¡Monsieur, le cinèma!: Regreso (y estreno) a la ilusión del cine

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Dos manchegos recorren Togo y Benin, llevando por primera vez cine a muchas de sus aldeas, en un proyecto solidario con un fin romántico: regalar a sus habitantes la experiencia que ellos mismos tuvieron de niños, cuando el cine ambulante visitaba las plazas de sus pueblos. La crónica del viaje, documentada en centenares de clips de vídeo, se ha convertido en una película que pretende dar a conocer la experiencia para repetirla en otros lugares del mundo.

Ha pasado casi medio siglo desde aquella vez que Rafael Cabanillas obtuvo un pasaje al mundo de la aventura a cambio de una peseta. Aquel niño inquieto que corría por las calles de Torrijos no lo sabía, pero el sencillo gesto de comprar una entrada para el cine ambulante que llegaba en las noches de verano a la Plaza de San Gil marcaría un destino en su vida, y ayudaría a cambiar la de muchas personas a muchos kilómetros de distancia, y a una distancia metafórica aún mayor de la cultura de posguerra de un pequeño municipio toledano.

Cabanillas, profesor de Lengua y Literatura en un instituto de Ciudad Real, embarcó el pasado verano a su amigo Paco Matas para que durante dos meses se convirtieran en transportistas de ilusiones, llevando cine a las más remotas aldeas de Togo y de Benin, en el Golfo de Guinea, al sur del Sur. Los dos pusieron sus ahorros a disposición de la aventura: compraron un ordenador portátil, un proyector, una lona de nueve metros cuadrados, un generador eléctrico de gasolina y cincuenta metros de cable, para poder colocar la fuente de energía a una distancia suficiente como para que el ruido del pequeño motor de explosión no molestara a los espectadores.

Jamás habían tenido contacto con el mundo del cine, pero sí con África. Cabanillas es autor de varios libros, precisamente uno de ellos, Hojas de Baobab, de viajes por las tripas del continente menos contaminado por el desarrollo de los pueblos,  y protagonista de decenas de anécdotas que cuenta a sus alumnos y a sus amigos. Rafael y Paco suplieron la inexperiencia cinematográfica con ese profundo conocimiento del África Negra, con la ilusión y con la inspiración proporcionada por las Misiones Pedagógicas de la II República Española, diseñadas por Alcalá Zamora, gracias a las que el cine llegó por vez primera a los rincones más aislados de las Hurdes, por ejemplo.

«El cine transforma vidas y abre horizontes. El analfabetismo ciega el espíritu», sentencia Rafael, definiendo el auténtico sentido del proyecto, «No sólo era el placer del cine por el cine, sino la función transformadora del arte, y la posibilidad de plantar una semilla para que lo que nosotros iniciamos, se siga haciendo ahora». De hecho, se volvieron de Togo con menos bultos de los que embarcaron. El proyector, la pantalla, el generador… todo quedó allí para que un grupo de jóvenes, estudiantes universitarios de Lomé, siguiera proyectando cine cada semana. Pero volvieron mucho más cargados, en cambio, de experiencia y de experiencias.

Entre las más amargas, recuerda Cabanillas la conversación con una profesora de una escuela, que reclamaba regalos materiales para los niños, a cambio de convertirse en espectadores del ingenio del cine. «Me entristecía que alguien con quien comparto vocación de educador no pudiera entender que el verdadero regalo eran aquellas proyecciones», se lamenta. Pero le vuelve pronto el brillo de la sonrisa a una mirada que no ha dejado de ser la del zagal que corría con su peseta en la mano por las calles de Torrijos, cuando recuerda la primera proyección en una aldea de Benin. «El verdadero espectáculo no era la película, sino el público que parloteaba con los actores. Gritaban, reían y les avisaban de los peligros que acechaban», recuerda emocionado.

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Una de las principales enseñanzas que Cabanillas se ha traído aprendidas de su último viaje al Golfo de Guinea es que «el hombre blanco y su cultura occidental no tienen el patrimonio de la risa, ni del llanto, ni de ninguno de los sentimientos del resto de los hombres». Llegó a la rotunda determinación de esa reflexión tras una proyección de una película de Chaplin, en la que no hubo carcajadas, sino el denso silencio de la atención. «Mutismo por el cine mudo, fue su forma de expresar la emoción, y de contarnos que la película les había encantado», recuerda.

El proyecto Cine para África ha llevado la magia audiovisual a las plazas que en otros tiempos fueron «lonjas de carne humana», como las describe su promotor,  «en África del Oeste, donde los nombres de los países hacen rechinar las conciencias: la Costa del Marfil, la Costa del Oro, la Costa de los Esclavos…» La pluma de Cabanillas se ensaña cuando tiene que relatar como el hombre blanco desarraigó la paz de aquellas tierras yermas, «diseñando fronteras con escuadra y cartabón, reduciendo a la fuerza la diversidad de 12.000 etnias a apenas medio centenar de países».

Paco y Rafael creen en el futuro de esos pueblos, y por ese futuro, representado en los jóvenes y en los niños, decidieron hacerlo realidad. Para Amparo, la esposa de Cabanillas, psicóloga clínica de profesión, lo que pretendía era «hacer una regresión y atrapar el tiempo, volver a la felicidad de su infancia». Lo consiguió cuando se vio reflejado en los niños que pedían permiso para ponerse delante del proyector, para que sus cuerpos se convirtieran en pantallas, «para meterse el cine muy adentro, y llevárselo para siempre», describe el profesor de Literatura con los labios llenos de poesía y los ojos inundados de lágrimas.

Pero además de la ilusión, de la inspiración y de la energía recuperada de la memoria de la infancia, era necesario contar con una determinación incuestionable para afrontar los baches del camino: deberían estar dispuestos a viajar en moto, en camión, en canoa, a pie y en bicicleta; estarían prevenidos para sortear la corrupción que trataría de lanzarse a las escuálidas bolsas de su presupuesto; tendrían que conseguir la bendición de los jefes de la tribu, representando la tradición ancestral de cada pueblo, para llevar a cabo su cometido.

En algunos casos, fue necesario incluso que el jefe reuniera al consejo, del que sólo saldría una respuesta positiva en el caso de que consideraran que aquel invento del que habían oído hablar era bueno para su gente. En una de las aldeas, tras dos días de espera de la decisión, obtuvieron una respuesta alentadora para continuar adelante con el proyecto: «El cine es maravilloso para mi pueblo, ayuda a traer la alegría a nuestra gente y también a la emancipación de los jóvenes para que sigan llevándolo a cabo. Es un regalo demasiado bello para que concluya aquí», dice quien ostenta la máxima representación de los intereses ancestrales de la tribu.

La selección del medio centenar de películas que llevaban en su equipaje fue una de las cuestiones más complejas de resolver: de El Chico de Chaplin, a Avatar, pasando por otros clásicos como Casablanca, por leyendas del cine contemporáneo como Titanic o Invictus o por una película con muchos puntos de contacto con el proyecto Cine para África como era Cinema Paradiso. Giancaldo, el pueblo del pequeño Totó, que en cierto sentido es el mismo que el Torrijos de Cabanillas, se trasladaba ahora a Tamberma, o a los palafitos de Ganvié. «No quería pecar de intelectualoide», justifica el ideólogo del proyecto, que habla también de la única película que quería trasladar un mensaje concreto: Le Havre, «para desmitificar la huida a Europa, con la que conseguimos silencio y seguramente algunas ilusiones rotas». También proyectaron Los chicos del coro, y Nanuk, el esquimal, un imprescindible del cine documental, «para que vieran la nieve».

La formidable experiencia del Cine para África sigue viva en tres sentidos: en primer lugar, mediante la continuidad del proyecto en Benin y en Togo, que ya ha sido posible con la colaboración del grupo de estudiantes de Maison Baobab que gestionan los recursos regalados por Paco y Rafael. Por otra parte, ambos tienen la idea de reproducir el proyecto en el Amazonas, navegando y utilizando la vela de una barcaza como pantalla de proyección. Por último, la colección de vivencias de este viaje se ha convertido en un documental, que ahora busca ayuda financiera para llegar al gran público. Como próximo hito en el camino, los promotores de la idea se han marcado el estreno de la cinta en La Corrala, de Madrid, antes de final de año.

«Entregué un guión literario escrito sobre el terreno y más de 1.200 archivos de vídeo, e Iván Roiz ha conseguido convertirlo en una hermosa historia», explica Cabanillas, reconociendo el ímprobo trabajo del editor del documental y destacando además que se siente especialmente orgulloso de la autenticidad del resultado. «Un documental de gran presupuesto obtendría imágenes más espectaculares, pero si llegaran a una aldea con camiones, focos y un equipo de muchas personas no habrían podido captar la naturalidad de la gente», asevera.

En el documental que recoge la experiencia los niños son los auténticos protagonistas, como lo fueron también de los dos meses de viaje por Togo y Benin. «La mejor África es el África de los niños. Comenzábamos las proyecciones a las seis, y a las tres de la tarde ya estaban todos sentados esperando, y algunos aporreaban nuestras ventanas gritando… ¡Monsieur, le cinèma!» Probablemente, su expresión en el rostro fuera la misma de un niño que hace cincuenta años corría por las calles de Torrijos con una peseta en la mano, para iniciar un viaje a sus propias ilusiones.

@oscar_gomez