Misántropo: La puerta de atrás queda abierta

misantropo-foto-eduardo-moreno

Miguel del Arco se ha convertido en apenas cuatro años, con media docena de montajes, en uno de los renovadores indiscutibles de la escena. Lo hace desde la inteligencia de los textos, la habilidad al adaptar y el saber rodearse de actores eficaces. Todos ellos logran arrancarnos de la realidad para que podamos plantearnos el mundo sin el sometimiento que provoca la cantidad de información descomunal que recibimos a diario.
El clásico de Molière, es atravesado por el viento fresco de una versión perfecta, limpia de impurezas, barrida en el sentido de la sociedad contemporánea. Es la clave de una función excelente.

Todo es mentira. Las relaciones sociales y el sistema político están envueltos en un halo de falsedad al que denominamos «reglas de juego». Solamente el teatro, con su simulación, puede denunciar esta situación para que averigüemos si queremos cambiarla. Quizás no. Y por eso la crítica se sucede siglo tras siglo. Todos somos hechos presos, más tarde o más temprano, del desencanto y el pesimismo ante una hipocresía que, sin embargo, practicamos.

Molière escribió este drama en verso en 1666, profundamente desengañado por un desencuentro amoroso, afectado de enfermedades -reales o imaginarias- que se lo llevarían a la tumba directamente desde el escenario. Miguel del Arco decide hacer suya la obra con una versión que traslada lo que es más decisivo en el texto hasta nuestro siglo XXI, conservando un tono ilustrado para los diálogos que, no obstante, fluyen dichos por los actores. Le añade los conceptos y los matices con los que otros pensadores han complementado las investigaciones del dramaturgo francés sobre la condición humana, a lo largo de trescientos años, elaborando así una especie de digestión del clásico para que el espectador lo pueda recibir y comprender sin interferencias. Será ya Misántropo de Miguel del Arco, sin artículos que lo puedan individualizar. Otro clásico. Una versión libre y precisa que tiene actualidad, belleza. Es el primero de los aciertos de un gran montaje teatral, quizás la estrella de la temporada, porque aúna las cualidades de reflexionar, de hacer disfrutar y entretener a unos espectadores que se refugian en las salas de la podredumbre que ven en la calle.

El director traslada la función a un espacio del que ya no la podremos separar, un callejón, una puerta de atrás que representa el lugar en el que los borrachos hablan sin tapujos y donde se amontonan las basuras. Un espacio de verdad descarnada en el cual suena, ominosa, la música de una fiesta que no cesa y que es donde se supone que está pasando todo. No podemos imaginar que suceda en otro lugar. Lo descargan de la convención unas músicas, unas sombras, efectos luminosos y proyecciones que marcan los tiempos actuando como telones posmodernos. El trasfondo del número musical de Oronte es de una efectividad soberbia. El teatro entero se convierte así en un tapón entre dos realidades que convergen, la que hemos dejado afuera mediada la tarde, y la que hay detrás del escenario que disfruta de una noche que no cesa y que se nos hurta, pero a la que nos podremos unir, sin caminar mucho, cuando termine la función. Un gran acierto.

Filinto y Celimena mueven los vértices de un triángulo en el que naufraga el protagonista. Sin esos personajes, pero sobre todo sin las interpretaciones con las que les dan vida Raúl Prieto y Bárbara Lennie, ese Misántropo se nos haría incomprensible y odioso, envuelto como está en su carga de resentimiento filosófico. Ambos están brillantes, uno en su actitud escénica, en la intencionalidad de sus gestos y en su contención; la otra en la verdad con la que se enfrenta a un personaje complejo para hacerlo creíble y la potencia con la que pone el físico a su servicio. Los dos en la precisión con la que desarrollan los diálogos. Los demás actores están a la altura de unas circunstancias inhabituales, especialmente Cristóbal Suárez en un Oronte alejado de unos tópicos en donde ha evitado caer con astucia, y Miriam Montilla ejecutando a una Elianta impecable que parece apuntada del natural. Todos sin excepción -también Manuela Paso en Arsinoé y José Luis Martínez en Clitandro- se mueven como funambulistas en la cuerda floja que une el sarcasmo, la maledicencia y la ironía con la verdad individual con la que cada uno de ellos –cada uno de nosotros- se enfrentan con el mundo.

Israel Elejalde se aleja del estereotipo del huraño Alcestes, separándose con su actuación del odio y del resentimiento, para internarse en una normalidad impregnada de pesimismo, de decepción, que evoluciona desde el idealismo del inicio de la obra hacia un incómodo destierro moral en la soledad de la sala. Sin grandilocuencia ni sobreactuación.

Director y dramaturgo, Miguel del Arco toma vuelo con una humilde compañía de teatro, Kamikaze Producciones, convertida ya en referente después de La función por hacer, una versión libre de la pirandelliana Seis personajes en busca de autor y de Veraneantes, de Máximo Gorki; además de los éxitos cosechados dirigiendo a Nuria Espert en La violación de Lucrecia y a Carmen Machi en el Juicio a una zorra.

La compañía, ya casi estable, afronta una vez más la revisión de un clásico con una motivación colectiva y eso se nota en la manera de enfrentar todos -y de aislar cada uno- a ese Misántropo que tampoco se diferencia tanto de cada uno de ellos en ese afán de realizase, de ser auténtico. Eso arroja una lectura humana con la que es imposible no sentirse identificado, censura cosas que cualquiera de nosotros hacemos habitualmente al proyectarlas en esa luz artificial del escenario, admirando también las que no hacemos aun entendiendo que son ideales y legítimas. Aprendiendo la diferencia entre actuar y fingir, entre la sinceridad y la crudeza, porque todas las relaciones humanas están tamizadas por las sutiles diferencias que hacen de cada uno de nosotros una persona diferente. Es inquietante esa reflexión sobre el poder de la belleza y sobre la belleza del poder tan arraigada en la sociedad que la olvidamos, con lo que supone descartar esa red de resentimientos y de prejuicios que se teje cada día alrededor nuestro, en los espacios para el ocio o en el puesto de trabajo. Sin duda que este libreto actualizado nos ayuda más a entender la situación actual, aislándonos con los actores del exceso de información que recibimos a diario y que nos anestesia. Ese grupo de actores y su director nos ayudan a salir de esa somnolencia perniciosa y a repensar la realidad.

A la salida, el público se desborda por los callejones que rodean el Teatro Español de Madrid con la sensación de haber asistido a una función histórica en su sencillez. Honesta con el texto original y comprensiva de sus intenciones. Un montaje que emprenderá una gira que será triunfal, sin duda ninguna y que ningún aficionado a la literatura ni al teatro debería perderse.