llevan a pensar que la condición humana es espantosa. El dinero que ganan debe de ser proporcional a lo barriobajeros que son estos personajes. Algo así debe de ser. Pues bien, uno de estos individuos decía (creo que es casi literal) que, mucho cuidado con su opinión, que a él lo leían en su blog (alojado en la cadena de televisión) medio millón de personas a diario. Para decirlo, desplegó todo su plumaje de macho orgulloso. La primera pregunta que viene a la cabeza es ¿quién lee a este tipo? ¿Está mejor estructurada su opinión o es, más o menos, válida, si lo leen quinientas mil personas? Si leen tus textos dos millones de personas ¿te dan el premio al más listo? Pero si te leen medio millón de personas sin criterio alguno, con una preparación escasa y ávidos de casquería sentimental, ¿qué pasa entonces? ¿En este caso te dan el premio al más imbécil de todos? Ese día, uno de los lectores del blog del sujeto en cuestión, fue el que escribe. Todo era superficial; no pude encontrar una sola reflexión que invitara a plantearse alguna cuestión mínimamente importante. Cada artículo era una escupidera. ¿Quién puede leer algo así y aplaudirlo? ¿Es motivo de satisfacción que te sigan medio millón de personas buscando la extravagancia del insulto? ¿Es normal que los libros firmados por estas personas (algunos ya les digo yo que no escribirían el título) se vendan como churros? Cada cual que conteste a estas preguntas.

En realidad, no deja de parecer anecdótico. Pero conviene profundizar algo en el asunto. Quizás haya más fondo de lo esperado en algo tan sorprendente como es el que millones de personas pasen la tarde frente al televisor asistiendo a espectáculos escalofriantes.

¿Por qué esta ocurriendo algo tan lamentable?

En primer lugar, deberíamos ir asumiendo que se está mezclando, de forma definitiva, el entretenimiento con la cultura. Es mucho más rentable, para una editorial o una productora cinematográfica, fabricar productos que pueda consumir cualquiera. Que lo lea, que lo vea, que le guste o todo lo contrario es lo de menos. No hay que olvidar que el cliente deseado es cualquiera y nunca hemos mostrado mucho respeto por un cualquiera. El caso es que compre y, claro, cuanto más grande sea el espectro de posibles compradores, mejor. Si en España no se lee, si en España no se va al cine, si en España las galerías de arte están vacías, podemos hacernos otra pregunta ¿dónde está el grueso del mercado potencial? Pues en la gran masa, así que hagamos algo intercambiable con la cultura, algo especialmente atractivo, para los que no quieren saber nada de ella. Qué bonito, ¿verdad? Todos creen ser muy cultos porque compran el blue ray de Kurosawa que nunca verán. O compran lo que les dicen que es cultura cuando es bazofia. Maravilloso. Pero, claro, el número de compradores se eleva y los beneficios lo mismo. Un buen libro es el que más beneficios produce; una buena película es la que más recauda en taquilla. Así de perverso se presenta el panorama. Aunque queda una pequeña esperanza: la verdad suele imponerse con el tiempo. Y, da la casualidad, de que lo bueno es lo que nos hace crecer como personas, es lo que nos permite (obliga, diría yo) a reflexionar; y esto requiere de un esfuerzo. Un trabajo intelectual que se intercambia con la distracción, por supuesto. No todo es pensar.

Vivimos un mundo en el que prima la cantidad sobre la calidad. Y esto nos lleva a ser facilotes, a que nos traguemos cualquier cosa a condición de que nos la repitan muchas veces. Por ejemplo, es usted culto si acude a la feria del libro de su ciudad y compra un libro o si acude al cine a ver una película, sea cual sea; o si entra en un museo aunque le parezca un tostón hacerlo. Y si lo hace repetidamente, será mucho más culto que el vecino. Se impone, así, la moda de ser culto como se impone la de estar guapísimo. Se impone la moda de parecerlo aun sin serlo o estarlo. Pero, también, se impone la moda de ser más tonto que pichote o lucir una extrema delgadez y presumir de una o ambas cosas. Porque estar rellenito o no ver un par de horas de televisión (preferiblemente programas odiosos) te deja fuera del circuito más nutrido de todos los existentes. Consumir cultura; dejarse llevar. Es la moda.

Hay otro aspecto, derivado de todo esto, que se me antoja terrible. Creemos que vivimos en democracia y que eso afecta a todo lo que es nuestro mundo. Si puedo votar a un partido u otro con total libertad, puedo ser artista con la misma facilidad. Esto es una democracia. Viva la libertad. Barra libre, café para todos. Supongo que no es necesario entrar en detalles sobre esto que digo. Ya saca usted su propia conclusión ¿verdad?

Lógicamente, en este escenario, tiene gran ventaja los que se dedican a decir barbaridades, los que arman relatos alrededor de un picardías (solo), un tanga (solo) o una perversión de carácter sexual, muy, muy, perversa del personaje principal (solo). Por desgracia, es lo que vende. No nos engañemos más. Si estamos hablando de entretener, de evitar que alguien tenga que pensar en algo importante, qué mejor que algo de sexo, un par de insultos, una pelea callejera o un escándalo que tenga que ver con la infidelidad de un famoso. Lo raro es que los blogs de algunos de esos autores a los que me refería no tengan dos o tres millones de visitas diarias.

Todo esto es resultado de un sistema educativo mal estructurado; pensado para ganar votos; de un fracaso escolar (motivado por lo anterior) escandaloso; por una estructura social en la que prima el yo, la cantidad, el dinero; y un falso prestigio producto de la presencia en medios de comunicación. Aunque esa presencia consista en ridiculizar a otro o bajarse los pantalones en lo alto de una mesa. Todo esto es resultado de buscar dinero en el mundo (incluido el de la cultura) y, al mismo tiempo, perderse uno mismo por el camino. Todo esto es el resultado de comparar a unos y otros concluyendo que todos son iguales. La igualdad de derechos nada tiene que ver con esto. No debe confundirse una cosa con otra. Todo esto es el resultado de vivir lo inmediato olvidando que hay pasado y futuro. Todo esto es el resultado de retroceder como personas.

Es la cultura lo que nos hace transitar la senda que lleva al progreso y a la dignidad humana. La desproporción que sufrimos entre cultura y entretenimiento nos hace ir en el sentido equivocado. Y que nos lea medio millón de personas o seis millones setecientas mil puede ser una anécdota sin importancia si lo comparamos con que puede suponer que una sola adquiera mayor conocimiento del mundo y de sí mismo. Una sola. Eso es lo importante. Es eso y no otra cosa lo que tenemos que lograr los artistas. Lo de ser famosos o ricos es cosa ajena.