Mente animal

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Mente animal (Córdoba, La Bella Varsovia, 2014) es una sorpresa, no así su autora, Pilar Adón, poeta, narradora, traductora de, entre otros, Henry James, que viene construyendo con calma y mucho tino una sólida carrera literaria a la que la crítica ha atendido convenientemente (no es por casualidad que el novelista Manuel Longares, salude el libro en la contraportada).
Mente animal es un poemario fieramente escrito desde las entrañas del recuerdo, con un inesperado aroma a norte que al lector quizá le lleve a evocar los paisajes líricos del poeta sueco Tomas Tranströmer. El marco real del que nace la escritura puede ser el espacio rural castellano, pero el tono es de brumas frías, de bosques en sombras, de amenaza, de temores ancestrales. Con una escritura precisa que penetra como un bisturí en la carne de la vida cotidiana en la aldea, en los campos soberanos donde el hombre soporta una vida de lucha desesperanzada y de desgracia, Pilar Adón se enfrenta a los fantasmas del pasado, a un origen que no es celebrado sino con el abandono: “¿no es la retirada la actitud más noble?”.
La suya es una mirada que contempla la tragedia con la naturalidad de lo que ya se entiende casi como una cruel e invencible rutina, por eso la visión que estructura los poemas es seca, sarmentosa y descarnada o como de piel vieja, casi en cueros; así que no, bucólicas evocaciones de una naturaleza esplendente no espere el lector aquí, no será el Virgilio de Las Geórgicas, ni el Fray Luis de los poemas de dones y gracia escritos en El Cigarral de Toledo lo que se va a encontrar en estas páginas donde siempre acecha la bestia. Otras son en Mente animal las viandas con la que se cuecen los días: la maldición del suicidio que pesa sobre la familia, las sobras del almuerzo que se reservan para mas tarde con tristeza, la paz que no dura, el trabajo doméstico, las labores del campo enfrentadas como una derrota, un viaje en autobús, triste, el silencio, siempre el silencio ominoso, y el bosque.
Las chimeneas al atardecer cuando la vida se refugia del frío, la conciencia reconoce el mal y la resignación hace daño, dan el ritmo a una poesía poco común que deja al lector desarmado en cada poema. Sin embargo, Mente animal es un logro lírico conseguido tallando el frío y las soledades, porque lo que levanta el vuelo en la escritura es la capacidad de Pilar Adón para hacernos sentir la emoción de cómo pueden las raíces de un hogar crecer entre los helechos asfixiantes y la tierra pobre. En esta desnutrida soledad, la escritora ha hecho crecer una poesía trágica, pero elegantemente contenida: ya es bastante el peso de la materia de la vida, como para que la palabra se ahorque en retóricas huecas.
Poesía de mujer junto a la mesa de la cocina antes de aceptar el peso de los días sin respiro, sin un consuelo y, aún así, en el miedo, más tarde, adelantando el paso: “Pero no caen las almendras./ Habrá que velarlas. / Varearas y salvar la granizada”. Si de noche cierra la ventana y se acurruca, hay una grandeza que renace en su rostro humilde cada amanecer: la certeza de que es su menester seguir labrando “Lo que no se puede proteger./ Y lo que no se puede destruir”. Una épica de la resistencia existencial, pero siempre bajo el dios del drama oscuro que viene del temblor del bosque. En la fuga entre ambos queda el punto trágico.

Calificación: Muy, muy bueno.
Tipo de lectura: Sorprendentemente nórdica.
Tipo de lector: El que no tiene miedo de lo desconocido.
¿Dónde puede leerse?: En el campo, en invierno.