Miriam Sobrino. Hacia el trending topic y mas allá

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Uranio enriquecido es la última serie fotográfica de Miriam Sobrino (Ciudad Real, 1991) que pudimos ver en la primera edición de Jaalphoto. La joven artista sitúa su cámara, en estética e intención, frente a estereotipos visuales de nuestro tiempo, para transcenderlos a través de una mirada pretendidamente superficial, pero que desemboca en un misterioso y kitsch surrealismo.

Las imágenes, esas parcialidades que venían dando bocados a la realidad y han acabado devorándola, se encuentran hoy en la potestad de erigirse dueñas del mundo y nuestras propias vidas. Su obsesionante omnipresencia ya no responde solo al simple acto de abrir los ojos, sino que pertenece al campo de nuestra decisión, la de solo querer ver, citando a Joan Fontcuberta, las imágenes que ya habíamos visto. Una de las consecuencias de esta nueva situación excepcional; que arrancó con el advenimiento de la fotografía y ha encontrado esplendor auspiciada por los medios digitales y su facilidad en la construcción, distribución y visualización de las imágenes; es que aquello que anteriormente era privilegio de de unos pocos hoy es algo tan cotidiano, e incluso vital, como respirar. El mundo se ha vuelto imágen, las vidas se han vuelto imágen y todo parece estar envuelto en el papel de la representación; siendo, a través de ella, como deseamos acceder al mundo.

Internet es el paraíso de este nuevo imaginario, un medio en el que la pausa horizontal del texto cede protagonismo a una barra de scroll siempre en movimiento, en el que las imágenes llegan y desaparecen tan deprisa como vuelven a aparecer, diferentes y casi idénticas, paradigmas de una globalización en la que todos hemos resultado ser el verdadero Gran Hermano, vigilantes y deseosos de ser vigilados. Las imágenes nacen por y para la red, tanto en sus formas mas excitantemente creativas como anodinamente triviales, siendo lo más interesante de esta incierta época la continua retroalimentación entre unas y otras.

El trabajo fotográfico de Miriam Sobrino, miembro del colectivo TE-TA (formado solo por mujeres), extrae elementos de ambos mundos. De un lado las nuevas formas creativas de la imagen propiciadas por la publicidad, los videojuegos, las series de tv, revistas o videoclips; por otro, los usos habituales, de andar por casa y por tanto rituales, de la fotografía amateur en los últimos años, que abastecen Flickr, muros de Facebook o Instagram. Miriam recurre  a este anestésico imaginario, que tiene tanto de trivial como de antropológico, para transfigurarlo bajo una óptica que se nutre del Pop Art y la estética de chicle característica de los años ochenta, para llevarlo a un terreno extraño y alucinado bajo el postulado de lo siniestro freudiano: aquello que nos es familiar pero se comporta de forma extraña.  De esa disociación  surgen las imágenes de la serie Uranio enriquecido, la más madura de la joven fotógrafa y que pudimos ver en la pasada edición de Jaalphoto: Instantáneas de objetos cotidianos, comida, mascotas o amigos son exaltadas con sarcástica reverencia bajo una surrealista perspectiva repleta de colores pastel.

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En esta lúcida y divertida mirada intuimos al fotógrafo atento al mundo que lo circunscribe, que devora imágenes como alimento, que se nutre de la aparente banalidad para reírse de ella y dignificarla como lo que es, la consecuencia directa de lo que queremos hacer, lo que queremos ver. Y lo más sorprendente es que Sobrino lo consigue de una forma aparentemente natural y sencilla, sin recurrir a discursos posfotográficos, solo con una cámara, algo que fotografiar, y unos fondos  que refuerzan la sensación de artificio (de posado y manipulación) que parece recubrir toda fotografía hoy. El resultado es una psicodélica respuesta sobre ese presente continuo en el que, a través del móvil, hemos circunscrito a la imagen como experiencia inmediata de nuestras vidas,  y parece recrear la mirada desquiciada que la vieja fotografía arroja sobre lo que trata de sustituirla.

Sobrino extrae de la obsesión contemporánea por la imagen la materia prima de un (in)consciente colectivo que ella extrema hasta el absurdo, para hacer lo que todo artista que se precie: elaborar nuevas preguntas y significados a partir del mundo y a través de una estética que les proporcione sentido. Sus trabajos; así, aun dentro de la fagocitación y la broma; terminan planteando cuestiones que van más allá de sí mismos: el protagonista de una instantánea, oculto como un fantasma tras una sabana, parece una irónica burla sobre la vieja consideración fantasmática de los retratos fotográficos; un donut tan pop que hubiese llevado a  Andy Warhol por el camino de la obesidad, se convierte bajo una presentación igualmente kitsch en  la manifestación literal de que toda comida es sustituta del sexo;  y unas enmascaradas semidesnudas nos confieren aquello de que en un selfie solo proyectamos una careta que aleja demasiado el retrato contemporáneo de aquella máxima decimonónica sobre verdad y documento.

En Uranio enriquecido encontramos una pertinente mirada (cercana y acertada, como corresponde a los verdaderos fotógrafos)  sobre el caudal imaginario que nos invade sin hacer ningún ruido. Sobrino coquetea y rompe con la imagen estandarizada y omnipresente de nuestro tiempo, acariciando la envoltura para dilucidar el fondo, mostrándola como algo importante, como una superficie colorida que esconde una infinidad de anhelos.